La dignidad de la persona

La dignidad, ¿qué o quién nos la otorga? ¿El dinero, la fama, las posesiones, las leyes…?

Nada de eso. Haber nacido.

Cada persona es un ser único e irrepetible que debe ser respetado en su singularidad. Sin embargo, en la práctica, hay muchas situaciones que atentan contra ese respeto hacia todos y todas.

Ese ser únicos e irrepetibles no significa vestir de un modo o hablar de otro. Nuestra dignidad se manifiesta, expresa y realiza por medio de la inteligencia, la conciencia moral y la libertad. Podemos entender el mundo, valorar si funciona adecuadamente y actuar en consecuencia. Y eso nos diferencia de cualquier otra criatura del planeta. Podemos entender el mundo y el universo y dar una orientación a nuestra existencia, tenemos la capacidad de elegir y actuar responsablemente.

Por eso entendemos que la dignidad es un don, pero también una tarea. No basta con perseguir el reconocimiento de nuestra propia dignidad. De nuestra inteligencia, conciencia y libertad surge la responsabilidad de preocuparse porque los demás también alcancen el respeto de su dignidad. Se trata de una responsabilidad hacia nosotros, hacia los otros y hacia la naturaleza.

El hecho de convivir en el mundo con más gente, lo que se llama ‘la dimensión social’, nos proyecta hacia la solidaridad con los demás. Por eso, la persona humana debe ser el centro de todas las decisiones políticas, económicas y sociales. Y es que el modo más seguro y eficaz de conseguir la felicidad y la justicia es afirmar el valor intrínseco de cada ser humano.

Lo individual y lo social es inseparable en las personas, así que la persona crece cuando construye solidaridad y decrece cuando la destruye.

Por ello, todo en la vida social y en la acción política debe responder al reconocimiento y la realización de la dignidad de cada persona por separado y de todas las personas en su conjunto. No basta con elegir a un representante que defienda mis ideas, sino más bien que persiga el bien común.

Y en la promoción de la dignidad humana juega un papel importante la defensa de los Derechos Humanos, que no son derechos otorgados sino reconocidos. Es decir, que nadie nos los tiene que dar, sino que los poseemos por el hecho de haber nacido. Pero llevan asociados una responsabilidad, unos deberes.

El reconocimiento de los derechos humanos exige, en primer lugar, dar prioridad al reconocimiento práctico y efectivo de los derechos de los empobrecidos, que son aquellas personas a las que se les ha privado del ejercicio de sus derechos fundamentales en su vida. La existencia misma de los empobrecidos es la negación práctica de la dignidad de la persona.

Para la Iglesia, la dignidad humana adquiere un carácter sagrado por partida doble; porque la persona fue creada a imagen de Dios y porque Dios mismo se hizo persona en Jesús.

Frase DSI

Redescubrir y hacer redescubrir la dignidad inviolable de cada persona constituye una tarea esencial de la Iglesia.

S. Juan Pablo II, Christifideles laici n. 37)

Actuar

¿Qué está en tu mano cambiar para que tu manera de vivir la política responda mejor a lo que pide la dignidad de la persona?

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