Iglesia y comunidad política

¿Alguna vez has escuchado la frase “La Iglesia no debería opinar sobre esos temas”? Vamos a ver cómo entiende la Doctrina Social de la Iglesia la relación entre la Iglesia y la comunidad política.
Para que una democracia sea real y no solo lo sea de nombre, debe acoger la pluralidad de cosmovisiones, ideologías y sistemas de valores presentes en la sociedad, que existen como fruto de la libertad de conciencia de las personas. Esta pluralidad es un bien para la sociedad, pues la comunión solo se puede construir desde la libertad y la diversidad.
Que esto sea una realidad práctica depende de que existan personas que se formen como sujetos éticos y la construcción de una ciudadanía políticamente responsable, porque si se priva a la democracia de su carácter ético se convierte en un mero procedimiento formal en el que nos volvemos una suma de individuos que compiten entre sí y se desentienden de lo común. Éste fundamento ético común es el reconocimiento práctico de los derechos humanos, vinculados a la dignidad de la persona. Ninguna mayoría social y ningún individuo pueden legítimamente negar estos derechos. La democracia o se fundamenta en ellos o no es democracia. Una verdadera democracia debe estar representada por un Estado laico, que no asuma como propia ninguna ideología, filosofía o religión. Y, al mismo tiempo, debe saber reconocer que el hecho religioso no está limitado al ámbito privado. La religión forma parte de la realidad personal y social del ser humano. Negarlo es negar la realidad y, de hecho, negar el carácter laico de la sociedad que debe acoger, respetar y promover la expresión de la pluralidad de cosmovisiones. Así, se debe llegar a desarrollar una democracia laica y una religión pública.
La comunidad política necesita acoger la aportación cristiana y de otras tradiciones culturales y religiosas para construir ese fundamento ético común. No puede ignorarlas apelando a las decisiones de la mayoría ni a la decisión de cada persona convertida en criterio absoluto.
La Doctrina Social de la Iglesia sostiene que, porque existe una naturaleza humana, una verdad sobre el ser humano, existe una «ley moral» cuyo reconocimiento, respeto y vivencia nos humaniza y cuya ignorancia y falta de vivencia nos deshumaniza, tanto personal como socialmente. Además, insiste en que el ordenamiento jurídico debería reconocer, respetar y promover esta «ley moral», siempre teniendo en cuenta que esta no se puede imponer, únicamente proponer. Sin embargo, en nuestra sociedad existen varias barreras que impiden que se haga una realidad esta idea de la democracia laica y la religión pública. De una parte, el relativismo se ha extendido a todos los ámbitos de la vida pública y privada, de manera que se niega la existencia de una verdad última del ser humano, lo que debilita la vida social porque se vive desde la óptica individualista y hedonista. Se normaliza la indiferencia y la desafección hacia la participación de la vida política. De otro lado, no podemos ignorar la existencia de personas que quieren excluir cualquier intervención de la Iglesia en los diversos campos de la vida pública. Y, en el bando opuesto, se manifiesta la pretensión de quienes piensan que la Iglesia debería imponer, incluso por medio de la coacción, sus normas morales relativas a la vida social. Todo ello dificulta la construcción de un fundamento ético común que sostenga la vida democrática. En este contexto de dificultad, la Doctrina Social de la Iglesia plantea superar estas amenazas por medio de dos principios fundamentales: autonomía y colaboración. La Iglesia y la comunidad política pueden colaborar mutuamente en lo que tienen en común: el servicio al ser humano, al mismo tiempo que cada uno trabaja en sus respectivos ámbitos. La Iglesia tiene mucho que decir, pero cualquier aportación que se quiera hacer para la construcción de ese fundamento ético común debería hacerse desde la tolerancia. No obstante, no olvidemos que esta tolerancia no significa que todo sea igual y válido. Sin búsqueda de la justicia ni vivencia de la solidaridad, la tolerancia se vuelve indiferencia.

Frase DSI

La democracia debe ofrecer las posibilidades reales para que la libertad de todos sea respetada y efectivamente garantizada, de tal modo que las personas y los grupos puedan vivir según sus propias convicciones y ofrecer a los demás lo mejor de cada uno sin ejercer violencia sobre nadie.

CEE, Los Católicos en la vida pública, n.82

Actuar

Si nos fijamos en la manera de pensar de las personas con las que nos relacionamos en nuestros ambientes, ¿en qué necesita cambiar esa mentalidad según lo que hemos planteado en este capítulo?

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