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Cursos de Verano | Homilía en la Eucaristía

Iglesia

Cursos de Verano | Homilía en la Eucaristía

18 julio 2019

¿Por qué estamos hoy aquí?

Seguro que decimos que porque somos de la HOAC, porque teníamos unos días de vacaciones, porque nos interesaba el tema de los cursos de verano, porque nos gusta Salamanca, porque disfrutamos del encuentro con los hermanos y hermanas, porque disfrutamos de la reflexión, del diálogo, de la oración…, o porque dónde vamos a ir que estemos mejor y nos den tanto por tan poco…

Quizá porque estos días nos permiten hacer un corte con la dinámica habitual, que a veces, nos puede cansar. Y experimentamos también estos días como una posibilidad de descanso. En el Evangelio, el Señor nos invita también a descansar.

Pero, en el fondo, si releemos el texto del Éxodo1 que hemos proclamado, estamos aquí, como en todos los lugares y momentos de nuestra vida, porque somos enviados por Dios. Nuestra vida es envío, es misión. No estamos enzarzados en ella solo por gusto, o por decisión personal, sino porque hemos recibido una llamada, un mandato: el Señor, Dios de nuestros padres nos envía. Y, con toda libertad, hemos querido responder a esa llamada haciendo que transforme nuestra vida en una misión. Somos, como Moisés, misión de Dios, y descubrimos que nuestra vida adquiere sentido cuando la vivimos así, como una misión, reconociendo que somos misión en este mundo.

Una misión salvadora, liberadora. Una misión que es respuesta de Dios al sufrimiento del pueblo. Dios oye el lamento del pueblo, ve su sufrimiento, y nos envía, en medio de ellos, para hacernos portadores de su salvación, de su liberación –no de la nuestra–, de su esperanza, de su vida.

El papa Francisco en su homilía del pasado 8 de julio, en Lampedusa, dijo:

En este sexto aniversario de mi visita a Lampedusa, pienso en los “últimos” que todos los días claman al Señor, pidiendo ser liberados de los males que los afligen. Son los últimos engañados y abandonados para morir en el desierto; son los últimos torturados, maltratados y violados en los campos de detención; son los últimos que desafían las olas de un mar despiadado; son los últimos dejados en campos de una acogida que es demasiado larga para ser llamada temporal. Son solo algunos de los últimos que Jesús nos pide que amemos y ayudemos a levantarse. Desafortunadamente, las periferias existenciales de nuestras ciudades están densamente pobladas por personas descartadas, marginadas, oprimidas, discriminadas, abusadas, explotadas, abandonadas, pobres y que sufren. Con el espíritu de las Bienaventuranzas, estamos llamados a consolarlas en sus aflicciones y a ofrecerles misericordia; a saciar su hambre y sed de justicia; a que sientan la paternidad amorosa de Dios; a mostrarles el camino al Reino de los Cielos. ¡Son personas, no se trata solo de cuestiones sociales o migratorias! “No se trata solo de migrantes”, en el doble sentido de que los migrantes son antes que nada seres humanos, y que hoy son el símbolo de todos los descartados de la sociedad globalizada.

Como entonces, Dios ve y oye, y se le conmueven las entrañas con el sufrimiento del pueblo. Y, como entonces, nos envía. Para acompañar, para curar, para aliviar, para emprender junto con los hombres y mujeres del mundo obrero, y con toda la Iglesia, ese camino de liberación que nos lleva de la esclavitud a la alianza; de la opresión a la humanización, de la esclavitud a la fraternidad y a la comunión. Una alianza que genera nuevas relaciones con Dios, con toda la humanidad, con la creación; una alianza de vida, para hacer posible la vida con otra manera de pensar, de sentir, de trabajar, y de vivir.

Y nos pone a caminar con ellos. Hemos venido porque Dios nos sigue enviando.

La alianza que Dios hace

Con el salmo responsorial2 hemos dado gracias a Dios por ello. Porque sigue recordando su alianza, porque nos envía, para que hagamos sus signos y porque, para ello, nos cambia el corazón.

Este año nuestros cursos de verano van de eso, precisamente: de cambiar el corazón, de cambiar la mentalidad, la manera de pensar pero, sobre todo, la manera de sentir, para ponernos en su misma clave: para pensar como él. Para descubrir que, en su manera de amar este mundo, de amar a cada ser vivo, nos muestra el camino de la misericordia que podemos recorrer también nosotros para construir el reino de Dios y la nueva humanidad.

Cargad con mi yugo

Y eso pasa por nuestra conversión, pasa por estar dispuestos a cargar con su yugo3, pasa por configurar nuestra vida con la suya, para aprender de su mansedumbre y humildad.

Cambiar de mentalidad, hoy, pasa, necesariamente por convertir nuestro corazón.

Bienaventurados los mansos, nos dirá Jesús, porque ellos heredarán la tierra.

La mansedumbre es una valentía sin violencia, una fuerza sin dureza, un amor sin cólera. Es una descripción del Jesús de los Evangelios, ¿no? Hoy podríamos traducir por bienaventurados los humildes, los que saben indignarse y convertir esa indignación en amor. La mansedumbre sostiene la imposibilidad de pactar con la mentira, con la injusticia, con el cinismo.

Es lo contrario de la pasividad, un verdadero dinamismo que nos lleva a canalizar nuestras fuerzas demasiado impulsivas, nuestras impaciencias. Es la que nos pone del lado de los pobres para tratar de ser mansamente su hermano, solidario con ellos.

El manso es el que no pone en primer plano sus derechos humanos, sino los de los demás, aún a costa de los suyos. Se hace sujeto de deberes.

La mansedumbre es capaz de transformar el poder en servicio; nos hace capaces de “dar la vida, para que otros tengan vida”.

Los verdaderos mansos son los que aceptan no poseer a Dios, los que renuncian a la tentación de hacerse como dioses. Son los que no tratan de enmendar la plana a la providencia. La recompensa de la mansedumbre es una realidad inclusiva en la que nadie queda eliminado, sino que es respetada la identidad de cada uno. La apuesta es por el encuentro, sin dejar de ser lo que somos.

Rovirosa encuentra en esa bienaventuranza el sentido de la humildad que estamos llamados a vivir en la HOAC:

Jesús, cuando se nos presenta como Maestro nos dice que aprendamos de Él la humildad y la mansedumbre de corazón, y no nos dice que aprendamos la pobreza. La humildad es una pieza fundamental del cristianismo, a la que todo lo demás tiene que referirse. Así se dice que en el infierno hay condenados que han practicado todas las demás virtudes, pero no hay ningún humilde.4

Por eso estamos aquí, para aprender de Jesús su humildad y mansedumbre, para crecer en ese estilo de vida siguiéndole, para que así podamos seguir dejándonos enviar por el Señor, para acompañar a nuestras hermanas y hermanos a construir esa nueva cultura de la fraternura humana. Para renovar nuestra alianza de amor con Dios. Para seguir dejándonos enviar por el Señor, que sigue oyendo el lamento de su pueblo.

Para, junto al pan y al vino, ofrecer nuestra vida, y pedir, una vez más a Dios que la acepte, y la transforme. Y agradecer a Dios que, en su Misericordia sigue contando con nosotros. 

1 Ex 3,13-20: Soy el que soy. «Yo soy» me envía vosotros.

 En aquellos días, Moisés, después de oír la voz del Señor desde la zarza ardiendo, le replicó:
—Mira, yo iré a los israelitas y les diré: el, Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros. Si ellos me preguntan cómo se llama este Dios, ¿qué les respondo?

Dios dijo a Moisés:
—«Soy el que soy». Esto dirás a los israelitas: «Yo-soy» me envía a vosotros.

Dios añadió:
—Esto dirás a los israelitas: el Señor Dios de vuestros padres, Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob, me envía a vosotros. Este es mi nombre para siempre: así me llamaréis de generación en generación.

Vete, reúne a los ancianos de Israel y diles: El Señor Dios de vuestros padres se me ha aparecido, el Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob, y me ha dicho: os estoy observando a vosotros y cómo os tratan en Egipto. He decidido sacaros de la opresión egipcia y llevaros al país de los cananeos, hititas, amorreos, fereceos, heveos y jebuseos, a una tierra que mana leche y miel.

Ellos te harán caso; y tú, con los ancianos de Israel, te presentarás al rey de Egipto y le dirás: El Señor Dios de los hebreos nos ha encontrado, y nosotros tenemos que hacer un viaje de tres jornadas por el desierto para ofrecer sacrificios al Señor nuestro Dios.

Yo sé que el rey de Egipto no os dejará marchar ni a la fuerza, pero yo extenderé la mano, heriré a Egipto con prodigios que haré en medio de él, y entonces os dejará marchar.

2 Sal 104, 1.5.8-9.24-25.26-27: El Señor se acuerda de su alianza eternamente. 

Dad gracias al Señor, invocad su nombre,
dad a conocer sus hazañas a los pueblos.
Recordad las maravillas que hizo,
sus prodigios, las sentencias de su boca.

Se acuerda de su alianza eternamente,
de la palabra dada, por mil generaciones;
de la alianza sellada con Abrahán,
del juramento hecho a Isaac.

Dios hizo a su pueblo muy fecundo,
más poderoso que sus enemigos.
A éstos les cambió el corazón
para que odiasen a su pueblo,
y usaran malas artes con sus siervos.

Pero envió a Moisés su siervo,
y a Aarón su escogido:
que hicieron contra ellos sus signos,
prodigios en la tierra de Cam.

3 Mt 11, 28-30: Soy manso y humilde de corazón.

En aquel tiempo, exclamó Jesús:
—«Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.

4 Guillermo Rovirosa. Obras Completas, Tomo I, pág. 149.

Francisco: «Los migrantes son antes que nada seres humanos y hoy son el símbolo de todos los descartados de la sociedad globalizada»

Iglesia

Francisco: «Los migrantes son antes que nada seres humanos y hoy son el símbolo de todos los descartados de la sociedad globalizada»

08 julio 2019

Celebración eucarística presidida por el papa Francisco en el aniversario de la visita a Lampedusa.

Hoy la Palabra de Dios nos habla de salvación y liberación.

Salvación. Durante su viaje desde Berseba a Jarán, Jacob decide detenerse y descansar en un lugar solitario. Tuvo un sueño en el que vio una escalera apoyada en la tierra y cuya cima tocaba el cielo (cf. Gn 28, 10-22). La escalera, por la que los ángeles de Dios subían y bajaban, representa la unión entre lo divino y lo humano, que se cumplió históricamente en la encarnación de Cristo (cf. Jn 1, 51), una ofrenda amorosa de revelación y salvación por parte del Padre. La escalera es una alegoría de la iniciativa divina que precede a todo movimiento humano. Es la antítesis de la torre de Babel, construida por hombres que con sus propias fuerzas querían alcanzar el cielo para convertirse en dioses. En este caso, por el contrario, es Dios quien “baja”, es el Señor quien se revela a sí mismo, es Dios quien salva. Y el Emmanuel, el Dios-con-nosotros, cumple la promesa de que el Señor y la humanidad se pertenezcan mutuamente, en el signo de un amor encarnado y misericordioso que da la vida en abundancia.

Frente a esta revelación, Jacob realiza un acto de entrega al Señor, que se traduce en un compromiso de reconocimiento y adoración que marca un momento esencial en la historia de la salvación. Le pide al Señor que lo proteja en el difícil viaje que tendrá que proseguir y dice: «El Señor será mi Dios» (Gn 28, 21).

Como un eco de las palabras del patriarca, hemos repetido en el Salmo: «Dios mío, confío en ti». Él es nuestro refugio y fortaleza, nuestro escudo y armadura, ancla en los momentos de prueba. El Señor es refugio para los fieles que lo invocan en la tribulación. Por lo demás, precisamente en estas situaciones es donde nuestra oración se vuelve más pura, cuando nos damos cuenta de que las seguridades que ofrece el mundo valen poco y no nos queda más que Dios. Sólo Dios abre el Cielo al que vive en la tierra. Sólo Dios salva.

Y este confiar de modo total y extremo es lo que une al jefe de la sinagoga y a la mujer enferma en el Evangelio (cf. Mt 9, 18-26). Son episodios de liberación. Ambos se acercan a Jesús para obtener de él lo que ningún otro les puede dar: la liberación de la enfermedad y la muerte. Por una parte, tenemos a la hija de una de las autoridades de la ciudad; por otra, tenemos a una mujer que padece una enfermedad que la convierte en una excluida, una marginada, una persona impura. Pero Jesús no hace distinciones: la liberación se concede generosamente en ambos casos. La necesidad coloca a las dos, a la mujer y a la niña, entre esos “últimos” que hay que amar y levantar.

Jesús revela a sus discípulos la necesidad de una opción preferencial por los últimos, que han de ser puestos en el primer lugar en el ejercicio de la caridad. Son muchas las pobrezas de hoy; como escribió san Juan Pablo II, los «“pobres”, en las múltiples dimensiones de la pobreza, son los oprimidos, los marginados, los ancianos, los enfermos, los pequeños y cuantos son considerados y tratados como los “últimos” en la sociedad» (Exhort. ap. Vita consecrata, 82).

En este sexto aniversario de mi visita a Lampedusa, pienso en los “últimos” que todos los días claman al Señor, pidiendo ser liberados de los males que los afligen. Son los últimos engañados y abandonados para morir en el desierto; son los últimos torturados, maltratados y violados en los campos de detención; son los últimos que desafían las olas de un mar despiadado; son los últimos dejados en campos de una acogida que es demasiado larga para ser llamada temporal. Son sólo algunos de los últimos que Jesús nos pide que amemos y ayudemos a levantarse.

Desafortunadamente, las periferias existenciales de nuestras ciudades están densamente pobladas por personas descartadas, marginadas, oprimidas, discriminadas, abusadas, explotadas, abandonadas, pobres y sufrientes. En el espíritu de las Bienaventuranzas, estamos llamados a consolarlas en sus aflicciones y a ofrecerles misericordia; a saciar su hambre y sed de justicia; a que sientan la paternidad premurosa de Dios; a mostrarles el camino al Reino de los Cielos. ¡Son personas, no se trata sólo de cuestiones sociales o migratorias! “No se trata sólo de migrantes”, en el doble sentido de que los migrantes son antes que nada seres humanos, y que hoy son el símbolo de todos los descartados de la sociedad globalizada.

Aparece como algo natural el retomar la imagen de la escalera de Jacob. En Jesucristo, la conexión entre la tierra y el cielo es segura y accesible para todos. Pero subir los escalones de esta escalera requiere compromiso, esfuerzo y gracia. Hay que ayudar a los más débiles y vulnerables. Me gusta pensar, entonces, que podríamos ser nosotros aquellos ángeles que suben y bajan, tomando bajo el brazo a los pequeños, los cojos, los enfermos, los excluidos: los últimos, que de otra manera se quedarían atrás y verían sólo las miserias de la tierra, sin descubrir ya desde este momento algún resplandor del cielo.

Esta es, hermanos y hermanas, una gran responsabilidad, de la que nadie puede estar exento si queremos llevar a cabo la misión de salvación y liberación a la que el mismo Señor nos ha llamado a colaborar. Sé que muchos de vosotros, que habéis llegado hace tan sólo unos meses, ya estáis ayudando a los hermanos y hermanas que han venido recientemente. Quiero agradeceros este hermoso signo de humanidad, gratitud y solidaridad.

Fuente | Vatican.va

Verano para compartir fe, esperanza y alegría

Colaboraciones

Verano para compartir fe, esperanza y alegría

24 julio 2018

Fefi Valerón | Había ideado un plan perfecto para este verano, una vez finalizado el curso. Disfrutaría de mis nietas y procuraría ir a los Cursos de Verano de la HOAC. Pero algo trastocó mis planes.

Lo primero que haría sería disfrutar de dos semanas con Nazaret y Daniela, mis nietas. Lo segundo, mirar las fechas de los Cursos de Verano de la HOAC de este año para unirme al grupo de militantes que viajaríamos desde Canarias.

Aprovechando que se celebran en Salamanca pensaba participar en los cursos y prolongar una semana más mi estancia en la ciudad para disfrutar de sus numerosas ofertas culturales y, también, descansar. Me veía llamando a mi entrañable y querido Àlvar para comentarle la posibilidad de preparar un pequeño sketch para la fiesta habitual de cada edición.

Iba encontrarme con los rostros queridos de tantos y tantas militantes y compartir besos y abrazos; disfrutar juntos de este espacio, participando y compartiendo días entrañables de oración, reflexión y profundización que nos ofrece la HOAC. Esto ocurría en enero. En febrero mi plan no me pareció tan perfecto. Mejor dicho, cambió totalmente.

Durante la Asamblea Diocesana de Canarias, coincidí en la mesa con Loli y Antonio. Mientras compartíamos el almuerzo, Antonio me habló de su intención de viajar a Trinidad, en el departamento de Estelí, en Nicaragua, lugar en el que estuvo ya el verano pasado.

Me hablaba con alegría de la llamada que siente para ir a la misión ad gentes. En un momento dado, Loli, conocedora también de mi vena misionera, me comentó si me gustaría acompañar a Antonio. Pregunté por el proyecto y la tarea que se realiza allí. En principio, el objetivo es estar disponibles para lo que demanden. Sus palabras se quedaron grabadas en mi mente: «Vamos para estar disponibles…».

Disponibilidad, una palabra que evoca otra Palabra y me recuerda la actitud interior con la que quiero estar en el mundo; Palabra presente en mi proyecto personal de vida militante y que quiero acoger en mi corazón como luz que guíe el resto de mi andadura en esta tierra.

La llamada a cambiar los planes de vacaciones se iba haciendo hueco en mí. Cuando Antonio me llamó, ya en abril, le dije que sí sin dudarlo. Con alegría, comprendía poco a poco por qué me costó tan poquito cambiar mi plan. La disponibilidad que quiero vivir como seguidora de Jesús de Nazaret comporta renunciar, también, a mis criterios a la hora de elegir y vivir mis vacaciones. Una pequeña renuncia que hago con libertad y agradecimiento.

Estas vacaciones serán diferentes a las que había planificado y las quiero vivir como posibilidad que me brinda el Padre, junto a Antonio y Ramón, de compartir durante cinco semanas las esperanzas, los anhelos, las luchas y las alegrías de nuestras hermanas y hermanos de la comunidad parroquial de Trinidad.

Son tiempos muy difíciles para Nicaragua. Son tiempos muy duros para las personas empobrecidas de nuestro mundo. Pero son, también y sobre todo, tiempos de esperanza. Mis vacaciones de este año quiero vivirlas desde esta clave: como un tiempo para compartir la fe, la esperanza y la alegría que el Dios de la Vida me regala cada día; y hacerlo con unas hermanas y hermanos de los que no conozco sus rostros pero a los que me siento íntimamente unida desde la fe y el vínculo inquebrantable de la fraternidad universal.

Hermanas y hermanos de los que sin duda tengo mucho que aprender y a los que quiero conocer para compartir la esperanza en una presencia que nos fundamenta, sostiene, fortalece, impulsa y acompaña. Como hoacista quiero estar especialmente atenta a los problemas, las esperanzas y las luchas de las trabajadoras y los trabajadores de esta localidad. Mostrar la cercanía y la solidaridad de la Iglesia a través de nuestra humilde presencia como militantes de la HOAC.

A Nazaret y Daniela, mis nietas, no les ha gustado que no esté con ellas en julio, como habíamos pensado. Pero cuando les hablo de las razones que me han impulsado a hacerlo les brillan sus ojitos y sonríen. No comprenden bien cuando les digo que voy a compartir con otras «nietitas» y otras personas a las que me siento unida también por los lazos del Amor con mayúsculas. No lo comprenden pero les miro agradecida y convencida de que lo mejor que puedo regalarles es mi testimonio.

Agradezco a Antonio que me adelantara generosamente el dinero para el billete y me ayudara con los diferentes documentos y requisitos que necesitaba tener listos para poder viajar ¡Con cuánta paciencia y ternura llevó mis despistes! «No creo en los milagros», bromeaba divertido cuando se enteró de la fecha en la que caducaba mi pasaporte: ¡faltaban menos de 20 días para el viaje y tenía que solicitar aún el permiso de entrada a los Estados Unidos!

Los milagros sí existen, Antonio, le decía. ¿Cómo no ver el milagro del don de la vida que el Padre Madre me regala cada día; el milagro de su misericordia que me sostiene y su ternura entrañable que me sobrecoge y me une al resto del universo?

Un amor que me une a la humanidad que sufre, que lucha, que sueña y espera la liberación en cualquier lugar de nuestra casa común. El milagro de un amor que me invita siempre a recorrer el camino de las bienaventuranzas y a estar disponible para ser portadora, allí donde vaya, de la misericordia y la ternura de nuestro Dios. También en mis vacaciones.

Por eso, con esta esperanza y alegría viajamos los tres a Nicaragua. Somos tres, pero, en realidad, somos cuatro, porque con Ramón, Antonio y conmigo, va también Jesús. Y es que sabemos que, sin Él, no podemos hacer nada.

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Cursos de Verano | Homilía en la Eucaristía

Iglesia

Cursos de Verano | Homilía en la Eucaristía

19 julio 2018

Soy manso y humilde de corazón.
Mt 11, 28-30

En aquel tiempo, exclamó Jesús:
—«Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».

Venid a mí.

“Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados…” Y nosotros, escuchando esta invitación del Señor acudimos a su encuentro en esta Eucaristía de los cursos de verano de la HOAC. Hemos acudido a su descanso en estas jornadas. Nuestros cursos de verano siempre tienen esa dimensión múltiple del encuentro humano y afectivo, del trabajo, y del descanso. Descanso de los trabajos realizados. Encuentro de quienes venimos de trabajar en la viña del Señor. Encuentro entre nosotros y encuentro con el Señor que nos llama y nos acoge. Encuentro de evangelizadores y descanso de quienes sabemos que a nosotros nos toca sembrar, pero es el Señor quien se encarga de darle crecimiento. Nos lo ha recordado el profeta Isaías (26,7-9.12.16-19) en la primera lectura: Señor, tú nos darás la paz, porque todas nuestras empresas nos las realizas tú.

Venimos sabedores de que no hay descanso sin trabajo previo. Traemos con nosotros nuestros cansancios del curso; yo, al menos, traigo unos cuantos. Traemos los nuestros y los de la gente, también los cansancios del mundo obrero; los de nuestras hermanas y hermanos, los de quienes acompañamos cada día en nuestra vida, en su vida. Cansancios que imponen los ritmos inhumanos de vida en que nosotros también nos dejamos atrapar muchas veces.

El trabajo fatiga. ¡Qué bien tener un trabajo digno en el que poder cansarnos! Un trabajo decente que adquiere su pleno sentido en el descanso y en la fiesta que nos permite contemplar la obra de nuestras manos. El descanso es una ampliación de la mirada que permite volver a reconocer los derechos de los demás. Así, el día de descanso, cuyo centro es la Eucaristía, derrama su luz sobre la semana entera y nos motiva a incorporar el cuidado de la naturaleza y de los pobres. (LS 237)

No obstante, cuando en el ser humano se daña la capacidad de contemplar y de respetar, se crean las condiciones para que el sentido del trabajo se desfigure. (LS 127) El no tenerlo, o tenerlo indecente, fatiga aún más. ¡Qué duro no poder cansarse en el trabajo, por no tenerlo! ¡Qué duro el cansancio deshumanizador del trabajo precario, del trabajo indigno, indecente, informal, mal pagado, sin derechos…! ¡Qué duro el cansancio de buscar trabajo sin descanso, y no encontrarlo!

Hay cansancios y cansancios. Los hay vitales, de quien ha perdido sentido, horizonte, utopía y esperanza. Los hay cotidianos, de quien se encuentra cada día con la sensación de enfrentar una cuesta interminable, con solo las propias fuerzas.

Los hay fruto de sentir que la injusticia parece vencer siempre abrumadoramente, sin remedio. Los hay desesperados. Y los hay también evitables, porque son fruto simplemente de nuestra necedad.

Y, además, también los hay compartidos, necesarios, hacedores de vida, los que son fruto del trabajo evangelizador y humanizador, los que van sembrando, y alumbrando un nuevo mañana; los que se empeñan en construir fraternidad y justicia en la vida cotidiana, en el trabajo humano. ¡Que mi cansancio, -decía, a veces, san Francisco, cuando llegaba agotado a la noche- sea mi oración, Señor!

Precisamente porque caminamos con nuestros hermanos y hermanas podemos percibir, con la misma sensibilidad de Jesús, los cansancios de sus vidas. Podemos darnos cuenta del agobio en que se desenvuelve sus vidas muchas veces, de la desesperanza, de la desilusión que conlleva la manera de vivir que este mundo nos ofrece, que nos exprime hasta agotarnos vitalmente. Podemos darnos cuenta de la deshumanización que envuelve sus vidas y, también, a veces, la nuestra.

En los esquemas de este mundo nuestro no es fácil descansar. Unos no pueden, y otros no saben. Descansar es reconciliarse con la vida, disfrutar del regalo de la existencia, reencontrarnos con lo mejor de nosotros mismos, con lo que hay de Dios en nosotros. Para eso necesitamos salir de nuestro egoísmo y abrirnos a la vida y a las personas, abrirnos al sufrimiento ajeno. Necesitamos librarnos de las angustias egoístas y las mil complicaciones insensatas que nos creamos con este modo de vivir que tantas veces nos atrapa.

La mirada del Señor percibe nuestros cansancios. Los cansancios del mundo obrero.

En la mirada del Señor es una mirada compasiva capaz de darse cuenta de los trasfondos vitales. Jesús es capaz, mirando a la gente, de darse cuenta de que esta manera de vivir de nuestra sociedad provoca el agobio y el cansancio. Nos muestra una manera de mirar la vida que permite descubrir cómo recorremos caminos que no conducen a la Vida. También hoy nosotros nos podemos sentir mirados así. Y en esa mirada sentirnos acogidos. No estamos solos en nuestras faenas ni en nuestros cansancios: todas nuestras empresas nos las realizas tú…

Y también esa es la mirada que reclama y necesita de nosotros la Iglesia y el mundo obrero. Hemos de recorrer con él un camino de mirada y misericordia entrañable, que nos lleve a transitar senderos de justicia, en los que sembrar el Evangelio en la vida de los hombres y mujeres del mundo obrero y del trabajo. Hemos de mostrar desde la cercanía encarnada el rostro sufriente de Cristo que nos sigue preguntando ¿Dónde está tu hermano? Y hemos de dar, con nuestra vida, respuesta a esta pregunta que el Señor nos hace. La respuesta que nace cuando nos dejamos atrapar por el amor de Dios y nos dejamos enviar por Él a vivir el evangelio en medio de la vida obrera; cuando se acompaña la vida de las personas por amor, porque en ellas reconocemos a Cristo: en sus luchas y esperanzas, en sus trabajos y alegrías, en sus penas y en sus sueños de vida plenamente humana.

Nuestro descanso es el Señor. Él es el descanso del mundo obrero.

Acertar a abrirnos a Dios es encontrar el verdadero descanso. Tendremos que admitir que no hemos aprendido del todo esta lección, porque no conocemos aún al Padre ni al Hijo. “Venid a mí”, nos propone Jesús. Para caminar con él, para llevar su carga, para pensar y sentir como él, para trabajar con él y vivir en él. Para descubrir otra manera de vivir que nos humaniza, que abre camino al Reino de Dios, que ofrece horizonte y esperanza, que da sentido a nuestra vida y a nuestro cansancio, porque lo llena de amor.

El amor no cansa, o es otro cansancio distinto. Es el cansancio que merece la pena, porque se hace donación, gesto de entrega, gesto de vida, comunión, semilla plantada. Es el cansancio del trabajo que se hace por amor, y ya decía san Juan de la Cruz que “el alma que anda en amor, ni cansa ni se cansa”.

Nuestro descanso es el Señor. En él hallamos sosiego y reposo, pero también la fuente desde la que vivir nuestro trabajo como amor y donación. Jesús nos propone aprender de él –manso y humilde corazón- para encontrar nuestro descanso. La mansedumbre es otra expresión de la pobreza interior, de quien deposita su confianza solo en Dios. Los mansos, más allá de lo que digan las circunstancias, esperan en el Señor, y los que esperan en el Señor poseerán la tierra y gozarán de inmensa paz (cf. Sal 37,9.11). Al mismo tiempo, el Señor confía en ellos: «En ese pondré mis ojos, en el humilde y el abatido, que se estremece ante mis palabras» (Is 66,2). Reaccionar con humilde mansedumbre, esto es santidad. (GE 74)

Mi yugo es llevadero.

Cargar con su yugo comporta hacerlo con su misma mansedumbre y humildad de corazón.

La propuesta del Señor siempre nos descoloca. No es la que esperaríamos: si estás cansado pásame tu carga y yo la llevo. Te descargo. No. Es justo lo contrario: Carga tú, pero con mi yugo y mi carga, que es llevadera, que es ligera. Él se hace nuestra carga, para encargarse de nosotros. Para descansar no tenemos que dejar de trabajar por el Reino, solo cambiar la carga, cargar con el hermano.

No somos salvadores de nadie, sino que nos hacemos cauce de salvación. Es la propuesta de vida de Jesús, es su gesto de entrega por amor el que salva, no nosotros. No salvan nuestros proyectos, programas y planes. Salva el amor entregado de Dios. Salva el amor que nos hace orientar nuestra vida a construir el Reino: reino de paz y justicia, reino de vida y amor, un Reino que solo se construye con las mismas actitudes de Cristo, con su vida.

Saldremos a la calle

Para seguir mirando la vida del mundo obrero del mismo modo que la mira Jesús. Para escuchar y acoger el cansancio de todos los trabajadores, y para hacernos, acompañando sus vidas, cauce de encuentro entre ellos y Jesucristo, para ofrecerles ese descanso en el Señor. Lo mejor que podemos ofrecer a nuestras hermanas y hermanos del mundo obrero es Jesucristo. Si de algo tuviéramos que cansarnos es de no dejar de ofrecernos del todo para que otros puedan vivir, de recorrer cada día nuestro camino de santidad.

Para poder ofrecer a Cristo a nuestros hermanos y hermanas lo recibimos nosotros, hecho pan partido y vino compartido; hecho alimento y fiesta de fraternidad. Venid a mí y encontraréis vuestro descanso.

Fernando C. Díaz Abajo, consiliario general de la HOAC.

Declaración final de la Asamblea General de Cáritas Española

Iglesia

Declaración final de la Asamblea General de Cáritas Española

04 julio 2017

La LXXIV Asamblea General de Cáritas Española, celebrada en la localidad madrileña de El Escorial los días 30 de junio y 1 de julio de 2017, aprobó una Declaración Final en la que se expresa “un ser y hacer comprometidos con la caridad y la justicia social”.

 “La Iglesia nos llama al compromiso social. Un compromiso social que sea transformador de las personas y de las causas de las pobrezas, que denuncie la injusticia, que alivie el dolor y el sufrimiento y sea capaz también de ofrecer propuestas concretas que ayuden a poner en práctica el mensaje transformador del Evangelio y asumir las implicaciones políticas de la fe y de la caridad”.

—Pablo VI, Populorum progressio, 75

Proclamando juntos “la grandeza del Señor” y expresando “la alegría de nuestro espíritu en Dios nuestro Salvador”, los representantes de las 70 Cáritas Diocesanas que integran la Confederación Cáritas en España hemos reflexionado en este encuentro anual sobre los signos de esperanza y los síntomas de incertidumbre que compartimos a diario con los cientos de miles de personas que acompañamos en nuestra red estatal de acogida e inserción.

El nuevo ciclo económico iniciado hace tres años ofrece motivos para el optimismo, porque la evolución positiva de algunos indicadores socioeconómicos tiene relación directa con la situación concreta y cotidiana de muchas personas. Ahora bien, cuando los dramáticos efectos de la crisis parecen desdibujarse de las preocupaciones ciudadanas, queremos llamar la atención sobre la rigurosa constatación que acaba de hacer pública la Fundación FOESSA de que 7 de cada 10 hogares no perciben todavía que los efectos de la recuperación económica les hayan llegado.

Somos testigos directos de cómo muchas familias siguen padeciendo las consecuencias de unas condiciones de precariedad que, como venimos alertando desde hace tiempo, son el resultado directo de nuestro modelo socioeconómico.

Con el inicio de un nueva etapa de recuperación y crecimiento, vuelve a inquietarnos el riesgo de que se repitan errores pasados, siga sin incidirse de raíz en los fallos estructurales de la desigualdad y, bajo la euforia de la poscrisis, una parte de la sociedad quede relegada y continúe sin tener garantizados sus derechos básicos.

Nos preocupa que se consolide en la ciudadanía la idea de que la pobreza es algo natural y de que el hecho escandaloso de que millones de personas permanezcan por debajo del umbral de la pobreza, acuciadas por las condiciones de precariedad y abocadas a un futuro lleno de incertidumbres, forma parte del paisaje inevitable de la cuarta economía de la zona euro.

Reafirmamos, por ello, cuando se cumplen 70 años de la creación de nuestra institución, un ser y hacer de Cáritas comprometidos con la caridad y la justicia social. Con una caridad, que para servir a la exigencia de calidad, necesita de la profundidad de la denuncia social y de la propuesta de un modelo social orientado hacia la transformación de la realidad y la defensa del derecho de todos a acceder al bien común en una Casa que es de todos.

Esta demanda de avanzar en la opción preferencial y evangélica por los pobres es un mandato que nos lanzan tanto nuestros obispos como las personas que acompañamos y la amplia base social de voluntarios, socios y donantes que hacen posible la misión de Cáritas como servicio organizado de la caridad dentro de la Iglesia. Es, además, una opción inspirada en el magisterio de la Doctrina Social de la Iglesia, donde la respuesta fraterna a las víctimas de la cultura del descarte alimentada por el culto al “dios dinero” tiene un carácter integral.

Como expresión de una Iglesia auténticamente samaritana, no podemos desarrollar una acción de acogida y acompañamiento a las personas excluidas sin esforzarnos, al mismo tiempo, por añadirle las exigencias de la denuncia, la transformación de la realidad y la opción por la justicia social.

Somos conscientes de que investigar, en una etapa de crecimiento económico como la actual, la realidad de pobreza, y poner voz y rostro a las necesidades de los cientos de miles de personas que acompañamos resulta un relato incómodo, tanto para los poderes públicos como para algunos analistas políticos y líderes de opinión.

La nuestra no es una misión coyuntural. El único contrato suscrito por Cáritas es el de la lucha contra la pobreza y la defensa de la dignidad de las personas. Es una empresa a la que seguimos convocando a toda la ciudadanía, al conjunto de los agentes sociales, a los poderes públicos y a los medios de comunicación social.

Para Cáritas, la toma de partido contra la pobreza no puede quedar restringida a una opción temporal o privada: es también una acción comunitaria desarrollada en el centro mismo de la vida pública, que sólo tendrá éxito si se fortalece el tejido social y la participación de todos en cada uno de los ámbitos democráticos y asociativos.

Cuando parecemos recrearnos en la salida de la crisis y el cambio de tendencia económica, hacemos un llamamiento a la comunidad cristiana y a la ciudadanía a tomar conciencia de las zonas en sombra en la que permanecen muchos ciudadanos. Invitamos, una vez más, a replantearnos el modelo de sociedad que queremos construir y las oportunidades por las que estamos dispuestos a trabajar para transformar la realidad en nuestros barrios, en nuestras comunidades y en cada uno de los espacios de participación pública en los que intervenimos.

La nuestra es una invitación a involucrarse en la construcción de un modelo social acogedor, auténticamente fraterno, accesible para todos y basado en un crecimiento económico respetuoso con la Creación, sin excluidos ni empobrecidos.

Desde nuestra experiencia y desde la misericordia inspirada en las realidades de frontera donde intervenimos, asumimos el riesgo de incomodar, de ser “piedra de escándalo y signo de contradicción”, de ser desacreditados por asumir la misión de ser testigos del Evangelio y compañeros de los pobres, como lo son especialmente los más de 84.000 voluntarios y voluntarias que ponen su vida y sus anhelos en compartir ese camino.

Frente a la tentación de un discurso centrado en el individualismo, en el que cada uno debe ser el único garante de su propio bienestar, nuestra propuesta es la comunidad.

Frente al debilitamiento de las políticas públicas, nuestra propuesta es la de que sean fortalecidas, porque las Administraciones son las garantes de los derechos fundamentales.

Frente a un modelo de sociedad de consumo donde el mercado se concibe como el único espacio donde satisfacer toda necesidad, nuestra propuesta es la lógica del don y la caridad dentro de una Iglesia en salida, en las periferias y comprometida en el servicio a los últimos.

Frente a la apuesta por el crecimiento constante y a cualquier precio, reafirmamos nuestro concepto de desarrollo humano integral que, ahora que se cumple el 50 aniversario de la encíclica Populorum progressio, pasa por el reconocimiento de la dignidad y la construcción del bien común.

Frente al sufrimiento de miles de refugiados y de todos aquellos que se ven obligados a migrar para proteger su dignidad, nuestra propuesta es la de acoger al hermano y reconocer sus derechos y sus capacidades, sin distinciones entre “ellos y nosotros”.

Y frente a una lógica de desarrollo basado en el uso irresponsable de los bienes que Dios ha puesto a nuestra disposición en «la hermana nuestra madre tierra», proponemos un modelo de cooperación internacional fraterna orientado a «proteger nuestra casa común y unir a toda la familia humana en la búsqueda de un desarrollo sostenible e integral» para todas las personas, como señala el papa Francisco en Laudato sí’.

Este objetivo es especialmente urgente para nuestros hermanos acosados por la precariedad en Venezuela, Sudán del Sur o el Cuerno de África, a quienes acompañamos con nuestra cercanía y solidaridad. Junto a ellos y los hermanos de todos los países donde estamos comprometidos en la lucha contra la pobreza, compartimos su tenacidad admirable para, a pesar de las angustias provocadas por sus actuales circunstancias, construir oportunidades para la paz que “ha de fundarse en la verdad, la justicia, el amor y la libertad” (Juan XXIII, Pacem in terris).

Nuestra misión evangelizadora como acción caritativa y social de una Iglesia pobre y para los pobres, nos lleva a renovar en esta Asamblea la voluntad de seguir avanzando en una acción iluminada por “los gozos y las esperanzas” que nos transmiten la alianza con los que más sufren, con quienes son los verdaderos protagonistas del mandato del Espíritu que nos “ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, para proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor” (Lucas 4, 16-30).

El Escorial, 1 de julio de 2017

El valor social de la misericordia #Editorial1591

Editoriales

El valor social de la misericordia #Editorial1591

16 enero 2017

Al terminar el Año de la Misericordia, el papa Francisco nos invita, en su carta apostólica Misericordia et misera, a continuar cada día en el empeño por «avivar el valor social de la misericordia» para mirar al futuro con esperanza. «Estamos llamados –nos recuerda Francisco– a hacer que crezca una cultura de la misericordia (…) en la que ninguno mire al otro con indiferencia ni aparte la mirada cuando ve el sufrimiento del hermano» (n. 20). Es urgente restituir la dignidad a tantas personas y construir una sociedad justa y fraterna (n. 19). Esta necesidad social reclama nuestra respuesta como Iglesia, de forma que «la conversión pastoral que estamos llamados a vivir, se plasme cada día, gracias a la fuerza renovadora de la misericordia» (n. 5), porque «el camino de la misericordia es el que nos hace encontrar a tantos hermanos y hermanas que tienden la mano esperando que alguien la aferre y poder así caminar juntos» (n. 16). «El carácter social de la misericordia obliga a no quedarse inmóviles y a desterrar la indiferencia y la hipocresía (…) para que la justicia y una vida digna no sean solo palabras bonitas, sino que constituyan el compromiso concreto de todo el que quiere testimoniar la presencia del reino de Dios» (n. 19).

La cultura de la misericordia en la vida social nos reclama, por tanto, comportamientos personales y comunitarios que restituyan la justicia y la dignidad debida a los empobrecidos, pero también poner todo el empeño en ayudar al cambio de las prioridades políticas pues el carácter social de la misericordia tiene una dimensión política ineludible. Cualquier crecimiento económico que no esté orientado en esta dirección es injusto e inmoral. ¿De qué nos sirve socialmente el crecimiento si no responde a las necesidades de las personas y familias, si no acaba con la precariedad vital y la exclusión?

Por eso es tan esencial el trabajo digno: «La política económica debe estar al servicio del trabajo digno» (Iglesia, servidora de los pobres, 32).Si nos fijamos en la realidad del mundo obrero y del trabajo, su situación reclama dar prioridad en la acción política al empeño por el trabajo digno sobre cualquier otra consideración económica y a la creación de empleos que permitan vivir con dignidad. Hoy a cualquier cosa se le llama «empleo». Debería ser una prioridad política acabar con los salarios de miseria que muchas veces se ven obligados a aceptar los trabajadores para poder sobrevivir, con los frecuentes fraudes de ley que se dan en las relaciones laborales, con las condiciones indecentes y peligrosas para la salud en que se realizan cada vez más trabajos…, así como proteger de forma real y efectiva a tantos desempleados que no perciben ninguna prestación. Los contratos precarios no permiten vivir dignamente a las familias.

Igualmente, es necesario situar como urgente prioridad política acabar con la sangrante realidad de que haya personas y familias privadas, por su pobreza, de bienes tan básicos como la vivienda, o el acceso al agua, o a la energía. Ningún beneficio económico puede justificar nunca este hecho. Es una radical inmoralidad que no se haya acabado ya con esta inhumana situación.

La Iglesia en su conjunto, y cada comunidad cristiana en particular, estamos llamados a trabajar con todas nuestras fuerzas para que cuestiones como estas sean, cuanto antes, asuntos centrales en la vida política. Y para ello, el valor social de la misericordia, no puede quedar al margen, tampoco, de los planes y acciones pastorales de toda la Iglesia. Nuestra fe nos empuja a hacer visible otro modo, posible y humanizador, de existir, de que la misma vida eclesial ha de ser un testimonio creíble, porque sin esa dimensión social de la misericordia, nuestra vivencia de la fe, no está completa.

***

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Un nuevo Dicasterio para el desarrollo humano integral

Colaboraciones, Iglesia

Un nuevo Dicasterio para el desarrollo humano integral

26 octubre 2016

Eduard Ibáñez* | Las reformas del Papa Francisco siguen adelante. Y entre ellas, una muy importante: la reforma de la curia romana.

El 15 de agosto se anunció la fusión de los antiguos Consejos de Laicos y de Familia en un nuevo «Dicasterio para los Laicos, Familia y Vida», que comenzó a funcionar el 1 de septiembre. Y pocos días después, el 30 de agosto se publicó la creación de un nuevo «Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral», al que voy a dedicar estas líneas, que entrará en funcionamiento el próximo 1 de enero, coincidiendo con la Jornada Mundial de la Paz.

Asesorado por un grupo de nueve cardenales especialmente elegidos, Francisco está decidido acabar con lo que alguna vez ha denominado el «vaticano-centrismo», las irregularidades, el clericalismo, la excesiva burocracia y la descoordinación entre organismos, cuando no conflictos.

Los males que aquejan a la Curia son antiguos y bien conocidos. Todos recordamos algunos graves escándalos recientes. Por todo ello, un mandato del último Cónclave al nuevo obispo de Roma fue poner orden y evitar más escándalos.

Francisco, siguiendo este mandato pero, sobre todo, en fidelidad al programa de su pontificado, esbozado en Evangelii gaudium, orientado a una transformación misionera y misericordiosa de la Iglesia, ha introducido ya muy importantes reformas y el proceso sigue en marcha.

Francisco lo tiene claro. Quiere una curia más simple, más coordinada y eficaz, más ejemplar y coherente con el mensaje del Evangelio, dinámica, transparente y mejor orientada a su verdadera misión. Para el Papa, la curia debe ser un «pequeño modelo de Iglesia». Por ello, está «llamada a mejorarse, a mejorarse siempre y a crecer en comunión, santidad y sabiduría para realizar plenamente su misión».

Primero empezó con la reforma más urgente, poner orden, mayor vigilancia, eficacia y transparencia en las finanzas vaticanas. La segunda gran reforma se ha centrado en la comunicación que emana de la Santa Sede, con la creación de un organismo único que integra y coordina los diferentes órganos de comunicación existentes.

Ahora ha iniciado una nueva línea de reformas, relacionadas con los llamados «Consejos Pontificios». Estos organismos, que eran nada menos que doce al inicio de su pontificado, se ocupan de múltiples tareas, no siempre perfectamente delimitadas, y suponen una estructura demasiado pesada.

Un Dicasterio dedicado a la «humanidad sufriente»

El «Dicasterio para el Desarrollo Humano Integral» integrará las competencias y el trabajo que desarrollaban los Consejos Pontificios de Justicia y Paz, Cor Unum, Emigrantes e Itinerantes y Agentes de Salud. Será presidido por el cardenal P. K. Turkson, hombre de gran confianza del Papa y que ya presidía hasta ahora los dos Consejos primeramente citados.

Se pretende así dar mayor coherencia, visibilidad, coordinación y vigor al conjunto de tareas que desarrollaban aquellos Consejos, en aras a «promover el desarrollo integral del hombre a la luz del Evangelio y en el marco de la de la Doctrina Social de la Iglesia».

Este organismo, que ha de actuar en estrecha colaboración con la Secretaría de Estado, se ha de ocupar de los grandes retos de la justicia y la paz, el progreso de los pueblos, la promoción de la tutela de la dignidad de la persona y los derechos humanos, la eliminación de la esclavitud, el encarcelamiento, la tortura y la pena de muerte, el impacto de los conflictos armados, el desarme, el fenómeno de las migraciones, la salud, las obras de caridad y el cuidado de la creación.

A la vez, el Dicasterio, como ya le correspondía al de Justicia y Paz, debe ocuparse de la profundización, divulgación y aplicación de la Doctrina Social de la Iglesia. Debe también favorecer y coordinar el trabajo de las organizaciones católicas que se empeñan en promover la dignidad de las personas, la justicia y la paz y la ayuda a los que se encuentran en la indigencia o sufren graves necesidades o calamidades. En este sentido, el Dicasterio será competente para la supervisión, como hacía Cor Unum, de la acción de la organización Caritas Internationalis y restantes asociaciones y fondos internacionales católicos dedicados a la ayuda.

La existencia hasta ahora de cuatro Consejos Pontificios dedicados a todas estas cuestiones suponía un riesgo evidente de dispersión de esfuerzos, descoordinación y tratamiento fragmentario de los problemas. Su integración en un único organismo, no solamente puede conjurar estos peligros, sino facilitar la interlocución y permitir una visión más amplia y coherente de las diversas problemáticas, que están profundamente interconectadas y bajo un enfoque basado en la doctrina social.

Además, este único organismo puede favorecer una visión global, que atienda a las diversas dimensiones, todas necesarias, de la acción de la Iglesia, que incluyen el análisis de los problemas y sus causas, la denuncia profética, la propuesta, la oferta de criterios de discernimiento y de actuación, la educación, la acción solidaria y caritativa, la atención material y espiritual. Es necesario conjugar siempre la promoción de un orden social más justo con la atención actual, particular y concreta a los que sufren.

Vale la pena destacar otras dos cuestiones. De un lado, se prevé que la sección del Dicasterio dedicada a la cuestión de los migrantes será dirigida por el mismo Papa Francisco, lo cual muestra su especial preocupación por este problemática.

El otro aspecto destacable es que, junto al trabajo de su máximo responsable, el Prefecto, el Dicasterio contará con un Secretario y un Subsecretario que podrán ser laicos. Es un paso más en la tan necesaria corresponsabilidad de los laicos en la vida de la Iglesia, que Francisco desea también impulsar.

Como se ve, la misión del Dicasterio es de enorme amplitud, pero el punto focal de su acción, aquello que mejor define su orientación es muy claro. Se trata, como indican sus Estatutos (art.3), de promover la atención de la Iglesia hacia la «humanidad sufriente»: los necesitados, los enfermos, los excluidos, los que se ven empujados a abandonar su patria o carecen de ella, los marginados, las víctimas de los conflictos armados y las catástrofes naturales, los encarcelados, los desempleados, las víctimas de las formas contemporáneas de esclavitud y de tortura y todas las personas cuya dignidad esté en peligro.

Así, este Dicasterio puede dar una mayor visibilidad a uno de los retos esenciales para la Iglesia, según entiende Francisco, que es justamente el problema de los pobres, de los excluidos, de los «desechados», las víctimas de las injusticias. Este reto lo ha expuesto ampliamente tanto en su exhortación Evangelii gaudium como en la encíclica Laudato si’, así como en todos sus gestos, discursos, viajes e iniciativas y que ha expresado así de una manera sintética: «¡Ah, cómo quisiera una Iglesia pobre y para los pobres!».

Para Francisco, esto no es algo simplemente opcional para la Iglesia, sino una de sus dimensiones esenciales, fundamentada en el mismo Cristo. Una gran y antigua tradición de la Iglesia ha experimentado y vivido esta dimensión en profundidad, ya por los primeros cristianos y por santos y mártires de todos los tiempos y fue reafirmada solemnemente por el Concilio Vaticano II y asumida desde entonces por los papas posteriores. Francisco, además, ha subrayado que el centro del Evangelio es la Misericordia de Dios, su atributo fundamental, que derrama su amor incondicional por cada uno de nosotros y que muestra su preferencia por los más pobres. Por ello, la vida de Iglesia es llamada a configurarse radicalmente poniendo la atención a los pobres en su mismo centro.

El nuevo Dicasterio puede ser un valioso instrumento y un referente para avanzar en esta dirección, tanto en la Iglesia Universal como en las Iglesias locales y las instituciones católicas y por parte de todos los fieles cristianos.

* Presidente de la Comisión General de Justicia y Paz

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Audio | Ponencias Cursos de Verano | ¿Por qué y para qué un trabajo decente?

Convocatorias

Audio | Ponencias Cursos de Verano | ¿Por qué y para qué un trabajo decente?

29 julio 2016

La revista Noticias Obreras edita y publica, en su canal de Ivoox, los audios de las tres ponencias realizadas en las jornadas de profundización y diálogo: «¿Por qué y para qué un trabajo decente?. El sentido del trabajo», en el marco de los Cursos de Verano de la HOAC de este año. Los audios pueden ser escuchados desde cualquier dispositivo electrónico, descargados, compartidos en las redes sociales y en otras páginas web o blogs.

Una primera ponencia, titulada «Por qué y para qué trabajamos», a cargo de Alfonso Alcaide, militante de la HOAC de Sevilla. El audio está dividido en dos partes.

I. Parte

II. Parte

Una segunda ponencia sobre «Algunas claves bíblicas teológicas» respecto al sentido del trabajo, impartida por Pepa Torres, teóloga y profesora del Instituto de Pastoral de Madrid. El audio está también dividido en dos partes.

I. Parte

II. Parte

Y una tercera ponencia sobre «Retos que la orientación actual del trabajo nos presenta a la Iglesia y a la HOAC», impartida por Montxo López Gómez, militante de la HOAC de Bilbao.

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Radio | Cursos de verano. Entrevista a José Fernando Almazán

[Comunicado] Orar y vivir el trabajo y las situaciones de las y los trabajadores desde la misericordia

Canción ♫ Trabajo digno para una sociedad decente

“El modelo de precariedad laboral que mayoritariamente se ofrece a las personas trabajadoras es profundamente injusto y anticristiano”

Oración, reflexión y diálogo sobre el sentido profundo del trabajo humano

Fotos Eucaristía y Gesto público.

Radio | Cursos de verano. Entrevista a José Fernando Almazán

Opinamos

Radio | Cursos de verano. Entrevista a José Fernando Almazán

18 julio 2016

Álvaro Real, del programa El Espejo de Cope, conversa con José Fernando Almazán, presidente general de la HOAC, con motivo de los cursos de verano realizados en Salamanca y del comunicado final «Orar y vivir el trabajo y las situaciones de las y los trabajadores desde la misericordia»

 

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[Comunicado] Orar y vivir el trabajo y las situaciones de las y los trabajadores desde la misericordia

Comunicados

[Comunicado] Orar y vivir el trabajo y las situaciones de las y los trabajadores desde la misericordia

15 julio 2016

SALAMANCA, 15.07.2106 • CURSOS DE VERANO 2016 #CVHOAC

Del 11 al 17 de julio, hemos celebrado en la Residencia de los Padres Paúles, de Salamanca, los Cursos de Verano de la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC). Un espacio de oración, diálogo, profundización y convivencia sobre «Orar y vivir el trabajo y las situaciones de las y los trabajadores desde la misericordia» con la participación de más de 250 personas.

A través de distintas ponencias y reflexiones, hemos dialogado sobre el sentido del trabajo y por qué necesitamos un trabajo decente, así como los retos que la orientación actual del trabajo nos presenta a la sociedad, a la Iglesia y a la HOAC. Hemos puesto en común experiencias de nuestro compromiso social, sindical y político que intentan ser expresión de la misericordia de Dios con nuestros compañeros y compañeras del trabajo.

Hemos tenido también espacios de oración, para sacerdotes, seminaristas, animadores de la fe y militantes, una ocasión para reflexionar y rezar los procesos de acompañamiento de las personas del mundo obrero con las que compartimos la vida.

En el marco de estos días, hemos tenido la oportunidad de compartir la Eucaristía con la Iglesia de Salamanca en la Catedral nueva, manifestándonos públicamente, con una concentración en la calle, que nuestra sociedad sólo podrá ser decente en la medida que sea capaz de procurar trabajo digno para todos los hombres y mujeres que la formamos.

Afirmamos que el trabajo ha ido pasando progresivamente de ser un bien para la vida a ser un instrumento para la producción. Muchos trabajadores y trabajadoras están sufriendo una gran precariedad. Y esta precarización del trabajo que estamos padeciendo supone también la degradación de la empresa y de la economía, por lo que estamos llamados a repensar el sentido y la función que realmente deben tener para que sirvan al bien común.

Creemos que, ante la situación de insolidaridad estructural que se vive en todo el mundo respecto a los trabajadores y trabajadoras, es necesario repensar el sentido del trabajo, la economía y la empresa, devaluados en nuestra sociedad. Para ello tenemos que exigir a los políticos, los gobernantes y los poderes económicos el derecho al trabajo, a una justa remuneración y a unas condiciones de vida dignas con horarios y condiciones que permitan el adecuado desarrollo de la vida personal, familiar y social.

Consideramos que el trabajo es esencial para la vida de las personas porque ayuda a construir nuestra humanidad. Es necesario insistir en que el trabajo humano está en función de la persona y no la persona en función del trabajo. (LE 6)  

En la HOAC, nos sentimos llamados y llamadas, e invitamos a toda la sociedad a:

Romper la actual lógica de pensar y organizar el trabajo, poniendo en el centro a la persona.

Plantear el sentido y el valor del trabajo más allá del empleo: distribuir de manera justa y digna el empleo y reconocer socialmente todos los trabajos de cuidados.  

Establecer unos ingresos mínimos suficientes para cubrir las necesidades básicas de todas las personas.

Unir de forma humanizadora el trabajo y el descanso.

Luchar por condiciones dignas de empleo, para humanizar el trabajo.

Repensar el modelo económico y productivo, para que sea respetuoso con la vida y el medio ambiente.

Como creyentes en Jesús de Nazaret afirmamos que el trabajo es para la vida. Por ello, animamos a promover el derecho a tener un trabajo decente para todas las personas.  

 

Álbum de fotografías Eucaristía y Gesto público (concentración).

Eucaristía #CVHOAC

Gepostet von HOAC am Freitag, 15. Juli 2016

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