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Cursos de Verano | Homilía en la Eucaristía

19 julio 2018 | Por

Cursos de Verano | Homilía en la Eucaristía

Soy manso y humilde de corazón.
Mt 11, 28-30

En aquel tiempo, exclamó Jesús:
—«Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».

Venid a mí.

“Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados…” Y nosotros, escuchando esta invitación del Señor acudimos a su encuentro en esta Eucaristía de los cursos de verano de la HOAC. Hemos acudido a su descanso en estas jornadas. Nuestros cursos de verano siempre tienen esa dimensión múltiple del encuentro humano y afectivo, del trabajo, y del descanso. Descanso de los trabajos realizados. Encuentro de quienes venimos de trabajar en la viña del Señor. Encuentro entre nosotros y encuentro con el Señor que nos llama y nos acoge. Encuentro de evangelizadores y descanso de quienes sabemos que a nosotros nos toca sembrar, pero es el Señor quien se encarga de darle crecimiento. Nos lo ha recordado el profeta Isaías (26,7-9.12.16-19) en la primera lectura: Señor, tú nos darás la paz, porque todas nuestras empresas nos las realizas tú.

Venimos sabedores de que no hay descanso sin trabajo previo. Traemos con nosotros nuestros cansancios del curso; yo, al menos, traigo unos cuantos. Traemos los nuestros y los de la gente, también los cansancios del mundo obrero; los de nuestras hermanas y hermanos, los de quienes acompañamos cada día en nuestra vida, en su vida. Cansancios que imponen los ritmos inhumanos de vida en que nosotros también nos dejamos atrapar muchas veces.

El trabajo fatiga. ¡Qué bien tener un trabajo digno en el que poder cansarnos! Un trabajo decente que adquiere su pleno sentido en el descanso y en la fiesta que nos permite contemplar la obra de nuestras manos. El descanso es una ampliación de la mirada que permite volver a reconocer los derechos de los demás. Así, el día de descanso, cuyo centro es la Eucaristía, derrama su luz sobre la semana entera y nos motiva a incorporar el cuidado de la naturaleza y de los pobres. (LS 237)

No obstante, cuando en el ser humano se daña la capacidad de contemplar y de respetar, se crean las condiciones para que el sentido del trabajo se desfigure. (LS 127) El no tenerlo, o tenerlo indecente, fatiga aún más. ¡Qué duro no poder cansarse en el trabajo, por no tenerlo! ¡Qué duro el cansancio deshumanizador del trabajo precario, del trabajo indigno, indecente, informal, mal pagado, sin derechos…! ¡Qué duro el cansancio de buscar trabajo sin descanso, y no encontrarlo!

Hay cansancios y cansancios. Los hay vitales, de quien ha perdido sentido, horizonte, utopía y esperanza. Los hay cotidianos, de quien se encuentra cada día con la sensación de enfrentar una cuesta interminable, con solo las propias fuerzas.

Los hay fruto de sentir que la injusticia parece vencer siempre abrumadoramente, sin remedio. Los hay desesperados. Y los hay también evitables, porque son fruto simplemente de nuestra necedad.

Y, además, también los hay compartidos, necesarios, hacedores de vida, los que son fruto del trabajo evangelizador y humanizador, los que van sembrando, y alumbrando un nuevo mañana; los que se empeñan en construir fraternidad y justicia en la vida cotidiana, en el trabajo humano. ¡Que mi cansancio, -decía, a veces, san Francisco, cuando llegaba agotado a la noche- sea mi oración, Señor!

Precisamente porque caminamos con nuestros hermanos y hermanas podemos percibir, con la misma sensibilidad de Jesús, los cansancios de sus vidas. Podemos darnos cuenta del agobio en que se desenvuelve sus vidas muchas veces, de la desesperanza, de la desilusión que conlleva la manera de vivir que este mundo nos ofrece, que nos exprime hasta agotarnos vitalmente. Podemos darnos cuenta de la deshumanización que envuelve sus vidas y, también, a veces, la nuestra.

En los esquemas de este mundo nuestro no es fácil descansar. Unos no pueden, y otros no saben. Descansar es reconciliarse con la vida, disfrutar del regalo de la existencia, reencontrarnos con lo mejor de nosotros mismos, con lo que hay de Dios en nosotros. Para eso necesitamos salir de nuestro egoísmo y abrirnos a la vida y a las personas, abrirnos al sufrimiento ajeno. Necesitamos librarnos de las angustias egoístas y las mil complicaciones insensatas que nos creamos con este modo de vivir que tantas veces nos atrapa.

La mirada del Señor percibe nuestros cansancios. Los cansancios del mundo obrero.

En la mirada del Señor es una mirada compasiva capaz de darse cuenta de los trasfondos vitales. Jesús es capaz, mirando a la gente, de darse cuenta de que esta manera de vivir de nuestra sociedad provoca el agobio y el cansancio. Nos muestra una manera de mirar la vida que permite descubrir cómo recorremos caminos que no conducen a la Vida. También hoy nosotros nos podemos sentir mirados así. Y en esa mirada sentirnos acogidos. No estamos solos en nuestras faenas ni en nuestros cansancios: todas nuestras empresas nos las realizas tú…

Y también esa es la mirada que reclama y necesita de nosotros la Iglesia y el mundo obrero. Hemos de recorrer con él un camino de mirada y misericordia entrañable, que nos lleve a transitar senderos de justicia, en los que sembrar el Evangelio en la vida de los hombres y mujeres del mundo obrero y del trabajo. Hemos de mostrar desde la cercanía encarnada el rostro sufriente de Cristo que nos sigue preguntando ¿Dónde está tu hermano? Y hemos de dar, con nuestra vida, respuesta a esta pregunta que el Señor nos hace. La respuesta que nace cuando nos dejamos atrapar por el amor de Dios y nos dejamos enviar por Él a vivir el evangelio en medio de la vida obrera; cuando se acompaña la vida de las personas por amor, porque en ellas reconocemos a Cristo: en sus luchas y esperanzas, en sus trabajos y alegrías, en sus penas y en sus sueños de vida plenamente humana.

Nuestro descanso es el Señor. Él es el descanso del mundo obrero.

Acertar a abrirnos a Dios es encontrar el verdadero descanso. Tendremos que admitir que no hemos aprendido del todo esta lección, porque no conocemos aún al Padre ni al Hijo. “Venid a mí”, nos propone Jesús. Para caminar con él, para llevar su carga, para pensar y sentir como él, para trabajar con él y vivir en él. Para descubrir otra manera de vivir que nos humaniza, que abre camino al Reino de Dios, que ofrece horizonte y esperanza, que da sentido a nuestra vida y a nuestro cansancio, porque lo llena de amor.

El amor no cansa, o es otro cansancio distinto. Es el cansancio que merece la pena, porque se hace donación, gesto de entrega, gesto de vida, comunión, semilla plantada. Es el cansancio del trabajo que se hace por amor, y ya decía san Juan de la Cruz que “el alma que anda en amor, ni cansa ni se cansa”.

Nuestro descanso es el Señor. En él hallamos sosiego y reposo, pero también la fuente desde la que vivir nuestro trabajo como amor y donación. Jesús nos propone aprender de él –manso y humilde corazón- para encontrar nuestro descanso. La mansedumbre es otra expresión de la pobreza interior, de quien deposita su confianza solo en Dios. Los mansos, más allá de lo que digan las circunstancias, esperan en el Señor, y los que esperan en el Señor poseerán la tierra y gozarán de inmensa paz (cf. Sal 37,9.11). Al mismo tiempo, el Señor confía en ellos: «En ese pondré mis ojos, en el humilde y el abatido, que se estremece ante mis palabras» (Is 66,2). Reaccionar con humilde mansedumbre, esto es santidad. (GE 74)

Mi yugo es llevadero.

Cargar con su yugo comporta hacerlo con su misma mansedumbre y humildad de corazón.

La propuesta del Señor siempre nos descoloca. No es la que esperaríamos: si estás cansado pásame tu carga y yo la llevo. Te descargo. No. Es justo lo contrario: Carga tú, pero con mi yugo y mi carga, que es llevadera, que es ligera. Él se hace nuestra carga, para encargarse de nosotros. Para descansar no tenemos que dejar de trabajar por el Reino, solo cambiar la carga, cargar con el hermano.

No somos salvadores de nadie, sino que nos hacemos cauce de salvación. Es la propuesta de vida de Jesús, es su gesto de entrega por amor el que salva, no nosotros. No salvan nuestros proyectos, programas y planes. Salva el amor entregado de Dios. Salva el amor que nos hace orientar nuestra vida a construir el Reino: reino de paz y justicia, reino de vida y amor, un Reino que solo se construye con las mismas actitudes de Cristo, con su vida.

Saldremos a la calle

Para seguir mirando la vida del mundo obrero del mismo modo que la mira Jesús. Para escuchar y acoger el cansancio de todos los trabajadores, y para hacernos, acompañando sus vidas, cauce de encuentro entre ellos y Jesucristo, para ofrecerles ese descanso en el Señor. Lo mejor que podemos ofrecer a nuestras hermanas y hermanos del mundo obrero es Jesucristo. Si de algo tuviéramos que cansarnos es de no dejar de ofrecernos del todo para que otros puedan vivir, de recorrer cada día nuestro camino de santidad.

Para poder ofrecer a Cristo a nuestros hermanos y hermanas lo recibimos nosotros, hecho pan partido y vino compartido; hecho alimento y fiesta de fraternidad. Venid a mí y encontraréis vuestro descanso.

Fernando C. Díaz Abajo, consiliario general de la HOAC.

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