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Convocatorias, Iglesia, Mundo obrero y del trabajo

Alicante: “Año de la misericordia y conversión pastoral”

12 abril 2016

El próximo domingo 17 de abril de 2016 el Secretariado Diocesano de Pastoral Obrera celebra en la Parroquia de San Gabriel de Alicante  el “Encuentro Diocesano de Trabajadores Cristianos” donde se reflexionará y dialogará sobre  el tema: “Año de la misericordia y conversión pastoral. Mirada Compasiva a la Realidad del Mundo Obrero”.

Horario encuentro:

9:30 h Oración y presentación del encuentro
10:00 h Ponencia: “Mirada Compasiva a la Realidad del Mundo Obrero
11:00 h Dialogo
11:30 h Descanso
12:00 h Ponencia: “Año de la misericordia y conversión pastoral.”
12:45 h Dialogo
13:00 h Comunicaciones

·   HOAC Elche “Trabajo Decente

·   Parroquia San Francisco de Elda “La Pastoral Obrera en la Parroquia

13:30 h Oración despedida

Como nos dice el Papa Francisco: “Al escuchar misericordia, esta palabra cambia todo. Es lo mejor que podemos escuchar: cambia el mundo. Un poco de misericordia hace al mundo menos frío y más justo. Necesitamos comprender bien esta misericordia de Dios, este Padre misericordioso que tiene tanta paciencia” (Ángelus del 17 de marzo de 2013).

Es el tiempo de misericordia que necesitan, que esperan y anhelan los empobrecidos. Es el tiempo de la compasión, que nos pone en camino a las “periferias” del mundo obrero. Es tiempo de caminar, hacia las heridas del mundo obrero, de la mano del Dios del consuelo. Es tiempo de hacernos consuelo de Dios. Especialmente este año que quiere ser año de la Misericordia; de la misericordia de Dios con nosotros, y de la nuestra, que se hace compasión, caridad, y justicia para los empobrecidos

 

Plasencia: Recordando a Rovirosa en el Año de la Misericordia

Iglesia

Plasencia: Recordando a Rovirosa en el Año de la Misericordia

24 febrero 2016

El sábado 27 a las 19,00 horas se celebra una eucaristía en la parroquia de Sta Mª de la Esperanza (Plasencia) con motivo del año de la “Misericordia” y del aniversario de la muerte de Guillermo Rovirosa.

Año de la Misericordia y trabajo digno | #Editorial1579

Editoriales

Año de la Misericordia y trabajo digno | #Editorial1579

13 enero 2016

El Año de la Misericordia que celebramos la Iglesia es una llamada a ser misericordiosos como el Padre (Lc 6, 16). El amor concreto a las personas, que se conmueve por la miseria y el sufrimiento del hermano y reacciona para acabar con ese sufrimiento y miseria para que pueda vivir dignamente, que eso es la misericordia, es lo que nos hace humanos y lo que construye una vida social justa y decente. Por eso, en la Bula de Convocatoria del Jubileo Extraordinario de la Misericordia (Misericordiae vultus), el papa Francisco insiste en que la Iglesia «tenemos la responsabilidad de ser en el mundo signo vivo del amor del Padre» (n. 4). Para ello es imprescindible que «abramos nuestros ojos para mirar las miserias del mundo, las heridas de tantos hermanos y hermanas privados de la dignidad, y sintámonos provocados a escuchar su grito de auxilio. Nuestras manos estrechen sus manos, y acerquémoslos a nosotros para que sientan el calor de nuestra presencia, de nuestra amistad y de la fraternidad. Que su grito se vuelva nuestro grito y junto podamos romper la barrera de la indiferencia» (n. 15). Unamos, dice Francisco, lo que no se puede separar, justicia y misericordia, sabiendo que el fundamento de la justicia es el amor misericordioso.

El empeño de la HOAC por el trabajo digno, la iniciativa de organizaciones eclesiales Iglesia unida por el trabajo decente, el llamamiento de la Conferencia Episcopal Española en Iglesia, servidora de los pobres a situar como objetivo social fundamental el trabajo digno y estable (n. 32), la insistencia del papa Francisco en devolver la dignidad al trabajo, el empeño de organizaciones sociales, sindicales, por el trabajo decente… ¿qué tienen que ver con el Año de la Misericordia? Tienen todo que ver. Es esencial que vivamos la lucha por el trabajo digno como expresión de la misericordia y camino de misericordia. Porque el mundo obrero y del trabajo, toda nuestra sociedad, lo que más necesita es recorrer el camino de la misericordia, para que sea posible avanzar hacia la vida digna de todos, sin empobrecidos ni excluidos.

La situación que sufre el mundo obrero y del trabajo desempleado, precarizado y empobrecido, es el resultado de la lógica inmisericorde del dominio de la idolatría del dinero, de la rentabilidad y el bienestar individualista. Esa lógica inmisericorde convierte a muchos trabajadores y trabajadoras en descartables, prescindibles, por no ser suficientemente rentables. Y esto, a su vez, es la consecuencia de otro descarte más radical: el del ser humano mismo, como si fuera un producto de usar y tirar, desplazando del primer lugar al ser humano, prescindiendo de nuestra humanidad. Se ha convertido el trabajo, que es parte de nuestro ser como personas, en puro instrumento de la rentabilidad económica y así se ha reducido a la persona trabajadora a la condición de instrumento. De ahí nace la falta de trabajo digno, el desempleo, el empleo precarizado, el empobrecimiento de las personas trabajadoras…

La misericordia sale al paso de esta situación inhumana y deshumanizadora para situar a la persona en primer lugar. La lucha por el trabajo digno es expresión de esa misericordia, camino indispensable para la inclusión social de los pobres y para la afirmación práctica de la sagrada dignidad de la persona, porque sin trabajo digno se pisotea la dignidad humana. La lucha por un trabajo digno lo es por un trabajo en condiciones dignas de la persona, pero también, y mucho más en su raíz, por devolver la dignidad al trabajo mismo, por recuperar lo que el trabajo debe ser: un camino de realización de nuestra humanidad, de construcción de una sociedad humana, no un instrumento despersonalizado de la economía. La lucha por el trabajo digno es la lucha para que podamos trabajar por amor, realizando con el trabajo nuestra humanidad, sirviendo con él a los demás, viviéndolo como un don de la persona a las demás. Como toda actividad humana, el trabajo sin amor no es digno del ser humano.

Para vivificar la lucha por el trabajo digno desde la misericordia necesitamos, ante todo, hacernos cargo de la situación de las personas empobrecidas del mundo obrero y del trabajo. Lo necesitan ellas, lo necesitamos nosotros, lo necesitan las organizaciones sociales y sindicales. Para ello son imprescindibles tres cosas: primero, la exigencia de justicia, que implica la reivindicación de derechos en el trabajo y de trabajo digno para todos; segundo, construir también iniciativas sociales que visibilicen otras formas de trabajar, de hacer funcionar la empresa, de usar los bienes, de vivir la solidaridad…; y por último, más importante aún, vivir compartiendo con los empobrecidos cercanía, solidaridad, comunión, recursos, que nos ayuden a experimentar juntos el calor de la fraternidad y descubrir lo que es crecer en humanidad por ser misericordiosos. La misericordia es lo que más necesitamos.

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Comunicado de los cursos de verano HOAC 2022

Comunicados

Comunicado de los cursos de verano HOAC 2022

05 agosto 2022

Con el título Soñando el trabajo decente, construyendo prácticas de comunión, la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC) ha realizado, del 1 al 7 de agosto, una nueva edición de sus Cursos de Verano, un espacio de profundización, diálogo y convivencia que ha contado con algo más de 200 personas entre militantes y simpatizantes.

Desde hace seis años venimos planteando una reflexión en torno a la defensa del trabajo digno. En estos cursos hemos seguido desarrollando ese planteamiento centrado en las propuestas y prácticas que defendemos para avanzar hacia el trabajo y la vida digna, y la espiritualidad necesaria para llevar adelante el sueño del trabajo decente.

Los cursos se han desarrollado en tres jornadas: 

Las de reflexión, realizada los días 1 y 2 de agosto, con la ponencia Claves de la espiritualidad y la mística, desde el servicio de consiliarios y animadoras y animadores de la fe de Fernando C. Díaz Abajo, consiliario general de la HOAC. Hemos recordado la necesidad de repensar la espiritualidad entroncada en la vida del mundo sin que deje de ser contemplativa. Orar y reflexionar sobre la misión de los consiliarios y animadores de la fe en tanto cuidadores de la experiencia del Espíritu en la vida de las y los militantes.

Las de profundización y diálogo, desarrolladas del 3 al 5 de agosto, sobre Propuestas y prácticas para la vida digna y el trabajo decente. Hemos contado con la ponencia De camino hacia la vida digna, pasando por el trabajo decente de Raúl Flores, coordinador de estudios de Cáritas Española. Hemos profundizado en el significado de “trabajo decente” que es mucho más que ganarse el pan. En el impacto de los empleos informales, la realidad del empleo en los sectores más precarizados, la importancia del trabajo reproductivo y de cuidados. Constatamos que la mejor política social es la que no deja a nadie atrás.

También hemos conocido dos experiencias de economía social y solidaria. Moda re—, con la intervención de su director, Albert Alberich; y Traperos Emaús Huelva, con su coordinador, Javier Rodríguez. Ambos proyectos comparten objetivo: colaborar en la construcción de una sociedad más inclusiva y sostenible, reduciendo el impacto social y medioambiental, dando una segunda oportunidad para objetos y personas.

En la defensa de los derechos sociales y de los servicios públicos, hemos contado con los testimonios de Sara García, sindicalista de USO; Joanen Cunyat, coportavoz de la Mesa Estatal por el Blindaje de las Pensiones; Laura Barrio, investigadora social y activista por el derecho a la vivienda; Marciano Sánchez, portavoz de la Federación de Asociaciones para la Defensa de la Sanidad Pública; y Marius Fullana, miembro de FAMPA de Valencia. En síntesis se comparte que hay que seguir implicados en las conquistas sociales y en la defensa de los servicios públicos ya que “no son eternas, si no se sigue luchando para mantenerlas, se pierden”.

En la segunda ponencia de esta jornada de profundización ha intervenido Pino Trejo, militante de la HOAC, que con el título ¡Soñemos el trabajo decente! nos ha ayudado a dirigir la mirada hacia la realidad del mundo obrero hoy pero con la perspectiva del Reino. De la necesidad de soñar juntos “sueños de fraternidad que mejoran el mundo” y de seguir soñando por un trabajo decente para todos y en todo lugar sin dejarnos atrapar por las tentaciones de “ya está todo dicho, yo por mi cuenta, a ver con qué me sorprenden”. Somos los que no abandonan, los que empeñan la vida por un sueño.

En este encuentro también nos han acompañado Américo Monteiro, coordinador nacional del Movimiento de Trabajadores Cristianos de Portugal (MTC/LOC) y Cristina Antoñanzas, vicesecretaria General de la Unión General de Trabajadoras y Trabajadores (UGT).

Celebramos la Eucaristía con la comunidad parroquial de la iglesia de San Sebastián, una ocasión para dar gracias por lo vivido en estos cursos y por el 125 aniversario del nacimiento de Guillermo Rovirosa, promotor y primer militante de la HOAC. “La gratitud a Dios es especialmente significativa por su vida de santidad, por haberlo hecho obrero de su mies, y porque en él, Dios nos ha abierto el camino de la misericordia entrañable con el mundo obrero y del trabajo… [Él] nos encarga ser su atalaya, para anunciar con nuestra vida y testimonio que hay otra forma de vivir realmente humana, la que nos coloca en el lado sagradamente humano de la vida capaces de suscitar esperanza”.

Como signo de nuestro compromiso comunitario, hemos realizado un gesto público en la plaza de Anaya escenificando situaciones de pobreza, exclusión, desempleo, precariedad y siniestralidad laboral, entre otras. Así como la respuesta a estas realidades, basada en la defensa del trabajo decente, los derechos sociales, o en otra distribución de la riqueza y en el fomento de la economía social y solidaria.

La HOAC llama a “soñar juntos por el trabajo decente” porque los sueños, como señala el papa Francisco, “tienen la capacidad de ponernos en movimiento, de ponernos en camino” y porque “en este momento no alcanzan el cerebro y las manos, necesitamos también el corazón y la imaginación”. Un sueño que reclama:

╾ El acceso a un empleo estable y el respeto a la dignidad esencial de toda persona

╾ La reducción de la jornada laboral para conciliar y rescatar el tiempo creativo de las exigencias de la producción

╾ La necesidad de potenciar los derechos sociales y los servicios públicos, como derechos humanos inalienables

╾ El cumplimiento estricto de la Ley de Prevención de Riesgos Laborales y las medidas de inspección y control que eviten la enfermedad y la muerte: El trabajo es para la vida

╾ La promoción y el impulso de la formación y la cultura obrera de la solidaridad

╾ Por la creación de espacios de encuentro entre el mundo del trabajo y la Iglesia

╾ La redistribución de la riqueza a través de un ingreso básico o salario universal

╾ La cultura del bien común que permite compartir bienes, tiempo, practicar otro consumo y fortalecer la economía del bien común, social y solidaria

El tercer espacio de los cursos son las jornadas de oración, que se desarrollan el 6 y 7 de agosto. Dinamizadas por Àlvar Miralles, consiliario de la HOAC de Segorbe-Castellón, con distintas meditaciones sobre Ser personas de oración para hacernos cargo de la precariedad, nos van a permitir discernir este planteamiento con nuestra vida y en nuestros compromisos.

¡Hasta mañana en el altar!

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Cobertura especial de los cursos de verano en www.noticiasobreras.es

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Estos son mi madre y mis hermanos

Iglesia

Estos son mi madre y mis hermanos

04 abril 2021

Emilia Valero, madre de Isa Mateos, presidenta diocesana de Jaén, fallecía el 28 de octubre. El 31 del mismo mes moría María Fidelina, madre de Pepelu Iglesias, consiliario diocesano de Bilbao. Pepe Sánchez, consiliario diocesano de Málaga, pasó a la casa del Padre el 17 de noviembre, y el 21 lo hacía Juan García, histórico militante de Valencia. Diciembre nos dejó la pérdida de Frasco, antiguo militante de Sevilla, fallecido el día 5; de Isabel, madre de Luis Rodríguez, militante de la diócesis de Getafe, fallecida el día 6; de Pilar González, antigua militante de la diócesis de Ávila, fallecida el día 24; de Gregorio Alonso, militante de Osma-Soria, el mismo día de Navidad, el 25; y de Meli, la mujer de Alfonso, militante de León, el día 29.

El año nuevo nos traía la noticia del fallecimiento a sus 104 años, el día 9 de enero, de Felisa, madre de Carlos López, consiliario de Burgos. El 15 de enero fallecía María Vega, hermana de Jesús Ramírez de la Piscina, consiliario de Vitoria.

El 20 de enero falleció Teresa Botella, militante de Sevilla, al igual que Antonia, la madre de José Luis Fernández Orta, militante de Málaga. Lo hacía también el 25 de este mes Amparo, madre de Toni Martínez Santamaría, militante de Sevilla. El 27 de enero, a los 89 años de edad, Enriqueta Fajula, militante de Barcelona-Sant Feliú, y el 5 de febrero, Juan Galiana, antiguo consiliario en Elche, diócesis de Orihuela-Alicante.

Marzo nos deja el fallecimiento el día 1, a los 86 años, de Amparo García Caro, hermana de Pepe «Mairena», consiliario de Sevilla. Y el día 11, a los 92 años, y –como dijo él– en gracia de Dios, Germán, padre de Kerman López, consiliario de Bilbao, volvía al caserío del Padre. Miguel Jover, militante de Alcoy. Implicado en el servicio al mundo obrero desde muy joven como jocista, en la parroquia y en el barrio de Batoy, siendo dirigente vecinal. Mili Peña, hermana de Aurelio Peña.

De bastantes de estos decesos nos hemos hecho eco con detalle, en su momento, en la página web, destacando de la persona sus valores, sus dones para con la HOAC y sus familias, para sus diócesis. Somos conscientes del regalo que han supuesto para la Iglesia y para el mundo obrero. Todas las sentimos como pérdidas propias, porque de todas ellas podíamos considerarnos familia. En ellas sentíamos hacerse realidad lo que nos dice Jesús: Mirad, estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre (Mc 3, 34-35).

En esa experiencia de comunión fraterna hemos ido creciendo con los militantes y consiliarios fallecidos, y en ellos con sus familias, y con sus familiares que han pasado a la casa del Padre.

En esa experiencia de comunión que han sembrado con sus vidas, se han encontrado también los empobrecidos del mundo obrero, tantas personas que se han reencontrado con su propia dignidad al encontrarse con la ternura compañera de estas hermanas y hermanos.

A la casa del Padre, a ese hogar familiar, nos encaminamos quienes nos han precedido y quienes aún peregrinamos en este mundo. A la vivencia de esa experiencia de comunión y familia en plenitud encaminamos nuestros pasos cada día, en el encuentro, en la acogida amorosa, en el mutuo cuidado, en el reconocimiento de nuestros dones, en la reconciliación y el perdón, en la experiencia de la ternura, de la libertad y la responsabilidad, en la pasión por la justicia y la vivencia de la misericordia. A esa comunión caminamos orientados por la experiencia del encuentro con el Resucitado en los empobrecidos del mundo obrero con quienes queremos vivir también la comunión de la fraternidad, de la amistad social. A esa comunión nos anima el testimonio de nuestras hermanas y hermanos fallecidos.

En setenta y cinco años de vida, muchas y muchos militantes y amigos, simpatizantes y familiares, han ido haciendo ese mismo camino antes que nosotros. Hemos empezado a caminar con ellos y hemos aprendido a caminar sin ellos, sostenidos por el amor y la fe en la distancia, en la esperanza de la Resurrección plena. Nada llena el vacío que su muerte nos deja, pero con Dios aprendemos a vivirlos de otro modo. Recientemente leía a Bonhoeffer, que dice: «No hay nada que pueda sustituir la ausencia de una persona querida, ni siquiera hemos de intentarlo; hemos de soportar sencillamente la separación y resistir. Al principio eso parece muy duro, pero, al mismo tiempo, es un gran consuelo. Porque al quedar el vacío sin llenar nos sirve de punto de encuentro. Es equivocado decir que Dios llena ese vacío; Dios no lo llena en modo alguno, sino que precisamente lo mantiene vacío, con lo cual nos ayuda a conservar –aunque sea con dolor– nuestra auténtica comunión. Por otra parte, cuanto más hermosos y ricos son los recuerdos, más dura resulta la separación. Pero la gratitud transforma el suplicio del recuerdo en una callada alegría. Uno no lleva en sí la belleza pasada como si fuera un aguijón, sino como un valioso regalo… Entonces emanan del pasado una alegría y una fuerza duraderas».

Hermosos recuerdos, gratitud por sus vidas entregadas, callada alegría, belleza, un valioso regalo… Una vida compartida y sembrada de la que emanan como fruto la alegría de la comunión y la fuerza duradera de haber compartido la vida con estas hermanas y hermanos, en el mutuo empeño de escuchar la Palabra de Dios y hacer su voluntad. Somos afortunados. Nos hemos rodeado de buenos testigos de la fraternidad y del amor de Dios.

Nuestra meta pascual es esa: la fraternidad, la vida plena. En la cercana celebración de la Pascua, vivamos de nuevo la gratitud de contar con estas hermanas y hermanos, y pidamos que nos sigan acompañando en el empeño de seguir escuchando la Palabra, acogiéndola, y haciéndola nuestra voluntad, mientras transitamos caminos de fraternidad con los preferidos de Dios, hasta que podamos volver a encontrarnos en la festiva mesa común de la alegría fraterna del Reino.

Hermanos y hermanas fallecidos en el campo de honor del trabajo y de la lucha, descansad en paz, rogad por nosotros.

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Tiende tu mano al pobre

Opinamos

Tiende tu mano al pobre

14 noviembre 2020

Este domingo, 15 de noviembre, celebramos la IV Jornada Mundial de los Pobres, instituida por el papa Francisco. El mensaje de esta Jornada lleva por título: Tiende tu mano al pobre‘, tomando como base el texto de Eclo. 7, 32, del cual va desgranando lo que supone hoy tender la mano al pobre en el contexto de este mundo que ha globalizado la indiferencia y en el que hemos normalizado la pobreza que subsiste a nuestro alrededor, hasta el punto de hacerla invisible a los ojos del corazón.

Tender la mano al pobre es reconocer la inseparable unidad que conforman la oración a Dios y la solidaridad con los pobres que sufren. Es reconocer en cada persona que sufre el rostro sufriente de Dios mismo.

Es descubrir que nuestra oración a Dios, si quiere ser verdaderamente cristiana, ha de conducirnos siempre al encuentro servicial de los pobres.

Es descubrir y reconocer que ese servicio pasa por la generosidad que sostiene al débil, consuela al afligido, alivia los sufrimientos, devuelve la dignidad a los privados de ella, y que esto es una condición indispensable para una vida plenamente humana: la de los pobres y la nuestra.

Tender la mano al pobre es muy necesario para dar a nuestra vida personal y social la dirección correcta. Es la manifestación clara de que los pobres nos evangelizan.

Tender la mano al pobre es la experiencia nuclear de la comunidad cristiana, necesaria para poder celebrar, en la escucha de la Palabra y de la vida, el sacramento de la mesa compartida.

Tender la mano al pobre es una interpelación profética a nuestra propia vida personal y comunitaria, fundamental para poder vivir la pobreza evangélica en primera persona que nos permite, a su vez, esa presencia misericordiosa, cercana y fraterna, con quienes sufren.

Gestos con sentido

Tender la mano al pobre nos hace descubrir que dentro de nosotros existe la capacidad de realizar gestos que dan sentido a la vida. Si –como dice el mensaje– sacamos las manos de los bolsillos, podemos activar la fraternidad para que su realización se haga posible.

En estos tiempos de “distancia social”, de distancia impuesta y necesaria, tender la mano al pobre nos hace presente la proximidad, la solidaridad, el amor, y nos ejercita cotidianamente en la misericordia. Uno no improvisa instrumentos de misericordia. Es necesario un entrenamiento cotidiano, que proceda de la conciencia de lo mucho que necesitamos, nosotros los primeros, de una mano tendida hacia nosotros.

Tender la mano al pobre es, por lo tanto, una invitación a la misericordia. Tender la mano al pobre es una apuesta vital por el bien común, y una denuncia del individualismo en el que nos envolvemos tantas veces.

Tender la mano al pobre permite reconocer en quien sufre a nuestra hermana o hermano, reconocernos en la común paternidad de Dios, como hijos e hijas del mismo amor, y poder caminar, juntos, de la mano, hacia el futuro común del banquete del Reino en el que nadie queda excluido.

Tendemos la mano al pobre, esperando que los pobres quieran tendérnosla a nosotros.

***

Texto publicado en el blog La cuestión social de Vida Nueva.

Tiende tu mano al pobre. IV Mensaje de la Jornada Mundial de los Pobres

Iglesia

Tiende tu mano al pobre. IV Mensaje de la Jornada Mundial de los Pobres

13 junio 2020

Publicamos a continuación el texto del Mensaje del Santo Padre para la IV Jornada Mundial de los Pobres, que se celebra el 15 de noviembre de 2020 (XXXIII domingo del Tiempo Ordinario) y cuyo tema es Tiende tu mano al pobre (cf. Sir 7, 32)

“Tiende tu mano al pobre” (cf. Sir 7, 32). La antigua sabiduría ha formulado estas palabras como un código sagrado a seguir en la vida. Hoy resuenan con todo su significado para ayudarnos también a nosotros a poner nuestra mirada en lo esencial y a superar las barreras de la indiferencia. La pobreza siempre asume rostros diferentes, que requieren una atención especial en cada situación particular; en cada una de ellas podemos encontrar a Jesús, el Señor, que nos reveló estar presente en sus hermanos más débiles (cf. Mt 25, 40).

1. Tomemos en nuestras manos el Eclesiástico, también conocido como Sirácida, uno de los libros del Antiguo Testamento. Aquí encontramos las palabras de un sabio maestro que vivió unos doscientos años antes de Cristo. Él buscaba la sabiduría que hace a los hombres mejores y capaces de escrutar en profundidad las vicisitudes de la vida. Lo hizo en un momento de dura prueba para el pueblo de Israel, un tiempo de dolor, luto y miseria causado por el dominio de las potencias extranjeras. Siendo un hombre de gran fe, arraigado en las tradiciones de sus antepasados, su primer pensamiento fue dirigirse a Dios para pedirle el don de la sabiduría. Y el Señor le ayudó.

Desde las primeras páginas del libro, el Sirácida expone sus consejos sobre muchas situaciones concretas de la vida, y la pobreza es una de ellas. Insiste en el hecho de que en la angustia hay que confiar en Dios: «Endereza tu corazón, mantente firme y no te angusties en tiempo de adversidad. Pégate a él y no te separes, para que al final seas enaltecido. Todo lo que te sobrevenga, acéptalo, y sé paciente en la adversidad y en la humillación. Porque en el fuego se prueba el oro, y los que agradan a Dios en el horno de la humillación. En las enfermedades y en la pobreza pon tu confianza en él. Confía en él y él te ayudará, endereza tus caminos y espera en él. Los que teméis al Señor, aguardad su misericordia y no os desviéis, no sea que caigáis» (2, 2-7).

2. Página tras página, descubrimos un precioso compendio de sugerencias sobre cómo actuar a la luz de una relación íntima con Dios, creador y amante de la creación, justo y providente con todos sus hijos. Sin embargo, la constante referencia a Dios no impide mirar al hombre concreto; al contrario, las dos cosas están estrechamente relacionadas.

Lo demuestra claramente el pasaje del cual se toma el título de este Mensaje (cf. 7, 29-36). La oración a Dios y la solidaridad con los pobres y los que sufren son inseparables. Para celebrar un culto que sea agradable al Señor, es necesario reconocer que toda persona, incluso la más indigente y despreciada, lleva impresa en sí la imagen de Dios. De tal atención deriva el don de la bendición divina, atraída por la generosidad que se practica hacia el pobre. Por lo tanto, el tiempo que se dedica a la oración nunca puede convertirse en una coartada para descuidar al prójimo necesitado; sino todo lo contrario: la bendición del Señor desciende sobre nosotros y la oración logra su propósito cuando va acompañada del servicio a los pobres.

3. ¡Qué actual es esta antigua enseñanza, también para nosotros! En efecto, la Palabra de Dios va más allá del espacio, del tiempo, de las religiones y de las culturas. La generosidad que sostiene al débil, consuela al afligido, alivia los sufrimientos, devuelve la dignidad a los privados de ella, es una condición para una vida plenamente humana. La opción por dedicarse a los pobres y atender sus muchas y variadas necesidades no puede estar condicionada por el tiempo a disposición o por intereses privados, ni por proyectos pastorales o sociales desencarnados. El poder de la gracia de Dios no puede ser sofocado por la tendencia narcisista a ponerse siempre uno mismo en primer lugar.

Mantener la mirada hacia el pobre es difícil, pero muy necesario para dar a nuestra vida personal y social la dirección correcta. No se trata de emplear muchas palabras, sino de comprometer concretamente la vida, movidos por la caridad divina. Cada año, con la Jornada Mundial de los Pobres, vuelvo sobre esta realidad fundamental para la vida de la Iglesia, porque los pobres están y estarán siempre con nosotros (cf. Jn 12, 8) para ayudarnos a acoger la compañía de Cristo en nuestra vida cotidiana.

4. El encuentro con una persona en condición de pobreza siempre nos provoca e interroga. ¿Cómo podemos ayudar a eliminar o al menos aliviar su marginación y sufrimiento? ¿Cómo podemos ayudarla en su pobreza espiritual? La comunidad cristiana está llamada a involucrarse en esta experiencia de compartir, con la conciencia de que no le está permitido delegarla a otros. Y para apoyar a los pobres es fundamental vivir la pobreza evangélica en primera persona. No podemos sentirnos “bien” cuando un miembro de la familia humana es dejado al margen y se convierte en una sombra. El grito silencioso de tantos pobres debe encontrar al pueblo de Dios en primera línea, siempre y en todas partes, para darles voz, defenderlos y solidarizarse con ellos ante tanta hipocresía y tantas promesas incumplidas, e invitarlos a participar en la vida de la comunidad.

Es cierto, la Iglesia no tiene soluciones generales que proponer, pero ofrece, con la gracia de Cristo, su testimonio y sus gestos de compartir. También se siente en la obligación de presentar las exigencias de los que no tienen lo necesario para vivir. Recordar a todos el gran valor del bien común es para el pueblo cristiano un compromiso de vida, que se realiza en el intento de no olvidar a ninguno de aquellos cuya humanidad es violada en las necesidades fundamentales.

5. Tender la mano hace descubrir, en primer lugar, a quien lo hace, que dentro de nosotros existe la capacidad de realizar gestos que dan sentido a la vida. ¡Cuántas manos tendidas se ven cada día! Lamentablemente, sucede cada vez más a menudo que la prisa nos arrastra a una vorágine de indiferencia, hasta el punto de que ya no se sabe más reconocer todo el bien que cotidianamente se realiza en el silencio y con gran generosidad. Así sucede que, sólo cuando ocurren hechos que alteran el curso de nuestra vida, nuestros ojos se vuelven capaces de vislumbrar la bondad de los santos “de la puerta de al lado”, «de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios» (Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 7), pero de los que nadie habla. Las malas noticias son tan abundantes en las páginas de los periódicos, en los sitios de internet y en las pantallas de televisión, que nos convencen que el mal reina soberano. No es así. Es verdad que está siempre presente la maldad y la violencia, el abuso y la corrupción, pero la vida está entretejida de actos de respeto y generosidad que no sólo compensan el mal, sino que nos empujan a ir más allá y a estar llenos de esperanza.

6. Tender la mano es un signo: un signo que recuerda inmediatamente la proximidad, la solidaridad, el amor. En estos meses, en los que el mundo entero ha estado como abrumado por un virus que ha traído dolor y muerte, desaliento y desconcierto, ¡cuántas manos tendidas hemos podido ver! La mano tendida del médico que se preocupa por cada paciente tratando de encontrar el remedio adecuado. La mano tendida de la enfermera y del enfermero que, mucho más allá de sus horas de trabajo, permanecen para cuidar a los enfermos. La mano tendida del que trabaja en la administración y proporciona los medios para salvar el mayor número posible de vidas. La mano tendida del farmacéutico, quién está expuesto a tantas peticiones en un contacto arriesgado con la gente. La mano tendida del sacerdote que bendice con el corazón desgarrado. La mano tendida del voluntario que socorre a los que viven en la calle y a los que, a pesar de tener un techo, no tienen comida. La mano tendida de hombres y mujeres que trabajan para proporcionar servicios esenciales y seguridad. Y otras manos tendidas que podríamos describir hasta componer una letanía de buenas obras. Todas estas manos han desafiado el contagio y el miedo para dar apoyo y consuelo.

7. Esta pandemia llegó de repente y nos tomó desprevenidos, dejando una gran sensación de desorientación e impotencia. Sin embargo, la mano tendida hacia el pobre no llegó de repente. Ella, más bien, ofrece el testimonio de cómo nos preparamos a reconocer al pobre para sostenerlo en el tiempo de la necesidad. Uno no improvisa instrumentos de misericordia. Es necesario un entrenamiento cotidiano, que proceda de la conciencia de lo mucho que necesitamos, nosotros los primeros, de una mano tendida hacia nosotros.

Este momento que estamos viviendo ha puesto en crisis muchas certezas. Nos sentimos más pobres y débiles porque hemos experimentado el sentido del límite y la restricción de la libertad. La pérdida de trabajo, de los afectos más queridos y la falta de las relaciones interpersonales habituales han abierto de golpe horizontes que ya no estábamos acostumbrados a observar. Nuestras riquezas espirituales y materiales fueron puestas en tela de juicio y descubrimos que teníamos miedo. Encerrados en el silencio de nuestros hogares, redescubrimos la importancia de la sencillez y de mantener la mirada fija en lo esencial. Hemos madurado la exigencia de una nueva fraternidad, capaz de ayuda recíproca y estima mutua. Este es un tiempo favorable para «volver a sentir que nos necesitamos unos a otros, que tenemos una responsabilidad por los demás y por el mundo […]. Ya hemos tenido mucho tiempo de degradación moral, burlándonos de la ética, de la bondad, de la fe, de la honestidad […]. Esa destrucción de todo fundamento de la vida social termina enfrentándonos unos con otros para preservar los propios intereses, provoca el surgimiento de nuevas formas de violencia y crueldad e impide el desarrollo de una verdadera cultura del cuidado del ambiente» (Carta enc. Laudato si’, 229). En definitiva, las graves crisis económicas, financieras y políticas no cesarán mientras permitamos que la responsabilidad que cada uno debe sentir hacia al prójimo y hacia cada persona permanezca aletargada.

8. “Tiende la mano al pobre” es, por lo tanto, una invitación a la responsabilidad y un compromiso directo de todos aquellos que se sienten parte del mismo destino. Es una llamada a llevar las cargas de los más débiles, como recuerda san Pablo: «Mediante el amor, poneos al servicio los unos de los otros. Porque toda la Ley encuentra su plenitud en un solo precepto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. […] Llevad las cargas los unos de los otros» (Ga 5, 13-14; 6, 2). El Apóstol enseña que la libertad que nos ha sido dada con la muerte y la resurrección de Jesucristo es para cada uno de nosotros una responsabilidad para ponernos al servicio de los demás, especialmente de los más débiles. No se trata de una exhortación opcional, sino que condiciona de la autenticidad de la fe que profesamos.

El libro del Eclesiástico viene otra vez en nuestra ayuda: sugiere acciones concretas para apoyar a los más débiles y también utiliza algunas imágenes evocadoras. En un primer momento toma en consideración la debilidad de cuantos están tristes: «No evites a los que lloran» (7, 34). El período de la pandemia nos obligó a un aislamiento forzoso, incluso impidiendo que pudiéramos consolar y permanecer cerca de amigos y conocidos afligidos por la pérdida de sus seres queridos. Y sigue diciendo el autor sagrado: «No dejes de visitar al enfermo» (7, 35). Hemos experimentado la imposibilidad de estar cerca de los que sufren, y al mismo tiempo hemos tomado conciencia de la fragilidad de nuestra existencia. En resumen, la Palabra de Dios nunca nos deja tranquilos y continúa estimulándonos al bien.

9. “Tiende la mano al pobre” destaca, por contraste, la actitud de quienes tienen las manos en los bolsillos y no se dejan conmover por la pobreza, de la que a menudo son también cómplices. La indiferencia y el cinismo son su alimento diario. ¡Qué diferencia respecto a las generosas manos que hemos descrito! De hecho, hay manos tendidas para rozar rápidamente el teclado de una computadora y mover sumas de dinero de una parte del mundo a otra, decretando la riqueza de estrechas oligarquías y la miseria de multitudes o el fracaso de naciones enteras. Hay manos tendidas para acumular dinero con la venta de armas que otras manos, incluso de niños, usarán para sembrar muerte y pobreza. Hay manos tendidas que en las sombras intercambian dosis de muerte para enriquecerse y vivir en el lujo y el desenfreno efímero. Hay manos tendidas que por debajo intercambian favores ilegales por ganancias fáciles y corruptas. Y también hay manos tendidas que, en el puritanismo hipócrita, establecen leyes que ellos mismos no observan.

En este panorama, «los excluidos siguen esperando. Para poder sostener un estilo de vida que excluye a otros, o para poder entusiasmarse con ese ideal egoísta, se ha desarrollado una globalización de la indiferencia. Casi sin advertirlo, nos volvemos incapaces de compadecernos ante los clamores de los otros, ya no lloramos ante el drama de los demás ni nos interesa cuidarlos, como si todo fuera una responsabilidad ajena que no nos incumbe» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 54). No podemos ser felices hasta que estas manos que siembran la muerte se transformen en instrumentos de justicia y de paz para el mundo entero.

10. «En todas tus acciones, ten presente tu final» (Sir 7,36). Esta es la expresión con la que el Sirácida concluye su reflexión. El texto se presta a una doble interpretación. La primera hace evidente que siempre debemos tener presente el fin de nuestra existencia. Acordarse de nuestro destino común puede ayudarnos a llevar una vida más atenta a quien es más pobre y no ha tenido las mismas posibilidades que nosotros. Existe también una segunda interpretación, que evidencia más bien el propósito, el objetivo hacia el que cada uno tiende. Es el fin de nuestra vida que requiere un proyecto a realizar y un camino a recorrer sin cansarse. Y bien, la finalidad de cada una de nuestras acciones no puede ser otro que el amor. Este es el objetivo hacia el que nos dirigimos y nada debe distraernos de él. Este amor es compartir, es dedicación y servicio, pero comienza con el descubrimiento de que nosotros somos los primeros amados y movidos al amor. Este fin aparece en el momento en que el niño se encuentra con la sonrisa de la madre y se siente amado por el hecho mismo de existir. Incluso una sonrisa que compartimos con el pobre es una fuente de amor y nos permite vivir en la alegría. La mano tendida, entonces, siempre puede enriquecerse con la sonrisa de quien no hace pesar su presencia y la ayuda que ofrece, sino que sólo se alegra de vivir según el estilo de los discípulos de Cristo.

En este camino de encuentro cotidiano con los pobres, nos acompaña la Madre de Dios que, de modo particular, es la Madre de los pobres. La Virgen María conoce de cerca las dificultades y sufrimientos de quienes están marginados, porque ella misma se encontró dando a luz al Hijo de Dios en un establo. Por la amenaza de Herodes, con José su esposo y el pequeño Jesús huyó a otro país, y la condición de refugiados marcó a la sagrada familia durante algunos años. Que la oración a la Madre de los pobres pueda reunir a sus hijos predilectos y a cuantos les sirven en el nombre de Cristo. Y que esta misma oración transforme la mano tendida en un abrazo de comunión y de renovada fraternidad.

Roma, en San Juan de Letrán, 13 de junio de 2020, memoria litúrgica de san Antonio de Padua.

Creyentes de todo el mundo se unen en jornada de oración, ayuno y obras de misericordia por la humanidad

Iglesia

Creyentes de todo el mundo se unen en jornada de oración, ayuno y obras de misericordia por la humanidad

14 mayo 2020

El Alto Comité para la Fraternidad Humana invita a participar este jueves, 14 de mayo, a todos los creyentes del mundo, independientemente de la religión que profesen, en una Jornada de oración, ayuno y obras de misericordia por la humanidad. En Twitter #PrayForHumanity

De esta manera, el Comité establecido el pasado mes de agosto con el fin de lograr los objetivos del Documento sobre la Fraternidad Humana firmado el 4 de febrero de 2019 por el papa Francisco y el gran Imán de Al-Azhar, Ahmed al-Tayyeb, anima a todos los líderes religiosos y creyentes a unirse en una súplica común para invocar, con una sola voz, la ayuda de Dios para que preserve la humanidad, “la ayude a superar la pandemia, le restituya la seguridad, la estabilidad, la salud y la prosperidad, y haga que nuestro mundo, una vez eliminada esta pandemia, sea “más humano y más fraterno”.

Francisco se une a la oración

El papa Francisco también se unió a la iniciativa del Alto Comité para la Fraternidad Humana con este mensaje pronunciado el domingo 3 de mayo desde la Biblioteca Apostólica del Vaticano.

“Y como la oración es un valor universal, he aceptado la propuesta del Alto Comité para la Fraternidad Humana de que el próximo 14 de mayo, los creyentes de todas las religiones se unan espiritualmente en un día de oración, ayuno y obras de caridad, para implorar a Dios que ayude a la humanidad a superar la pandemia del coronavirus. Recuerden: el 14 de mayo, todos los creyentes juntos, creyentes de diferentes tradiciones, para rezar, ayunar y hacer obras de caridad”

También las comunidades religiosas judías, cristianas y musulmanas de España

Según se puede leer en la página web de la Conferencia Episcopal, las tres comunidades religiosas de España, se suman a esta jornada “en la que las comunidades creyentes y cuantas personas de buena voluntad se asocien a ella supliquen a Dios a una sola voz para que ayude a la humanidad a salir de esta situación de dolor y sufrimiento, y nos afiance en la fe de que su misericordia y amor por  nosotros no tienen fin”.

«Las tres grandes religiones monoteístas se encuentran en un tiempo de gracia y oración por la celebración en estos días de su grandes fiestas anuales: la Pascua judía, que para el pueblo hebreo conmemora la liberación de la esclavitud de Egipto; la Pascua cristiana, que para los discípulos de Jesús celebra el misterio la muerte y resurrección de Cristo; y el mes de Ramadán, que para los musulmanes festeja la primera revelación de Dios al profeta Muhammad. Tiempo propicio para la oración y el cambio, para volvernos al rostro de nuestro prójimo y elevar a Dios el corazón orante por la salvación del mundo».

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Información relacionada > Orar en el mundo obrero

Palencia | David García Martín, sacerdote del Concilio Vaticano II

Iglesia

Palencia | David García Martín, sacerdote del Concilio Vaticano II

01 abril 2020

Nicolás Castellanos Franco OSA | Obispo emérito de Palencia

Nos sorprende, como siempre, hoy la muerte de nuestro querido David, excelente compañero, persona coherente y buena, obediente, sacerdote del Vaticano II, implicado en la Pastoral Obrera, con sentido eclesial y realista.

Resalto lo de obediente, nada fácil en los tiempos que se viven. David, en coherencia con sus opciones de Pastoral Obrera, siempre estaba disponible para servir allí donde el obispo lo indicase. Lo mismo cuando fue destinado a la Parroquia de San Telmo en Palencia, que a la Unidad Pastoral de Velilla de Río Carrión. Practicó siempre la obediencia de comunión, con alegría y entrega. Qué alivio para el obispo cuando David aceptó ir a Velilla del Río Carrión. Me acuerdo que fue en Vega de doña Olimpa, en el funeral de aquel santo hombre, padre de Hilario.

Qué duda cabe que los presbíteros son la corona, la gloria, la esperanza, la felicidad de sus pastores y obispos. Ese fue David para mí, como obispo de Palencia. Vivimos el Ministerio en comunión y amistad, él como presbítero y yo como su pastor. Nos queríamos, estábamos identificados en la mística del discipulado y seguimiento de Jesús. Éramos condiscípulos en la escuela del único maestro interior, Jesús de Nazaret y en la praxis y aplicación del Vaticano II.

Para mí, esto es lo que cuenta, todo los demás, los pequeños fallos cotidianos, no son tenidos en cuenta por el buen Dios, Padre, Madre, ternura y misericordia.

Amigo David, siento tu muerte, tu separación, pero hoy hago memoria agradecida, porque como persona humana, creyente y presbítero, fuiste un DON para tu familia, para Santana, tu pueblo, cuando tú naciste, se llamaba Cuerno, para la Diócesis de Palencia, para el mundo obrero, para mí, que fui tu obispo, para nuestro obispo Manuel, que te acompaña con cariño en la oración.

Esta tarde, aquí en el Plan 3000, Santa Cruz de la Sierra, la Fraternidad Hombres Nuevos, celebra tu Pascua, tu encuentro definitivo con el Padre. Tenemos la certeza que desde el Reino de los cielos, nos bendices y nos ayudas a vivir la fraternidad apostólica presbiteral.

Descansa en paz, David, amigo.

 

Información relacionada

Fallece el sacerdote D. David García Martín, consiliario diocesano de la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC).

Lesbos: El sufrimiento humano hecho frontera

Inmigrantes, Internacional, Paro, pobreza y exclusión

Lesbos: El sufrimiento humano hecho frontera

13 septiembre 2019

Joaquín Sánchez.  | Hemos vuelto a los campos de refugiados en la Isla de Lesbos, a los campos de Moria, que gestiona el Gobierno griego y que es reconocido legalmente, y al campo del Monte de los Olivos que, a pesar de estar pegado, no tiene ese reconocimiento. Es absurda esta división, como todo.

Se basa en una política bien planificada, hecha desde las entrañas de la Unión Europea, para generar condiciones indignas y transmitir el mensaje, el terrible mensaje, de que la gente que viene huyendo del horror de las guerras, de la destrucción y de la muerte,  se van a encontrar en espacios inhumanos y que solo pueden aspirar a una supervivencia mínima y un tiempo lleno de sufrimiento, sin ninguna esperanza ni futuro. Se trata de convertir el sufrimiento, su sufrimiento, en una frontera permanente.  La inhumanidad rige la política, una política vestida de crueldad y sin escrúpulos, una política que mata y asesina, una política que quiere que la ciudadanía sea cómplice desde la indiferencia, el miedo y el egoísmo.

Cuando llegamos, lo primero que observas es que el campo de refugiados del Monte de los Olivos es más extenso, hay más tiendas de campañas, que siguen los muros y las concertinas en Moria, que la gente deambula, miras sus ojos y ves que transmiten una tristeza acumulada día a día, miradas perdidas, vacías de sentido, de no entender por qué la vida les ha hecho eso. «Vengo de enterrar a un hijo y me encierran en un muro grueso con concertinas». Me imagino que en su pensamiento se dirán: ¿Es un delito huir de un país donde he tenido que sacar a uno de mis hijos debajo de los escombros y no quiero enterrar a más hijos? Intentar ponerlos a salvo, ¿es ser unos malos padres? Ellos saben que pueden morir en el trayecto, que el único camino que les han dejado son las mafias, no tienen otra posibilidad, pasan de la muerte segura a la muerte probable y ese pequeñísimo margen, es el margen de la esperanza. ¡Qué decisión más difícil y terrible tienen que tomar! Decía un refugiado –tenía dos hijas– que cómo no iba a huir, sabiendo que si llegaban los terroristas del Estado Islámico violarían a sus hijas y le harían verlo, para después venderlas o degollarlas.

Vimos que las condiciones inhumanas e indignas se mantienen: hacimiento, un campo previsto para unas 3.000 personas donde hay 8.000, la comida, como dicen ellos, vomitiva, tienen que hacer colas de más de tres horas para comer, con el calor que hace, una asistencia médica deficitaria, sin recursos, ni siquiera medicamentos, con pocas actividades para los niños y niñas y nulas para los adultos. Hay muy pocos baños y pocos puntos de agua. Nos decían que este invierno habían muerto varias personas en las tiendas de campaña por el frío. Siguen produciéndose suicidios y hay que añadirle el drama de las mujeres que han sido violadas y que guardan silencio porque sino serían despreciadas y estigmatizadas. Guardan en su corazón que han sido violadas para poder reanudar sus vidas de alguna manera. Violan a una mujer y las hacen sentir culpables, ¡tremendo!

Pero, a pesar de todo este panorama, te sigue sorprendiendo que los refugiados te sigan sonriendo, te acojan en sus tiendas, te invitan a un té y a lo poco que tienen, que te abrazan, que te hacen sentir que somos amigos y parte de su familia. No expresan rechazo a nuestra presencia, todo lo contrario, agradecimiento y nos consuelan cuando les decimos que nos sentimos muy mal porque nosotros nos vamos y ellos se quedan allí y nos dicen que no nos preocupemos por ellos, que volvamos con nuestra familia y amigos y que siempre estaremos en sus vidas.

Cabe destacar la presencia de varias organizaciones y ONGs en el campo de Moria, donde hacen una labor de intentar  aliviar el dolor de esta entrañable gente, sin obviar que siempre hay alguien con maldad, de atender sus  necesidades básicas (comida, sanidad, juegos lúdicos con los niños y niñas…), supliendo la dejadez de la Unión Europea, el Gobierno griego y ACNUR, una dejadez que refleja el desprecio al ser humano. Aquí hay que señalar el gran dilema de atender a la gente y de la denuncia de la injusticia, porque existe la amenaza real de que si denuncian las condiciones serán expulsados del campo. Comentaba una voluntaria que se planteaba cómo ayudar a los refugiados sin ser un engranaje de esa maquinaria que los encierra y los humilla.

Resaltar la Iglesia católica en Mitilene, que da la bienvenida, acoge y crea un espacio humano para que puedan celebrar la fe, sobre todo, los subsaharianos, que van a misa los domingos y que es una celebración llena de fe profunda, de vida y de esperanza. Después de la misa se comparte la mesa. Es una fe que celebra, que vive la solidaridad y la justicia. Nos decían los sacerdotes, con tristeza, que cuando llegan turistas católicos a la misa y ven tanta «gente negra» se salían.

Recojo el testimonio de un a refugiado yemení, de un buen amigo y una bellísima persona, que manifestaba que cuando decidió salir del Yemen, lo hizo por el conflicto bélico, porque se quedó sin presente ni futuro y tomó la decisión más difícil que fue salir, nos dijo que la decisión más fácil hubiera sido quedarse, pero su familia, sobre todo, su madre, lo animó a salir, que era su única esperanza. Nos dijo que cuando llegó a Europa quería tener una vida normal, pero se encontró con mucho rechazo y un rechazo que le hizo mucho daño y que le hizo pensar que había tomado la decisión equivocada, de hecho, había pedido que lo deportaran y poder volver con su familia, pero, le dijeron que era imposible por esa guerra desconocida, por ese bloqueo, que no deja ni siquiera pasar ayuda humanitaria. También nos dijo que su madre le suplicaba que no volviera. Le dije que si guardaba rencor y contestó que no, que el rencor no es bueno, que no hay que dejar que  la violencia y el rencor se apoderen del corazón, que el mundo necesita paz. ¡Qué gran lección de vida!

Para terminar, quiero tener  presente a esa gran cantidad de niños y niñas de estos campos de refugiados, que nos regalaban su sonrisa, su cariño, que enseguida jugaban con nosotros, que cuando te veían al día siguiente, salían corriendo y se abrazaban. Quiero recordar a esa niña que llevaba un pañuelo porque no tenía pelo, posiblemente fuera por el cáncer,  y me pregunto, desde el desgarro del corazón, qué será de estos niños y niñas. Quiero creer que las guerras se terminarán, que los muros de cemento y concertinas caerán, que caerán esos muros invisibles forjados en el racismo, el rechazo a los empobrecidos y el odio, que la gente podrá volver a sus países, porque ellos quieren morir en el país que los vio nacer. Quiero creer que nadie será obligado a salir de su país por la guerra, el hambre y la sed. Pero, para que caigan estos muros, es necesario que renazcan en nuestros corazones la sensibilidad, la conciencia, la acogida y el abrazo.

 

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El tiempo pasa y la inhumanidad crece. Joaquín Sánchez, consiliario de la HOAC de Murcia. Noticias Obreras 1613 (diciembre 2018). Página 34. Experiencia

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