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Con los refugiados en Grecia

07 julio 2016 | Por

Con los refugiados en Grecia

Dos miembros de la HOAC, cada uno por su cuenta, han pasado varios días echando una mano en los campos de refugiados de Katsica e Idomeni (Grecia), donde se hacinan miles de personas que huyen de la guerra. Compartimos algunas de esas vivencias, para no olvidar y para hacernos cargo de esta tragedia.

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No seamos cómplices

Joaquín Sánchez | En algún lugar desconocido, en algún despacho lujoso, se reunieron mandatarios y grandes empresarios para poner su dedo en Siria. Decidieron que el gran negocio de los gaseoductos no podía quedar en manos solo de Siria, Rusia y en menor medida de Francia.

De repente, empiezan a caer bombas, a producirse tiroteos, la guerra ha comenzado y el pueblo sirio empieza a sufrir las consecuencias. Diez millones de dólares en bombas diarias, y una alcanza tu casa…

Y a uno de tus hijos, que queda malherido, sus gritos de dolor son desgarradores y tú no puedes hacer nada, ya no hay hospitales. Pero la muerte tarda en llegar, y los padres gritan de desesperación.

Alguien en Europa cambia de canal, «no tengo ganas de ver tanto sufrimiento». Alguien, en un acto de piedad, le pone una almohada mugrienta para acortarle la vida mientras sus hermanos están abrazados temblando del terror de la guerra. Más tarde, cuando el humo y el polvo hayan desaparecido y solo queden los llantos, preguntarán dónde está Sami.

Los que tienen medios suficientes huyen con toda la familia; los que tienen algunos recursos pagan para que se lleven a sus hijos con sus familiares o vecinos; los que no tienen nada se tienen que quedar esperando dolor. Gente que tuvo sueños, ilusiones, esperanzas, una vida, miran todo su entorno destruido. Les han arrebatado la vida, son vidas sin vida. ¿Quién le ha robado sus sueños? ¿Quién ha decidido que unos tubos de conducción del gas son más importantes que ella?

Llegan a Grecia y con el paso del tiempo los gobiernos europeos cierran sus fronteras, kilómetros de vallas y alambradas, mucha policía y mucho ejército para una población civil desnutrida, sin fuerza física ni emocional.

Los gobiernos los tratan como un problema, gente que sobra. Y son hacinados en campos de refugiados, y, posteriormente, se les ponen también vallas y alambradas, son considerados una amenaza, unos invasores, y estos campos se convierten en campos de concentración. Quieren demostrarles que aquí solo van a encontrar prisión y pobreza.

Es un genocidio sin publicidad. Ahora entiendo cómo pudo surgir y consolidarse el nazismo. El mirar para otro lado, el no pensar, el no reflexionar y el silencio se convierten en el mejor arma de la crueldad humana.

En el campo de Katsica no hay desagües, poca comida, cuando llueve entra agua en las tiendas donde se hacinan las familias. Escasean las actividades, cada día es un día perdido y sin esperanza, atención médica casi nula y siempre la amenaza, que se hará real en cualquier momento, de desmontar el campamento.

Entre tanto dolor, hay ternura que se expresa en la sonrisa de los niños, en sus juegos, en sus abrazos, en sus acaricias, en su falta de malicia y en su inocencia; en esa familia que tiene un pequeño huerto; en esa familia que te abre su tienda y te enseña su pasado en fotografías y se queda con la mirada perdida, sabiendo que le han arrebatado su vida y le han robado su esperanza; en esa familia que comparte esa pequeña lata con agua, un poco de arroz y cebolla, y que te ofrecen con dignidad, compartiéndolo; en esa pareja que se mira con ojos de enamorados y se cogen de la mano.

¿Los separará la política de la Unión Europea? La crueldad la ponen las multinacionales y las grandes potencias, que ahora se las denomina en muchos medios de comunicación auspiciadores de la paz, ¡canallas!

Cuando regresé de este viaje no sabía qué sentir, qué pensar, solo tenía un dolor desgarrador, que se traduce en llanto, en una inmensa impotencia y en rabia. Tenía la terrible sensación de que los habíamos abandonado, sobre todo a esos niños y niñas que jugaban y sonreían con toda la inocencia.

No los olvidemos, no cambiemos de canal porque estaremos siendo cómplices de aquellos que quieren hacer desaparecer a los refugiados y seguir viendo como su cuenta de resultado crece ilimitadamente. No seamos cómplices.

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Ha de hacerse ya

Paco Guzmán | Mi familia y yo tomamos la decisión de tener la experiencia real con personas refugiadas. Organizamos sin muchas dificultades mi estancia en el campo de refugiados de Idomeni. Sacar los billetes de vuelo, pedir los días de vacaciones, y una mochila con pocas cosas y muchas emociones.

Al llegar, comprobé que me encontraba en el lugar del olvido, a pesar de las cámaras. Más de 10.000 personas, familias con hijos pequeños, jóvenes, ancianos, mujeres embarazadas…, malviviendo en tiendas de campañas, agarradas a una tierra siempre mojada o sobre las vías del tren.

Nada más llegar, ya tenía tarea para realizar en el Baby Hamman, destinado al baño y aseo de niños. Traíamos agua y la calentábamos para atender diariamente a unos 120 niños de cero a 12 años, de los más de 2.500 que allí había. Bañarse con agua caliente era un «privilegio», además hacíamos un control médico de las enfermedades, sobre todo en la piel de los más pequeños, expuestos a duras condiciones higiénicas.

También colaboraba en el Idomeni Cultural Center, un colegio para 100 o 120 niños que sobre todo querían aprender alemán e inglés, creyendo que con ello les sería más fácil encontrar un futuro mejor. Las tardes eran para los adultos. Además cada día con Bomberos en Acción y Equipo de Rescate en Emergencias Catalunya preparábamos 500 bolsas de comida, que luego repartíamos por la tarde.

En el día a día se plasmaba la constante violación de los derechos humanos hacia estas personas refugiadas, envolviendo todas mis vivencias. El cierre de las fronteras y la decisión de impedirles el paso, el asilo, la protección internacional que les corresponde, provocaba situaciones inhumanas especialmente en los niños.

Recuerdo la voz de un niño gritando ¡Open the border!, al lado de la concertina, en la frontera con Macedonia. Era un grito fuerte y desgarrado dirigido al ejército del país vecino. Ese grito debería llegar al centro de Europa. Tampoco es posible olvidar a la veintena de personas saliendo del campamento con sus bártulos, a las diez de la noche: una mujer con un niño en brazos, niños cargados con mochilas… «Esta gente, ¿a dónde va ahora?».

Lo paradójico, ante lo que no podemos pasar de largo, es que esta situación de inhumanidad convive a diario con la normalidad, con la contradicción, con la justificación. Coincidió la celebración del Día de Europa (¿de celebración?) con mi estancia en el campamento.

Las personas refugiadas sintieron el silencio, lo escenificaron portando un ataúd con una bandera europea sobre él, y una pancarta donde se leía: «Vuestro silencio nos mata». Sentí vergüenza e impotencia. Europa se comprometió a reubicar a 160.000 refugiados y refugiadas en los diferentes países.

En la actualidad solo han podido llegar a los países de destino un 1% de lo comprometido, en concreto 124 a España de los casi 17.000 previstos. Y todo esto además, desde un compromiso forzado de escenificación europea de sus supuestos valores, y no desde el reconocimiento de su participación en las causas del conflicto bélico que hace que estas personas tengan que huir de sus hogares.

Sin embargo, frente a esta demostración de fracaso por parte de los gobiernos, las personas refugiadas y las indignadas (mejor que voluntarias) hemos sido capaces de construir puentes de solidaridad y justicia entre todos.

Aun con las distancias existentes de idioma, culturales, religiosas…, en el campamento se encontraba la humanidad negada por la UE, en cada sonrisa, en cada invitación de familias a su tienda, en cada esfuerzo de todos y cada uno de los allí presentes por hacer que aquello no pareciera lo que era: un campo de los olvidados.

Ni empezamos cuando llegamos, ni terminamos cuando volvimos. Con esta frase, a la vuelta de Idomeni, resumo el compromiso de seguir de cerca esta realidad, de los que allí se quedaron, y de los que seguirán llegando.

He podido participar en una reunión en el Parlamento Europeo, en la que hemos hecho pública nuestra denuncia y crítica por la manera que se está llevando el procedimiento de solicitud de asilo, además del abandono y el olvido con el que se está tratando a los refugiados y refugiadas. También he tenido la oportunidad de compartir la experiencia con jóvenes y niños en sus centros escolares, a través de charlas, talleres…

Hay que seguir. Hemos de atender las consecuencias, pero sobre todo hemos de denunciar las causas. Esta tarea nos corresponde a todas y todos, desde la fe y desde nuestra condición de personas que hemos nacido en el lado «fácil» de la vida, tenemos la obligación de no conformarnos con las reglas que se han acordado para que unos decidamos sobre otros, sobre muchos, sobre millones de personas. Cada uno ha de descubrir cómo, dónde y con quién hacerlo, pero ha de hacerse ya.

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