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Hiperliderazgo y sociedad civil

14 noviembre 2019 | Por

Hiperliderazgo y sociedad civil

Javier Madrazo | Vivimos entre lo efímero y lo inmediato. Dedicamos poco tiempo al análisis y la reflexión. Solo cuenta el presente. No hay ni pasado ni futuro.

Así se explica el auge de un nuevo grupo de líderes políticos, generalmente con un ego muy desmesurado, que ejercen su función desde el hiperliderazgo, anulando de facto el papel de los partidos como espacios de debate, participación, así como de generación de ideas y propuestas.

La democracia se resiente

Los partidos, en el sentido en el que los hemos conocido, parecen pertenecer al pasado. Se han convertido en meras maquinarias electorales. Consultoras, asesores y community managers ocupan, y sustituyen, el espacio de los partidos, marcando la agenda, las comparecencias y declaraciones, e imponiendo criterios, decisiones y orientaciones hasta ahora reservados a las formaciones.

Hablamos de profesionales a sueldo, que se sienten invencibles e investidos de autoridad, que trabajan pegados a los máximos responsables públicos, condicionando sus posiciones, discursos y estrategias. Su opinión siempre se impone. Pueden colaborar con la izquierda o la derecha por igual. Mientras tienen éxito acallan toda disidencia y nadie se atreve a poner públicamente en cuestión sus postulados.

Su objetivo es crear y vender un relato, sea cierto o no, posicionar a su jefe y ganar. Los valores que se presuponen a la actividad y gestión pública no cuentan. En este contexto los partidos se perciben como un lastre, maquinarias pesadas de las que es mejor librarse para gestionar a golpe de Twitter.

En este engranaje resultan piezas imprescindibles los medios de comunicación, controlados por grandes poderes económicos, que marcan la agenda y el relato político al que se pliegan los principales líderes políticos. El argumentario redactado por agencias especializadas sustituye las ideas e ideologías.

Es cierto que las formaciones políticas no siempre han sido un modelo de transparencia y pluralidad, y democracia. Su existencia es necesaria; aunque tengan mucho camino por recorrer para transitar por vías que les acerquen de un modo más directo a la ciudadanía y a sus inquietudes. Para ello se debe profundizar y promover la democracia participativa frente a la democracia formal y meramente representativa.

Será esta la forma de superar la arbitrariedad derivada de los personalismos extremos y de hacer de contrapeso a los hiperliderazgos. No podemos resignarnos. No todo está perdido, ni mucho menos. El pensamiento crítico sabrá encontrar su lugar.

Pero, para conseguirlo, tal y como dice la Doctrina Social de la Iglesia (DSI), es necesario recuperar el protagonismo de la sociedad y el principio de subsidiariedad. «La comunidad política está esencialmente al servicio de la sociedad civil y de las personas y los grupos que la componen. La sociedad civil, por tanto, no puede considerarse un mero apéndice o una variable de la comunidad política: al contrario, ella tiene la preeminencia, ya que es precisamente la sociedad civil la que justifica la existencia de la comunidad política» (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 418).

No podemos perder de vista que los partidos políticos no son un fin en sí mismo; son herramientas al servicio de la participación política y de la búsqueda del bien común. «Los partidos políticos tienen la tarea de favorecer una amplia participación y el acceso de todos a las responsabilidades públicas. Los partidos están llamados a interpretar las aspiraciones de la sociedad civil orientándolas al bien común, ofreciendo a los ciudadanos la posibilidad efectiva de concurrir a la formación de las opciones políticas. Los partidos deben ser democráticos en su estructura interna, capaces de síntesis política y con visión de futuro» (CDSI 413). «Los partidos políticos deben promover todo lo que a su juicio exige el bien común; nunca, sin embargo, está permitido anteponer intereses propios al bien común» (Concilio Vaticano II).

Ello pasa por fortalecer el tejido asociativo y por implantar como algo cotidiano la práctica de consultas sobre todas aquellas cuestiones relevantes que afectan a la ciudadanía. Es necesario y urgente rehabilitar y recobrar el auténtico sentido y valoración de la acción política. Precisamente la política se rehabilita cuando se pone al servicio de la dignidad sagrada de la persona, especialmente de la más vulnerable, y cuando busca honestamente el bien común.

El ejercicio de la política se dignifica de un modo especial cuando procura responder a las necesidades y derechos de los más pobres de nuestra sociedad, y a las necesidades y derechos de los más pobres del planeta. La lucha contra las causas del hambre y la pobreza en el mundo han de ser una prioridad en la agenda de toda la sociedad y de todos los agentes políticos.

«El principio del destino universal de los bienes exige que se vele con particular solicitud por los pobres, por aquellos que se encuentran en situaciones de marginación y, en cualquier caso, por las personas cuyas condiciones de vida les impiden un crecimiento adecuado. A este propósito se debe reafirmar, con toda su fuerza, la opción preferencial por los pobres» (CDSI 182).

Frente un estado de opinión mayoritario, la política es una actividad profundamente noble y valiosa; una sociedad que la desprecie se pone a sí misma en peligro. Pero como demuestran los innumerables casos de corrupción que hemos padecido en España y que atentan contra el bien común, todo lo noble puede ser pervertido, también la acción política. De ahí la importancia de la ética en la política.

El papa Francisco, en un discurso reciente, recoge magníficamente la DSI en torno a la política y los partidos: «Cómo no observar el descrédito popular que están sufriendo todas las instancias políticas, (…) Con frecuencia el diálogo abierto y respetuoso se sustituye por ráfagas de acusaciones recíprocas y recaídas demagógicas… falta también la formación y el recambio de nuevas generaciones políticas. (…) Se necesitan dirigentes políticos que vivan con pasión su servicio a los pueblos, que vibren con las fibras íntimas de su ethos y cultura, solidarios con sus sufrimientos y esperanzas; políticos que antepongan el bien común a sus intereses privados, que no se dejen amedrentar por los grandes poderes financieros y mediáticos, que sean competentes y pacientes ante problemas complejos, que estén abiertos a escuchar y aprender en el diálogo democrático, que combinen la búsqueda de la justicia con la misericordia y la reconciliación. No nos contentemos con la poquedad de la política.

¡Cuánta necesidad estamos teniendo de una buena y noble política!

Tenemos que encaminarnos hacia democracias maduras, participativas, sin las lacras de la corrupción o de las colonizaciones ideológicas o las pretensiones autocráticas y las demagogias baratas. Cuidemos nuestra casa común y sus habitantes más vulnerables evitando todo tipo de indiferencias suicidas y de explotaciones salvajes».

Más información.

Videomensaje del papa Francisco para el Encuentro de católicos con responsabilidades políticas al servicio de los pueblos latinoamericanos.

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