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El futuro del trabajo que queremos hoy

09 marzo 2020 | Por

El futuro del trabajo que queremos hoy

Roto el pacto social de posguerra y el pacto sexual, la autora defiende la necesidad de resignificar el concepto de trabajo y darle un nuevo sentido, que incluya la aportación, hasta hora invisible, de las mujeres. Qué trabajo y para qué sociedad y planeta queremos, son las preguntas que hoy debemos responder para ganar el trabajo del futuro.

Laura Mora Cabello de Alba | Profesora de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social. Universidad de Castilla-La Mancha.

El trabajo en proceso reconstituyente

Por mucho que nuestra cultura occidental se empeñe en hacernos proyectar sobre el futuro, parece una responsabilidad indeclinable de cada ser y cada colectivo vivir y trabajar el presente, como única plataforma de hacer política. Lo que queremos para el futuro, quizás lo necesitamos ya. En ocasiones, aunque no sea en términos de mayoría social, el presente muestra ya realidades sobre las que se sostiene el deseo de cambio, la necesidad de sentido, máxime en algo tan definitivo y central en la vida de todos los hombres y las mujeres como es el trabajo, cimiento de ciudadanía y de posibilidad de ser.

Precisamente, en este contexto de presente que precisa algún otro, podría parecer paradójico hablar de un proceso reconstituyente del trabajo, cuando estamos viviendo desde hace ya años, que van bastante más allá del inicio de la crisis, un proceso deconstituyente del mismo. O quizás no es ninguna paradoja sino la medida exacta de la necesidad de dicho proceso político renovador, es decir, el destino inaplazable de poner en el centro del debate de qué trabajo estamos hablamos, para qué sociedad y para qué planeta, dotarlo de sostén político, garantías jurídicas y confrontarlo con el lugar social y de geografía humana particular que le corresponde.

Así, si se necesita un proceso reconstituyente es porque necesariamente se ha roto un pacto. En realidad, se han roto dos: una ruptura que nos asusta, la del pacto social de posguerra mundial de Occidente; y otro, el contrato sexual, que felizmente también se ha roto, sobre el que se sostiene el sistema patriarcal.

Pero, vayamos por partes, empezando por lo más cercano en el tiempo. Todas las Constituciones europeas que conocemos nacen de un pacto entre las diferentes fuerzas que han representado hasta ahora la clase política institucional. En cada país de la Unión Europea, ese pacto es singular y tiene su propia fecha y contexto de origen, pero todas las Constituciones nacieron inmediatamente o en diferido como en Grecia, Portugal y España, con el espíritu con el que se selló la paz después de la Segunda Guerra Mundial. Nacieron con la marca genética de ser Estados sociales donde, dentro del sistema capitalista de producción y del sistema de representación política de partidos, se apostaba por el horizonte de un ideal social igualitario. Un horizonte que ha sido más un límite a la explotación del sistema económico capitalista que una constante inspiración institucional, pero que ha tenido un valor importantísimo a lo largo de 50 años y que, hoy por hoy, está siendo traicionado. Ese cierto bienestar, por primera vez en la sangrienta historia de Europa, fue una concesión y un éxito de la clase trabajadora después de dos guerras y como antídoto para esa misma clase que podía ver la alternativa en el comunismo soviético. Es la propia OIT el único fruto permanente y semilla de paz del Tratado de Versalles, que pone fin a la Gran Guerra, reconociendo la necesidad de la creación de una instancia multilateral y tripartita, dando papel protagonista a quienes representan a las relaciones de trabajo, para intentar hacer justicia en el mundo del trabajo.

Más tarde, la Guerra fría acabó en la caída del Muro de Berlín, pero la creación de los Estados sociales o del bienestar –único fruto de progreso en esa Europa capitalista triunfante de los años cincuenta– ha hecho desde entonces de contrapeso al reino imperante de los dineros, del valor de mercado, y ahora está en peligro en muchos de nuestros países. Podríamos decir que el pacto de posguerra mundial, anticuerpo de una posible tercera guerra, hoy está roto por parte de la política institucional que definitivamente no representa los intereses de los trabajadores y trabajadoras. Dice Boaventura de Sousa Santos que vivimos en democracias suspendidas, donde una corte de gente a la que nadie votó se ha unido en una especie de comisión liquidadora de países poniendo la exigencia de la deuda por encima de la vida. Por encima del proyecto constitucional, diríamos también muchos y muchas juristas.

Pero, por fortuna, se ha roto un pacto mucho más antiguo. Se ha roto el pacto sexual fundante de más de veinte siglos de sistema patriarcal de dominación, respecto del cual el capitalismo es una de sus invenciones políticas más recientes, que hermana a los hombres en su poder masculino sobre los cuerpos de las mujeres y sus frutos.

Por tanto, parece que es tiempo ya de volver a trabajar unos cimientos dignos que sostengan la vida, la nueva realidad y resistan el peso de aquello que se pueda rescatar de cómo hemos vivido hasta ahora. Un orden de vida se sostiene en un orden simbólico, es decir, en las palabras que la nombran. Y una de las explicaciones a nuestra incapacidad política en ocasiones de plantarle cara a lo que sucede es que no somos capaces de nombrar la realidad. Hoy en día, desvelarla es revolucionario, porque muchas cosas ya no son como eran antes –y cuando digo antes me refiero a tiempos anteriores a la crisis también–, ni lo volverán a ser, y esa es la base desde donde construir.

En el mundo del trabajo, ese cambio ahora ya, en el presente, es evidente. Los capitalistas, en la década de los ochenta, se dieron cuenta de que estaban en crisis con la materialidad de la realidad, es decir, que su sistema productivo y consumista voraz quebraría porque estaba llegando a agotar las materias primas y las fuentes de energía no renovables del planeta. Tanto se dieron cuenta que se inventaron la creación de «riqueza» inmaterial o, dicho de otra manera, virtualizaron la producción en forma de mercados financieros por pura carencia de sostén material de sus presupuestos. Y esa operación genial, pero falaz en su origen, ha estallado en las narices de la población mundial, que asiste en principio anestesiada ante la dimensión del hecho, aunque ya empezando a despertar de la perplejidad. Por otro lado, se está produciendo un proceso de aún más acumulación de capital en previsión, suponemos, de la que saben que se les avecina. Un gran capitalista como Warren Buffett ha dicho que sabe que estamos en guerra de clases y que la suya ha ganado por el momento. Es cierto, pero es una mirada profundamente cortoplacista. Porque, si pierde la mayoría trabajadora, arrasando con el planeta en todos los sentidos, pierde también «la corte de liquidadores de países». Es la condena de muerte del sistema económico capitalista, un sistema que no solo no crea riqueza real sino que la destruye constantemente.

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