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La dignidad de la persona y del trabajo

11 mayo 2015 | Por

La dignidad de la persona y del trabajo

Carta pastoral de Mons. Ciriaco Benavente. ✠ Obispo de Albacete.

El pasado viernes, día 1 de mayo, Día Mundial del Trabajo, hemos celebrado los católicos la fiesta de San José Obrero.

La fiesta civil se viene celebrando desde principios del siglo XX con un sentido reivindicativo y también de gratitud a los llamados mártires de Chicago: aquellos sindicalistas que en el siglo XIX pagaron con su vida la participación en las manifestaciones en favor de la jornada de ocho horas.

Con la fiesta de San José Obrero, la Iglesia quiso dar al mundo obrero cristiano un patrono y un modelo de virtudes domésticas y laborales, de preocupación por el otro, de honradez y austeridad, de confianza en la providencia divina. No quiso solapar la fiesta civil y su carácter reivindicativo, sino hacer suyas las justas aspiraciones de los trabajadores e impulsar a los católicos a tomar una conciencia más viva de lo que todavía falta para una auténtica paz social.

No faltan quienes piensan que la superación de las condiciones degradantes del proletariado de la época de la revolución industrial, las nuevas legislaciones laborales y la incorporación de muchos trabajadores a las clases medias, harían superfluo el carácter reivindicativo de esta fiesta. Pero los logros del mundo occidental desarrollado no han llegado a todos los lugares. Además, según estudios fiables y debido a la crisis económica, se ha dado un empobrecimiento de las clases medias, a la vez que han aumentado las situaciones que menoscaban la dignidad de los trabajadores.

A pesar de que los indicadores macroeconómicos manifiestan síntomas claros de superación de la dura crisis económica, todavía hay un paro registrado de alrededor de cuatro millones y medio de personas, algunas de ellas viviendo situaciones límite: sin subsidio de desempleo, habiendo perdido incluso la vivienda, hundidas en la desesperanza. Y quienes logran un trabajo es, a menudo, a base de contratos intermitentes, a tiempo parcial y con significativas disminuciones en las retribuciones. Es especialmente dura la situación de muchos inmigrantes, que han sido y son las primeras víctimas de la crisis económica. Lo es también la situación de los jóvenes, que, a pesar de su preparación, ven muy difícil encontrar un primer empleo y, si lo encuentran, es tan inseguro y tan escasamente retribuido que no les permite hacer planes de futuro ni formar una familia.

El sistema económico vigente parece, en no pocos casos, subordinarlo todo al lucro y a la cuenta de resultados, olvidando otras dimensiones de la vida personal, familiar y social. Así, se dan casos en que se penaliza con el despido la maternidad o se abusa de los inmigrantes, que, con frecuencia, son quienes asisten a nuestros ancianos, pero a los que no siempre se les reconocen sus derechos laborales.

No podemos olvidar a los trabajadores autónomos y sus ya crónicas reivindicaciones, ni la situación del mundo rural, que viene arrastrando una creciente incertidumbre, sobre todo para los pocos jóvenes que quedan. Cada vez es más difícil vivir de la agricultura. La falta de perspectivas origina la despoblación, y ésta, como en un círculo vicioso, va haciendo que disminuyan los servicios escolares, de salud, etc. Son muchos los ancianos, cuyas pensiones no les dan para superar el umbral de la pobreza.

Vemos con dolor cómo lentamente se extingue la cultura rural, que ha atesorados valores humanos y cristianos tan importantes como el valor de la familia, la laboriosidad, el contacto con la naturaleza, el valorar a las personas por lo que son y no por la publicidad, el respeto a los mayores frente a toda forma de desacato o de insolencia, el sentido de pueblo y la confianza en la Providencia divina.

En la base de las reivindicaciones y denuncias del movimiento obrero ha estado siempre presente la denuncia de unos “mecanismos económicos, financieros y sociales, los cuales, aunque manejados por la voluntad de los hombres, funcionan de modo casi automático, haciendo más rígidas las situaciones de riqueza de los unos y de pobreza de los otros”(San Juan Pablo II, SRS. l6). Pobreza y marginación son, en muchos casos, producto de un sistema al que importa más el beneficio, la producción y la competitividad que la persona humana.

La fiesta de San José Obrero ha de ser un momento de toma de conciencia de la situación y de sus causas; de denuncia de “una lógica capitalista y economicista que subordina de manera explícita o escondida el trabajo a la ganancia” (San Juan Pablo II). En vista de la experiencia reciente, es la hora de promover un tejido económico y social que ponga en el centro la dignidad de la persona y del trabajo, el bien común por encima de los intereses particulares.

Doy gracias a Dios por la presencia de militantes cristianos tanto en el mundo laboral urbano como en el rural. Les animo a que sigan siendo presencia viva de la Iglesia y difusores de su luminosa doctrina social, que sigan recordándonos a todos la dignidad inalienable de la persona humana, imagen de Dios, y sus derechos inviolables. Anunciad muy alto que la fe en Jesucristo y su Evangelio es el más seguro camino para la construcción de un mundo más justo y fraterno, de acuerdo con el plan de Dios.

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