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Actitud de acogida

03 noviembre 2015 | Por

Actitud de acogida

José Luis Palacios | Refugiados de la guerra y la economía llegan a una ensimismada Europa, sin que la Unión encuentre respuestas a la altura del desafío. En nuestro país, muchas familias guardan en su memoria y en el corazón el paso de menores de otros países menos favorecidos. Una experiencia que puede servir de referencia cuando la solidaridad llama a la puerta.

Empar Pons, militante de la HOAC de Valencia, lleva ya cuatro años acogiendo a menores de Ucrania, a través de la ONG «Fem Futur», creada en 1999, con la intención de ayudar a la infancia tras la catástrofe de Chernobil. Por segundo año consecutivo, Yulia, de 16 años, cursa estudios en un instituto valenciano. Su hermano Babir, de 9 años, pasa los meses estivales con ella.

«Siempre había pensado en la acogida de menores. Lo intenté en España pero antes era muy complicado y, la verdad, tenía miedo de no poder yo sola con ello. A través de conocidos, me enteré de la existencia de “Fem Futur” y me sentí más dispuesta, al pensar que no era obligatoria la continuidad y que si cambiaba mi situación económica o no me veía suficientemente preparada, podía dejar el programa», relata Empar.

El primer verano vio que los niños estaban encantados y empezaron a crearse lazos afectivos que hasta hoy le han convencido para permanecer en él, hasta el punto de desarrollar el acogimiento en periodo escolar. Resume su experiencia con dos palabras «gratificante y difícil».

No oculta que a veces se plantea si en realidad es lo más adecuado para el desarrollo de los niños. «Es como un túnel, entran en un país sumido en la miseria, ahora además agravado por la guerra, con mucho frío, con pocos recursos y salen en otro, soleado, donde hay de todo, con otra cultura, justo cuando la gente está de vacaciones», piensa en voz alta.

«Como hoacista soy consciente de que es una tirita y que el ideal es el cambio de estructura en su país de origen, pero son vidas humanas. Son niños y niñas de familias desestructuradas que viven en un país con grandes carencias en educación y en sanidad. No pueden esperar», remata.

Las familias de acogida aprovechan su estancia en España para proporcionarles atención odontológica que es inaccesible en Ucrania, una dieta equilibrada y rayos de sol. Los voluntarios de «Fem Futur» se encargan del papeleo necesario, aunque son las familias las que corren con los gastos del viaje y la estancia. Sin embargo, matricularles en los centros educativos requiere un sinfín de trámites, entre el ministerio de Exteriores, la Consejería de Educación y la embajada ucraniana al que se enfrentan las familias en soledad.

«Acaban por llamarnos su familia de España y en cuanto llegan todo lo hacen suyo. Para ellos es el paraíso y hay que insistir mucho en que no todo lo que ven aquí les pertenece. Como todos los niños, tienen sus rabietas, pero aunque no suelen ser muy comunicativos también saben ser cariñosos», comenta Empar, quien confía en que «lo que viven aquí les sirva para tener un futuro mejor».

Ante la crisis de asilo, opina que se trata de un derecho humano y que en la Europa rica, incluso deteriorada por la deriva económica, se puede hacer mucho, aunque recomienda «pensar bien lo que se puede ofrecer».

La cultura de la hospitalidad es un tesoro, también para Cayetano Ferrández, conocido como Tano, militante de la HOAC de Orihuela-Alicante, como su mujer, Mari Carmen Asensio, quienes tienen experiencia en la acogida de saharauis. Aunque hace 15 años, cuando sus hijos dejaron ya muy atrás la infancia, que dejaron esta práctica. Por sus vidas pasaron una niña de 9 años, luego un niño, de 11 años, con problemas de vista, al que le operaron en el Hospital General de Elche y que llegó incluso a estar escolarizado aquí. Luego vino otro niño de seis años que era la primera vez que salía del desierto y finalmente otra niña. Solo repitió uno de los menores.

Las historias vividas se han grabado a fuego en su memoria. «Recuerdo el asombro de uno de ellos cuando al abrir el grifo salía agua o la extrañeza al pasear por unos grandes almacenes y ver cosas que no sabía para qué servían», comenta. También se quedó admirado de un pequeño de unos 11 años «que hablaba ya como un adulto, razonaba las cosas y te explica lo que pasaba en el Sáhara con toda seriedad. Seguramente era un chaval con cualidades al que estaban preparando para que se convirtiera en uno de sus líderes»…

Los veranos pasados en Crevillente eran una oportunidad para acercar dos culturas tan distantes, para desarrollar la hospitalidad, pero también para el juego entre niños, maestros en el arte de superar las diferencias. «Entre mis hijos y los de mi hermano, los chavales saharauis tenían con quien jugar. Eso era una suerte, porque así no tenían que estar tanto con adultos», explica Tano.

Más de una vez se preguntaban si la experiencia fuera de un entorno tan distinto sería buena para los menores. «En la visita que hice a los campamentos, hablamos con los profesores. Ellos nos decían que podía ser un riesgo pero que para muchos ver que había otro mundo lejos de la arena les ayudaba a superarse en sus estudios, anhelar otra forma de vida y pelear por lo que querían», resume.

«Aquí en la Comunidad Valenciana se habla de fletar un barco para recoger a 2.000 refugiados de la isla griega en la que están. Es verdad que hay gente que sale con aquello de que primero hay que atender a los de aquí y luego lo demás. Pero también hay muchos que están dispuestos a la acogida, que tienen memoria de que nosotros también fuimos emigrantes. En la vida es positivo mantener la predisposición a aprender y lo que más nos enseña es el contacto con las personas», concluye.

¿Qué dice la Iglesia?

«Frente a la tragedia de decenas de miles de refugiados que huyen de la muerte por la guerra y por el hambre, y quienes recorren un camino hacia una esperanza de vida, el Evangelio nos llama a ser hospitalarios con los más pequeños y los más abandonados, a darles esperanza concreta». Papa Francisco, durante el «Ángelus», 6 de septiembre de 2015.

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