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Elvira Navarro: «El escritor también ha vivido encerrado en su burbuja»

23 marzo 2015 | Por

Elvira Navarro: «El escritor también ha vivido encerrado en su burbuja»

Elvira Navarro ha escrito «La Trabajadora», una novela que habla de la precariedad de la vida actual, de la fragilidad de los proyectos personales, de la intemperie de los extrarradios, con un lenguaje lleno de crudeza pero también de ese lirismo cotidiano que nos permite asumir el dolor de la locura.

Ya no vive en Aluche, sino en Pueblo Nuevo. Tampoco es correctora, sino que durante este año se encargará del catálogo de la editorial Caballo de Troya (Penguin Random House). Esta singular escritora, nacida en Huelva en 1978 y licenciada en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid, se ha convertido en una voz muy personal de nuestras letras.

–En su libro «La Trabajadora», la precariedad se convierte casi en un personaje más, ¿de dónde surgió la necesidad de contar la historia de dos mujeres abocadas a compartir piso en un barrio de la periferia de Madrid?

–En casi todos mis libros parto de circunstancias biográficas. En el caso de «La Trabajadora», en realidad, es una circunstancia que se mantiene en el tiempo, pero que habría que remontar a cuando acabé la carrera de filosofía. Había una especie de esquizofrenia. Era la época del «España va bien» de Aznar, pero a muchos de mis compañeros y a mí nos iba fatal. Somos una generación, al menos los de letras y los que no hicimos oposiciones, que siempre hemos estado en precario. Escribí un texto de 13 páginas que se quedó en un cajón. No soy capaz de escribir sobre lo inmediato, me hubiera salido una crónica más que una ficción. Necesito distancia para escribir y sabía que algún día lo acabaría. Luego encontré trabajo como correctora para una editorial, llegó un momento que dejaron de pagarme, me debían seis meses… Esa fue otra circunstancia que me hizo pensar que debía retomar aquel texto e incluir la experiencia. Realmente empecé a escribir esta novela en 2010 junto con otros textos. Siempre escribo varios a la vez. Pensé que sería una «nouvelle», una novela corta de 60 o 70 páginas, pero aunque, al final salió una novela, no muy larga, fue una novela que se desgajó del proyecto en el que estaba junto con otras cuatro «nouvelle» más. Cuando escribo sobre algo, parto de la necesidad vital de interrogarme sobre lo que me está ocurriendo, y cuando es algo problemático intento explorarlo. La precariedad era algo que llevaba arrastrando mucho tiempo.

–¿Cree que hay una vuelta a narrar el presente y tener en cuenta las circunstancias que tanto están influyendo en la configuración de nuestras vidas como es la inestabilidad laboral?

–Siempre he entendido la escritura como un diálogo, antes de la crisis y ahora también. La literatura siempre lo es de conflictos y depende mucho de dónde pone la mirada el escritor o escritora para hablar de según qué conflictos. Desde que empecé a escribir, a pesar de que tengo una mirada introspectiva, siempre he tendido a relacionarla con los contextos. No entiendo que haya una reflexión o una literatura al margen del contexto en el que se produce. A partir de los años 90 empieza a haber una literatura en nuestro país muy deslocalizada, muy de espaldas al contexto, contra la que no tengo nada especial, por cierto. El país estaba muy contento de sí mismo, y el escritor cada vez más tendía a demostrar su valía y vivir muy de espaldas a la realidad. Desde luego, no digo que no haya que mirar hacia dentro, y tampoco creo que no haya una larga tradición literaria del contexto, pero sí creo que hubo un momento de que el escritor estaba muy contento de sí mismo y participaba también de esa burbuja en la que nos habíamos instalado.

–Su libro ha sido reseñado por algunos críticos como uno de los que mejor se ha adentrado en la crisis que padecemos… ¿Le incomoda que le asocien con Isaac Rosa, Rafael Chirbes o Pablo Gutiérrez a quienes también hemos entrevistado en esta revista?

–Sí me siento cómoda junto a Isaac Rosa. No tanto con Chirbes porque aunque escribe muy bien, tengo la sensación de que la forma en que me cuenta las cosas ya la he visto. Me siento más cerca de Belén Gopegui, Carlos Pardos, Fernando San Basilio, Gonzalo Torner… Gente que no necesariamente tenemos la misma manera de escribir. Me gusta Agustín Fernández Mallo, que es muy diferente a mí. Muchas veces las etiquetas constriñen demasiado…

–A pesar de la temática, su libro no rehuye la introspección, su lenguaje resulta poético… ¿Es más eficaz la denuncia cuando surge de la intimidad de los personajes que cuando parte de una visión más sociológica?

–Depende de lo bien o mal hecha que esté la novela. Pienso en Michel Houellebecq, autor de «Las Partículas Elementales» y de la recién publicada «Sumisión». Es muy criticado por gente de izquierdas, pero si queremos una crítica potente del mundo contemporáneo está todo ahí. El problema de la literatura que se quiere comprometida es que parece que hay que comprometerse con un ideario previo al libro. Cuando hay una mirada más libre, menos condicionada por lo que unos dicen qué es la izquierda y qué es la derecha, puedes poner el dedo en la llaga, acabas hablando de aquello de lo que determinados grupos no hablan. Muchas veces la efectividad de la literatura no es tan directa. A veces, un libro que aparentemente no es de «denuncia» puede ser más incisivo a la hora de pensar nuestro presente que los que lo son, porque los que quieren ser «de denuncia» al final te dan claves que ya te vienen en los periódicos.

–Parece que está más próxima al paradigma que divide a la sociedad entre «los de abajo» y «los de arriba»…

–Pues sí, me parece que está bien que las cosas se vuelvan a pensar. Antes te definías de izquierdas y te caían un montón de causas con las que debías estar de acuerdo, cuando no necesariamente tiene que ser así, puede haber causas en la derecha con las que se puede estar de acuerdo…

–Una de las protagonistas es una profesional de las letras. Sin embargo, padece condiciones de trabajo que normalmente se asocia a los empleos menos cualificados…

–No voy a decir nada que no se haya dicho ya. Las categorías típicas para describir al explotado están ya pasadas. Sigue habiendo obreros, pero ya no son mayoría… Ahora la gente trabaja en el sector servicios, hay profesionales liberales que están igual o más explotados que el obrero clásico… La gente de mi generación no ha conocido otra cosa. Algo sabemos de lo que vimos en nuestros padres, pero no lo hemos vivido nosotros en carne propia. Ya comenzamos a trabajar de becarios, con contratos de mierda o directamente sin contrato… Entonces, cuando empezamos, sí que existía la promesa en el horizonte de que iba a cambiar, pero pasan los años y seguimos igual. La sensación de fragilidad no genera posibilidades para crear una familia, tener un tejido social alrededor, mucha gente se va fuera… Te conviertes en ese individuo que siempre han querido, ese ser que no tiene compromisos para poder ir donde te manden… Son las condiciones de explotación de toda la vida, pero las vivimos como si fuera algo más moderno, mejor…

–¿Hasta qué punto hay relación entre la precariedad laboral y la fragilidad mental en su novela?

–Tiene mucho que ver con los contextos. La fragilidad mental no se entiende si no se hurga en la historia familiar. Reconozco que la novela, en este sentido, hace un poco de trampas. No hay parte personal y está todo relacionado con las condiciones de precariedad en la que viven las protagonistas. No sé si es o no realista. Las taras mentales son siempre multifactoriales, no se deben a un solo factor. Pero siempre que se habla de la locura se mira poco hacia afuera, siempre se escarba en el interior. A mí lo que me interesaba era justo lo contrario, mirar hacia afuera y que en la cabeza de las protagonistas solo hubiera ese «afuera»…, «ese mundo laboral», como si se pudieran confundir los protagonistas con él.

–El principio de la novela puede parecer algo sórdido… ¿Es un intento de marcar el tono del resto del relato, una prueba para los lectores?

–No era algo meditado, en principio debía ir en la mitad. Pero como era una historia en la que una protagonista roba la voz del relato, me partía la novela y se rompía el tono. No quería renunciar a eso y me pareció adecuado ponerla al principio, no para expulsar al lector, todo lo contrario, pero sí quería contar un delirio, de esos que nos han contado que se daban en los años 80, en esos años en los que creíamos que el mundo «molaba» mucho y que en música, en cine, en el arte… se creaba a partir de cualquier cosa, sin tener unos parámetros tan serios y tan rígidos. Empecé a pensar en lo delirante de aquella época y me lo pasé muy bien, pensando en esas películas de argumentos locos. Es un homenaje a aquella época. También hay una voz entre paréntesis que está en otra historia, mientras se narra una locura…

–¿Qué le pediría a los lectores que se acerquen a esta novela?

–No les pido nada especial, creo en su libertad. Lo ideal es que no tengan muchos prejuicios. «La trabajadora» es casi una novela deshecha, construida como un «collage»… y me gustaría que no tuvieran expectativas, porque es peligroso cuando alguien se acerca a un libro con muchas, sean buenas o malas. Elegir al lector me parece muy elitista y cerrado. Lo que no me gusta de una novela es que sea para convencidos, eso no tiene sentido. Prefiero no tener un perfil de lector definido, que entre cualquiera, porque me gusta el «feedback» de los que no tienen nada que ver conmigo. Los que se parecen a mí, ya sé lo que me van a decir, porque ya lo digo yo.

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