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El fundamento moral de la democracia

01 marzo 2013 | Por

El fundamento moral de la democracia

La corrupción que hoy nos abruma es un síntoma de la debilidad del fundamento moral de nuestra democracia. Hay, desde luego, comportamientos deshonestos de algunas personas. Pero hay mucho más. Hay, entre otras cosas, una profunda perversión del funcionamiento de la economía, una enorme falta de transparencia en el funcionamiento de muchas instituciones, no solo políticas, y una muy escasa valoración de la verdad. Pero, sobre todo, hay un abismo de desigualdad y de indiferencia abierto entre quienes viven muy bien, hacen no pocas veces ostentación de ello, hablan como si aquí no pasara nada…, y quienes sufren duramente el empobrecimiento y la vulnerabilidad.

Este abismo de desigualdad y de indiferencia es una radical quiebra de la democracia, cuyo fundamento moral más importante es la búsqueda de un proyecto de convivencia en común para que todos podamos tener las condiciones necesarias para una vida decente. Proyecto basado en el reconocimiento efectivo de la dignidad de cada persona y, por tanto, en buscar primero que cualquier otra cosa que no haya empobrecidos y excluidos. Cuando este fundamento se olvida, la democracia se descompone. El empobrecimiento de tantas personas y familias es el mayor exponente de la debilidad del fundamento moral de nuestra democracia, no un «accidente» ocurrido con la crisis económica. Más bien al contrario, la crisis es la consecuencia de la debilidad de ese fundamento moral de nuestra sociedad. Y por eso con la crisis han crecido aún más las desigualdades y el sufrimiento de los empobrecidos.

El caldo de cultivo de la corrupción ha sido la radical perversión de la economía de la época del crecimiento económico. Un crecimiento basado no en responder a las necesidades reales de las personas y de la sociedad, sino en la especulación y en la búsqueda del dinero a toda costa, en un todo vale con tal de ganar dinero y crecer. Esa cultura económica es en sí misma una gran mentira. Como todo vale para hacer dinero, la transparencia de las instituciones económicas, políticas…, es lo de menos. En ese ambiente los comportamientos deshonestos campan a sus anchas y hasta se aplauden…, con tal que den dinero. Como lo primero era hacer dinero, no luchar contra el empobrecimiento y la exclusión, el abismo de la desigualdad y la indiferencia hacia los empobrecidos también creció en la época del crecimiento económico.

Para afrontar la actual situación, necesitamos muchas cosas: desde fomentar comportamientos honestos, promover virtudes personales y sociales, fortalecer el aprecio por la búsqueda de la verdad…, hasta modificar en profundidad nuestro modelo económico, hacer más eficaz y rápido el funcionamiento del sistema judicial, dotar de mecanismos serios de transparencia y de prácticas de participación real a las instituciones políticas y a los procesos de toma de decisiones…Todo ello es muy importante.

Pero todo eso será posible solo si emprendemos un camino que dé un verdadero fundamento moral al funcionamiento de nuestra sociedad. Ese camino no es otro que poner de verdad en primer lugar las necesidades y derechos de los empobrecidos y excluidos, para que dejen de serlo, para que nuestra sociedad sea una sociedad decente. La manera de entender y vivir la honestidad, la economía, las instituciones sociales, políticas, económicas, la misma forma de buscar la verdad…, cambian radicalmente si ponemos o no en primer lugar la situación, las necesidades, el protagonismo de los empobrecidos. Por eso, si queremos emprender ese camino hemos de mirar hacia los empobrecidos y hacia quienes han decidido compartir la vida con ellos, luchar con ellos para combatir las causas de su situación. Solo desde la lucha por la justicia debida a los empobrecidos, vivida desde las personas concretas y con las personas concretas, podremos recomponer moralmente nuestra sociedad y nuestras vidas. Esa es la esperanza de nuestra sociedad.

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