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Igualdad y cuidado de la vida #EditorialNNOO

06 marzo 2015 | Por

Igualdad y cuidado de la vida #EditorialNNOO

El filósofo y teólogo Francesc Torralba, en un sugerente libro sobre el don como característica esencial de nuestro ser y existir (*), dice cosas como estas: «Nuestra atención a los pequeños y a los que están enfermos o discapacitados o son ancianos es expresión de una capacidad propiamente humana, de la lógica del don. En el cuidado aparece un profundo sentir del valor propio e insustituible de cada ser humano». «El cuidar a otro tiene valor en si mismo» y el reconocimiento de ese valor se produce «mediante el cuidado amoroso del otro». Este «cuidar» es esencial para la vida y para el desarrollo de nuestro ser personas, necesitamos cuidar y ser cuidados: «sin una estructura de acogida, el ser humano no puede desarrollarse», porque «el ser humano no se basta a sí mismo», necesita «un entorno afectivo e incondicional, donde uno se sabe aceptado incondicionalmente». Esos entornos o espacios de acogida son diversos, pero hay dos que son básicos: el seno materno y la casa, el hogar, la familia. Por eso, «el cuidado y el desarrollo de la autonomía personal de cada ser humano exige el cuidado a estas dos esferas fundamentales donde este es acogido».

A partir de esta reflexión, podríamos decir que la radical necesidad humana de cuidado y de estructuras de acogida significa que cuidar la vida es tarea esencial del ser humano y se expresa en el derecho a la vida y el derecho a vivir con dignidad que la sociedad debe hacer posibles. Pues bien, las desigualdades y la discriminación de que son víctimas tantas mujeres trabajadoras tienen mucho que ver con la negación práctica de ese derecho a la vida y a vivir. Dado el lugar que las mujeres ocupan en las esferas básicas de acogida y cuidado de la vida (en el caso de la maternidad por razones obvias y en el caso de la familia por cómo hemos construido las relaciones sociales), la negación del derecho a la vida y a vivir sitúa a las mujeres en una posición de mayor vulnerabilidad.

El modelo social en el que vivimos, dominado por una economía de la máxima rentabilidad a toda costa, niega cada vez más el derecho a la vida y el derecho a vivir con dignidad. No facilita el cuidado de la vida, lo penaliza. Lo ve como un coste que reduce la rentabilidad. A través del desempleo y de la precarización del empleo, a través de los recortes en la protección social…, hace cada vez más difícil la maternidad y la vida familiar. Son «cargas» que hay que aligerar al máximo para obtener más rentabilidad. Por eso penaliza, de hecho, la maternidad y la vida familiar. Quiere individuos productivos y disponibles permanentemente para cuando sean requeridos. Niega en la práctica los derechos familiares de las personas y los derechos sociales de las familias, que hacen posible el cuidado de la vida, porque no los reconoce como necesidades básicas de las personas sino como costes que reducen la rentabilidad.

Así, muchas mujeres trabajadoras tienen que elegir entre maternidad o empleo; su dedicación a tareas de cuidado familiar las empuja a empleos más precarios, peor pagados, con más temporalidad…, para poder compaginar ambos trabajos; son más fácilmente expulsadas del empleo y recluidas en las tareas de cuidado familiar para que los hombres sean también más productivos y rentables… El desastre humano que esto provoca es enorme: perpetúa y reproduce las desigualdades y discriminación de las mujeres, dificulta una asunción equitativa entre hombres y mujeres de las tareas de cuidado de la vida y del entorno familiar, dificulta la maternidad y la paternidad, dificulta la misma vida familiar necesaria para el desarrollo de todos sus miembros, sobrecarga a las familias con responsabilidades para las que cada vez cuentan con menos recursos que no son puestos a disposición de las familias…

Por eso, la defensa del derecho a la vida y a vivir con dignidad, trabajar por crear las condiciones sociales para el cuidado de la vida, es cada día más, esencial para la lucha pro la igualdad de derechos y responsabilidades entre hombres y mujeres, para que todos podamos desarrollar más plenamente nuestra humanidad.

(*) «La lógica del don», Khaf, Madrid 2012.

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