El prodigio cósmico, inenarrable, infinito, de Dios dejándose matar por los hombres, era demasiado grande y lo tenían demasiado cerca para que pudieran, no digo verlo, sino ni siquiera sospecharlo, y tomaron la Gran victoria como si fuera el fracaso definitivo, como lo confirman las palabras «desinfladas» de los discípulos que iban a Emaús. ¡Y eso que entonces ya se corría la voz de que había resucitado! (Guillermo Rovirosa OC, TI pág. 485).
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