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Gracias a aquel que nos ha amado

01 noviembre 2022 | Por

Gracias a aquel que nos ha amado

Desde la Pascua pasada, hemos seguido viviendo con dolor y esperanza el fallecimiento de militantes, consiliarios, familiares y amigos.

El 24 de marzo fallecía Esperanza, madre de Loli, militante de la diócesis de Santiago de Compostela. El 13 de abril, Lea Cornellana, antigua militante de Barcelona. El 18 de abril, Vale, militante de Madrid, esposa de Emilio, también militante.

El 27 de abril, moría Carlos Amigo, cardenal arzobispo emérito de Sevilla, siempre cercano a la Pastoral Obrera y la HOAC. El 3 de mayo, Elemila, hermana de Gaudencio, consiliario de León, y Miguel Ángel, antiguo militante de Ávila.

El 24 de mayo, Isabel, hermana de Rafael y Mariloli Herenas, militantes de Córdoba. El 29 de mayo, Menchu García, esposa de Marcelino, antiguos militantes de Sevilla.
El 2 de junio, Asterio Cabrera, consiliario de Tenerife, y el 14 de junio, Miguel Mougan, consiliario Cádiz-Ceuta. El 14 de junio, también, Tomás, hermano de Manuel Loza, militante de Sevilla. El 26 del mismo mes, Lola Gil, madre de José Aurelio, militante de León.

El 13 de julio falleció José Luis, padre de David Ceamanos, militante de Zaragoza, a los 82 años de edad y el 19 de agosto Tano Casacuberta, sacerdote de la diócesis de Barcelona cercano a la pastoral obrera. El 30 de agosto, cumplidos 93 años de edad, fallecía Florián Lario, consiliario de la HOAC de Madrid en los años sesenta.

El 7 de septiembre, nos llegaba la noticia del fallecimiento de Andrés Arenillas, consiliario de Alcalá de Henares, y el 15 de septiembre, la de la madre de María Antonia Molina, antigua militante de Sevilla.

El 21 de septiembre conocíamos la noticia del fallecimiento de Antonio Ceballos, obispo emérito de Cádiz-Ceuta, siempre cercano a la HOAC. Y cuando parecía que cerrábamos esta lista llena de vidas y nombres, nos comunican el 18 de octubre el fallecimiento de Justina Jiménez Salcedo, militante de Cartagena Murcia, tras una larga enfermedad.

Morir es ley de vida. La muerte es condición de nuestra existencia, y eso nos recuerda cada mes de noviembre la celebración de la conmemoración de los fieles difuntos y la festividad de Todos los Santos. Pero para los creyentes no solo la muerte física y final de nuestra vida terrena es condición de la existencia, sino, sobre todo, la muerte cotidiana en la que vivimos.

San Pablo nos recuerda que, ya vivamos, ya muramos, somos del Señor (Rom 14, 8) y que por causa de Jesús estamos a la muerte todo el día (Rom 8, 36). Pero también nos recuerda que esa condición vital de fragilidad, de vulnerabilidad y muerte de nuestra existencia es la ocasión de experimentar cada día el amor de Dios en nuestra vida y que nada hay que pueda separarnos de ese amor (Rom, 8, 35); ninguna limitación, ninguna persecución, ninguna dificultad, y que, precisamente, en todo eso vencemos de sobra, todo lo podemos superar y transformar gracias a aquel que nos ha amado (Rom 8, 37). Aprendemos a morir cada día, para ir aprendiendo a vivir transformados por el Amor.

Esas circunstancias vitales son la ocasión de que vayamos viviendo la misma vida de Jesús, encarnado en nuestra propia carne. Continuamente nosotros, los que vivimos, estamos expuestos a la muerte por causa de Jesús, de modo que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal (2Cor 4, 11), porque ninguno de nosotros vive para sí mismo, y ninguno muere para sí mismo (Rom 14, 7). Cristo murió por todos para que los que viven no vivan para sí, sino para quien por ellos murió y resucitó. (2Cor 5, 15). Y si creemos que Jesús murió y resucitó, de igual modo Dios llevará con él, por medio de Jesús, a los que han muerto (1Tes 4, 14).

No nos afligimos como quienes viven sin esperanza, porque no ignoramos la suerte de nuestros difuntos (1Tes 4, 13). La vida entregada de estas personas con quienes la hemos compartido nos muestra cómo vivir la resurrección, cómo vivir como personas resucitadas, y que nuestra esperanza tiene sentido, gracias a Aquel que nos ha amado, que nos sigue amando, con un amor que nos urge a la esperanza, y se hace abrazo tierno para nuestras hermanas y hermanos fallecidos en el campo de honor del trabajo y de la lucha. De todas ellas hemos aprendido a ir muriendo y, por tanto, a ir viviendo otra vida: la vida nueva de la Resurrección. Ellas y ellos descansan en paz.

Nosotros seguimos ofreciendo nuestra vida cada día, entregada, para sembrarse, para desgastarse y morir, para ser semilla de vida resucitada, como ha sido la vida ofrecida de nuestras hermanas y hermanos difuntos que descansan en el abrazo eterno de la Misericordia entrañable. Nosotros seguimos muriendo cada día, por causa de Jesús, para que otros puedan vivir, en la esperanza de que esta entrega humilde dará frutos de Vida. Seguimos aprendiendo cada día que no vivimos para nosotros mismos, sino que el sentido de nuestra existencia está en vivir dándonos, muriendo, entregándonos por amor. Y experimentamos en nuestra existencia las resurrecciones vitales que anticipan la plena Resurrección.

En esa lucha encarnada vamos haciendo actual la misma muerte y resurrección de Cristo. Él sigue encarnado en nuestras muertes y sigue resucitando en nuestras resurrecciones.

Pablo invita a la iglesia de Tesalónica (1Tes 4, 18) a consolarse mutuamente, ante la experiencia de la muerte, con esta experiencia vivida y compartida con nuestros difuntos. Su recuerdo, memoria agradecida, es consuelo para nosotros, e impulso en nuestras vidas militantes para seguir haciendo de nuestras vidas la experiencia de veinticuatro horas de vida honrada en presencia de Cristo, como lo fue la suya. Y esa memoria se hace también acción de gracias porque impulsa en nosotros la tarea de seguir desgastando nuestras vidas para que otros encuentren en Cristo sus posibilidades de vida digna y plenamente humana. Nuestro consuelo es la esperanza de la Resurrección.

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