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Tiempos convulsos. Otro punto de vista

12 abril 2021 | Por

Tiempos convulsos. Otro punto de vista

Javier Madrazo Lavín.

Como militante de la diócesis de Bilbao quiero realizar una breve valoración de la última novela publicada por Ediciones HOAC: Tiempos convulsos.

A mi juicio, el principal activo de la obra, es hacer justicia y poner en valor, el gran papel,  que en aquella época jugó la Iglesia, muchos consiliarios y, particularmente, los movimientos de Acción Católica (HOAC, JOC y JEC). Especialmente en la defensa de unas mejores condiciones de vida en los barrios, que carecían de los servicios básicos; en la lucha por la mejora de las condiciones laborales en las empresas; en la apuesta por la formación del mundo obrero o en el trabajo en favor de la convivencia y la reconciliación en medio de tanta convulsión y polarización.

Ello no obsta para reconocer que se idealiza en exceso, el papel de la jerarquía, en el apoyo y defensa a los militantes y consiliarios de los movimientos de Acción Católica. Bien sabemos las tensiones e incomprensiones que se vivieron y que llevaron incluso al cambio de estatutos con un cuestionamiento y apartamiento de Guillermo Rovirosa al frente de la HOAC.

De la misma manera que resulta poco convincente la figura de un Papa carente de toda responsabilidad en la dirección y acontecer de la Iglesia, como si fuera alguien que “quiere” pero que no “puede”, debido a que es “rehén” de un grupo que controla los “hilos” en el Vaticano.

Pero la parte que menos comparto es la visión que, de facto, se traslada, de lo acontecido en Euskadi, en la década de los 60 y 70.

Una visión extremadamente parcial y sesgada. Una visión reduccionista y simplificadora de la realidad. Sin matices. Muy maniquea. En blanco y negro. Llena de tópicos y prejuicios. Una visión que se alinea con la que hoy defiende una determinada posición política e ideológica de carácter españolista y conservadora.

Ello adquiere más relevancia si cabe, teniendo en cuenta que en Euskadi se está debatiendo acerca del relato sobre lo sucedido en las últimas décadas.

Por ello es exigible, en una publicación de estas características, un mayor rigor y pluralidad a la hora de abordar una cuestión tan compleja como es la referida al llamado conflicto vasco.

Las entrevistas y testimonios recogidos por la autora, son insuficientes, muy poco plurales y escasamente representativos.

Se descalifica sin matices a la escuela vasca como justificadora de la violencia y exaltadora del nacionalismo excluyente. Algo muy injusto porque hubo una buena parte del profesorado muy implicado con la causa de la educación en valores ético-cívicos y en favor de la paz.

La novela presenta a Euskadi como una sociedad que discriminó y despreció al emigrante, tratándolo como ciudadanía de segunda. Esa no es la vivencia y la experiencia que hemos tenido muchas familias que tuvimos que emigrar en busca de un futuro mejor.

En todo momento nos hemos sentido queridos y acogidos, siendo parte integrante, y de pleno derecho, del Pueblo Vasco.

En esas dos décadas hubo una gran adhesión de muchas personas jóvenes a la causa nacionalista más extrema y a ETA. La novela señala que esa juventud estaba manipulada, engañada y teledirigida por una minoría. Debemos reconocer que esas ideas de opresión y represión hacia la causa vasca, y la necesidad de dar una respuesta, incluso de carácter violento, calaron hondo en amplios sectores sociales. Podemos señalar la equivocación y el rechazo hacia los métodos violentos utilizados y la sectarización de muchos de sus planteamientos. Pero es incuestionable que fue una adhesión consciente y muy interiorizada.

No puedo compartir la visión negativa y la descalificación que hace el libro hacia los partidos de izquierda (“manipulados”), en particular el PCE, y hacia los sindicatos (“politizados”), especialmente tras la legalización.

No fue un camino fácil. Hubo abandonos, desilusiones, confrontación, expulsiones…

Pero es justo reconocer que las conquistas sociales y democráticas de las que disfrutamos, no hubieran sido posibles sin la lucha y el sacrificio de las organizaciones sindicales y políticas de izquierda.

Por último, resulta sorprendente que una obra que se desarrolla íntegramente en el País Vasco elija, para el desenlace final, otra comunidad autónoma, como lugar donde mostrar el reencuentro entre víctimas y victimarios. Máxime cuando es precisamente en Euskadi donde se están propiciando, en los últimos años, desde el Gobierno vasco y desde la Iglesia, este tipo de espacios de diálogo, donde expresar por parte de unos, la autocrítica y el reconocimiento del daño causado, y por parte de las víctimas, el perdón y la reconciliación.

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