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Adviento: nueva oportunidad para la fraternidad

16 diciembre 2020 | Por

Adviento: nueva oportunidad para la fraternidad

Durante el tiempo de Adviento siempre aparece la figura del Bautista que desde el desierto clama a preparar el camino al Señor, a la Esperanza.

El desierto es el lugar que asociamos a la desolación, a la escasez de agua y de fertilidad, donde la vida se abre paso en medio de grandes penurias, aunque siempre hay seres vivos que se adaptan a situaciones tan extremas e incluso hay grupos humanos que son capaces de vivir es esas condiciones.

Muchas son hoy en día las periferias existenciales, que bien podrían ser lugares de desierto, donde la vida se hace difícil:

Personas que, aun trabajando, no alcanzan una vida digna ni para ellos ni para los suyos.

Familias desprotegidas que no cuentan con una vivienda en condiciones o no pueden afrontar los gastos de suministros básicos o de alquiler.

Jóvenes que encadenan trabajos precarios, pero no pueden pensar en un futuro para desarrollar proyectos vitales. Y, además, son culpabilizados por un sistema que considera que alcanzar lo que es de justicia es simple mérito personal.

Migrantes que llegan huyendo del hambre y la guerra, o deslumbrados por una sociedad que exhibe derroche, y que sucumben en su travesía o llegan para ser recluidos como si fueran delincuentes, o sobreviven con trabajos ilegales, que les impiden regularizar su situación o trabajos legales sujetos a condiciones penosas como son algunas faenas de recolección.

Mujeres que cuidan, sin ser contratadas, de personas a quienes queremos, miembros de nuestras familias que necesitan especial atención.

Pueblos que sufren la explotación de su tierra, con la que tienen vínculos ancestrales y que con su saber milenario han desarrollado modos de vida en los que ha primado el respeto y su cuidado.

Miles de trabajadores informales que salen a las calles de las grandes ciudades para vivir recogiendo el cartón, la chatarra, lo que para muchos ya no sirve, y que ellos son capaces de transformar, para sentirse dignos en esa labor.

Hombres y mujeres que, sin protección alguna, y con derechos conculcados, sortean la enfermedad en las zonas francas, en las maquilas, desempeñando largas jornadas para fabricar ropas: bajos costes laborales, que son salarios de hambre, y quizá ropa barata a nuestro alcance.

Estas situaciones, y otras, son los gritos del Bautista. Son gritos que se ahogan en medio de tantos medios de comunicación y tanta maraña de redes, que nos llenan de prevención, de prejuicios o directamente de mentiras que estigmatizan a quien sufre la explotación o la pobreza. Son clamores de justicia y que no nos conmueven, como al samaritano que, atento al sufrimiento, supo hacerse prójimo.

Si Adviento, para las cristianas y los cristianos, es tiempo de espera, debemos convertirnos: sentir, pensar y actuar desde los que de verdad esperan. Y no esperan los satisfechos, solo lo hacen quienes hoy padecen la carencia de sustento, de futuro, de trabajo, de un techo, de un trozo de tierra para poder cultivarla sin esquilmarla: quienes aspiran a una vida digna que el sistema, sustentado en una cultura de la indiferencia y en una economía que mata, les niega.

***

Texto publicado en el blog La cuestión social de Vida Nueva.

 

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