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COVID-19 | Fede, militante de la HOAC de Madrid, cuenta su recuperación

03 abril 2020 | Por

COVID-19 | Fede, militante de la HOAC de Madrid, cuenta su recuperación

Federico Durán, Fede, de la HOAC de Madrid, ha sido dado de alta tras varios días ingresado en un hospital de la capital. En este texto, donde narra su experiencia, hace su particular homenaje a los trabajadores y las trabajadoras que le ha atendido, además de agradecer a todas aquellas personas que lo han cuidado, incluso en la distancia.

El sábado 21 de marzo, después de una semana con fiebre y baja médica desde el miércoles, solicité atención del Centro de Salud Lucero por mi empeoramiento general, acordando con el médico Dr. Carlos B, que pasara para auscultarme. Desde ese momento, 7 de la tarde, he vivido un itinerario personal único en mi vida.

Sentado en una camilla perdí el conocimiento. Cuando lo recobro, desde el suelo, estoy atendido por el doctor y dos enfermeras, que me increpaban para recobrar la consciencia… Y se disculpa una de ellas, porque tal vez me duela el pecho por los golpes que me ha dado.

Oigo al doctor anular la UVI solicitada, recabando ambulancia. Denuncia que no es posible esperar 6 horas. En 45 minutos se presenta Esther, conductora de ambulancia, que me prepara y dispone para el traslado al hospital. Está sola, pero me dice no me preocupe, estará atenta a mí, aunque esté conduciendo…

Llegamos al Hospital Clínico San Carlos de Madrid. Ella realiza todas las gestiones de mi ingreso como paciente hasta dejarme dentro de Urgencias… He sido un privilegiado.

El ambiente en Urgencias está muy saturado. Hay personas sentadas en butacas y otras en camas… Tengo el privilegio de ser “acomodado” en una cama, A01, en medio de un bullir de sanitarios de ropa blanca.

Me “asaltan” cada vez personas distintas, todos jóvenes. Es sábado, turno de guardia de noche, y no hacen más que preguntar y revisarme. Especial el trío que se dedica a hacer placas del tórax con equipos móviles a todos los ingresados, indicaciones con fuerte voz que resuena en toda la zona, la toma de muestra de sangre, electros… O el quinteto de sanitarias que se echan sobre mí, eterna sonrisa, para hacerme una ecografía del pulmón y corazón. Tres médicos distintos evalúan y evalúan… Siempre dicen: “Si sientes o necesitas algo, indícanoslo”.

Al mediodía del domingo, de nuevo privilegiado, me informan de que me trasladan a planta y, sorpresa: 6ª norte, habitación 11, individual. Durante este tiempo, bendita tecnología, puedo comunicarme con mi mujer a través del móvil y, aunque separados, nos facilita conocer los estados de ánimo.

Desde que entré en la habitación, empecé a sentir el calor del personal sanitario. La primera enfermera que me atiende, María, creo recordar, con fuerte voz y gran sonrisa, me indica las cuatro cosas básicas y, lo más importante, el mando para que pueda solicitar lo que necesite. He necesitado su uso bastantes veces, justificadas, y siempre he tenido rápida y afectiva y efectiva respuesta.

En los primeros días, sin fuerzas para levantarme, permanentemente acostado, siempre con la presencia regular del personal sanitario, estuvieron llenos de preguntas, evaluaciones, análisis de sangre, electros, radiografías, sí, por otro trío de gente y sus aparatos de rayos móviles… Por desgracia, en dos ocasiones escuché: “Avisa a Mortuorio”.

Por fin, el jueves pude levantarme para ducharme. Siempre me decían los enfermeros que si quería, ellos me ayudaban a ducharme. Qué grandeza de pequeños actos cotidianos que no valoramos y, más aún, olvidamos que disponemos de ellos sin ser conscientes de que faltan a tantos… El placer del olor a jabón que mi mujer me hizo llegar junto a alguna otra cosa. Una pastilla de jabón de glicerina. Desde ese día, estaba deseando que dieran las 8…, para irme a la ducha.

El martes último, después de la última ducha, quedó una pequeña lámina de la pastilla…, como tanta gente que se está entregando estos días, hasta la extenuación, para que podamos seguir disfrutando de la vida. La conservo. Necesito hacer presente esas pequeñas cosas que me recuerden este tiempo. Como la mascarilla que, el sábado 21, me entregaron en el Centro de Salud. Conmigo estuvo hasta el penúltimo día. Se rompió una de las tiras de sujeción. Hoy la tengo en la habitación, en un pequeño altar. ¡Cuánto servicio me ha dado, y más aún en estos días en los que tenemos tantas carencias de ellas!

Ya en la recta final, tenía ánimo incluso para encender la televisión. El viernes 27 a las 6 de la tarde, divina Providencia, doy al mando y, directamente, 13TV, retransmitiendo la oración del Papa. La recuerdo hoy y sigue sobrecogiéndome su soledad, apoyado para subir las escaleras, su oración ante la Virgen y el beso al Cristo de la Peste de Roma… Sentado, sentí la fuerza de su Oración por todos nosotros, y emocionado hice la señal de la cruz, cuando nos bendijo. Recordando, me sigo emocionando.

Y, oh sorpresa, por primera vez en mi vida me dispuse a “ir a misa” por televisión. Pensé que 13 TV sería lo más adecuado, ¿tal vez presidida por Omella? Y, de nuevo, divina Providencia, al pasar por La2, ¡preside José Cobo! Qué emoción. Pude encontrarle el sábado 7 en unas Jornadas de Pastoral del trabajo, hicimos risas… Le vi muy bien. Cómo no, agradecerle su fuerza en cada momento de la eucaristía, aunque fueron diez minutos de homilía escrita. Nos dice el Papa: cinco minutos para que nos quedemos con lo esencial. Ah, espero verle pronto, darle las gracias por su vocación y entrega y decirle que creo que necesité, necesitábamos, que fijara más la mirada en la cámara, ¡nos hace sentirle más próximo!

Tantos recuerdos, tantas emociones, tantas personas… Poder estar conectado al mundo de la comunicación: Religión Digital (Tagle: nos sobran balas y nos faltan mascarillas. P. Álvaro Sáez: ¿Quién ha dicho que Cristo este año no sale?), El País…

Destacar dos momentos. El sábado por la mañana, la limpiadora del fin de semana, charlando me confesó que el viernes, al llegar a casa, se derrumbó y estuvo toda la tarde llorando, de tantas situaciones que estaba viviendo. Y allí estaba, de nuevo, empujándome para salir adelante.

O el del viernes a las 8. Todas las tardes a esa hora, privilegiado con vistas a la plaza de Cristo Rey, podía ver cómo se acercaban y aparcaban coches de Policía Municipal y Nacional y, siempre a las 7:59, empezaban a sonar las sirenas y veía los aplausos de las casas de Isaac Peral. Ese día, de pronto entra una de las enfermeras, como todos los días toca revisión de la tensión, oxigenación, temperatura, etc, etc, a esas horas y, asombrada, dice a las compañeras que están en el pasillo: mirad, la Policía haciendo sonar las sirenas. Tan entregadas están todos los días con la gente, que no son conscientes del apoyo y los gestos que hacemos para animarlas y agradecerles su esfuerzo.

Gracias a Dios el martes me dieron el alta, para poder finalizar el tratamiento de antibiótico en casa. Llegué a las 13 horas y recibí a las 15 la primera llamada del médico del Centro de Salud, para comenzar el seguimiento, por teléfono, de mi estado.

Por fin el miércoles, bendita tecnología, recibo de Germán imágenes del personal de cocina del hospital. Qué placeres he podido redescubrir estos días: la sopa de fideos, la tortilla francesa jugosa, y confieso una debilidad: soy bastante selectivo con lo que como. Estos días y, más aún desde el viernes, miraba la comida que me daban y, al fondo de la habitación, veía al Papa, solo, con su fuerte mirada y amplia sonrisa, diciéndome: ¿Cómo que no te gusta? ¿Cuántos de nuestros hermanos hoy vivirían si dispusieran de lo que tú hoy tienes en tu bandeja de plástico? Riña de Padre que quiere a sus hijos… Hasta probé por primera vez pavo guisado.

Todo mi corazón rebosa de agradecimiento a las personas, en especial a toda la gente sanitaria, desde cocina, limpiadoras, auxiliares, enfermeras, médicos…, y mi familia: Mariche, Ana Belén y Sady, mi equipo de la HOAC y los de la diócesis. Y valoro más aún si cabe todos mis privilegios cotidianos: cama, ducha, habitación, ventanas. He cambiado y espero que la vida no me lo cambie. Hay que perseverar.

Los jóvenes en verano suelen comprarse una cinta de cuero que se atan en el brazo y la mantienen hasta que se cae. Dicen que les recuerdan los buenos momentos del estío… Aquí sigo con mi cinta, me la pusieron el sábado 21 al entrar al Hospital y la mantendré, para seguir teniendo presente a tantos que me han atendido estos días, mis santos de la puerta de al lado, como dice Francisco.

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