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Nazaret era un pueblo pequeño

18 febrero 2020 | Por

Nazaret era un pueblo pequeño

+ Antonio Gómez Cantero Obispo de Teruel y Albarracín y consiliario de la Acción Católica Española.

El espacio teológico

Cuando nos propusimos, los obispos de Aragón, escribir una carta pastoral, deseábamos llegar al mayor número de personas y hacerlo con un lenguaje comprensible, que todos los grupos pequeños de nuestras parroquias rurales, que aún siguen reuniéndose, lo pudieran trabajar, discutir y rehacer.

Pues si no sería un documento más, pero sin proyección, como tantos y tantos documentos episcopales. El título lo tuvimos claro desde el principio, qué mejor que identificar a estas pequeñas comunidades creyentes con aquel núcleo de unos trescientos habitantes en donde Jesús, el hijo de Dios, decidió encarnarse como un hombre cualquiera. Nazaret es un espacio teológico. Y un subrayado: «La Iglesia en Aragón al servicio del mundo rural». Este subrayado es un compromiso serio que no se puede ni debe echar en saco roto. Porque esta extensión del título tiene demasiada miga.

Los mundos perdidos

Como tantos otros, voy de paso por los pequeños pueblos, muchos de ellos imbricados en la escarpada orografía, de nuestra diócesis de Teruel y Albarracín. Pero todos los de la España poco habitada, ya estén en la montaña o en el valle, son similares. Visito a las personas, de avanzada edad, que los habitan resistiendo sentados en la viga de la solana o entorno al fuego invernal de sus hogares, y observo las piedras centenarias de sus casas y las fachadas ajadas por la lluvia y el viento; también las nuevas casas construidas para el verano; los bancales y terrenos olvidados de las manos trabajadoras; las redondas eras donde hace décadas que ningún animal de tiro trilla sobre ellas; los huertos invadidos por la maleza (quedan tan pocos vivos y bien ordenados…); las callejuelas con una perspectiva rota por la ruina de las últimas casas; la fuente y el lavadero ya sin usar y bien restaurados, para fotos de trotamundos; las ruinas de los torreones o de los castillos defensivos en tiempo de incursiones y de guerras; las escuelas ávidas de griterío convertidas en tabernas de dominó o mus, para mayores, o en ambulatorios semanales para recoger recetas y suspiros; las cuadras, graneros y cobertizos enseñando sus desdentados tejados por los agujeros de su ruina; las ermitas, en los descampados, como espacio de recuerdos; y su iglesia cuidada tantas veces con el esfuerzo de todos, como el único faro de la memoria colectiva de todo un pueblo.

Resignificación versus resignación

No podemos entrar en pesimismos románticos y enfermizos. Nuestros pueblos están habitados. Poca gente no significa poca vitalidad. La medida no está en lo grandioso o en la masificación, sino en la capacidad vital y creativa de muchos de nuestros pueblos. Hay parroquias del medio rural con más vida que muchas de nuestras capitales. Los que somos de Acción Católica sabemos de la regeneración sustentada en un pequeño grupo dinamizador, allí donde parecía que no había esperanza.

Hace unos pocos años el crítico de arte y arquitecto Pier Paolo Aureli, escribió un ensayo titulado: Menos es suficiente contra el lema capitalista y consumista de «menos es más». Te invito a que lo leas y no caerás en la trampa.

Nosotros, los obispos, con esta carta hacemos un reconocimiento, y también un agradecimiento, a todas las personas que, optando por permanecer en los pequeños pueblos de nuestra extensa geografía rural, han sido y siguen siendo los trasmisores y los referentes de nuestra fe. Esta es una carta pastoral, que es competencia de la Iglesia (de los laicos, las comunidades religiosas, los sacerdotes, diáconos permanentes y obispos).

Es un canto a las «minorías creativas» (expresión de Benedicto XVI) que están siendo las comunidades de nuestros pueblos, resaltando el rostro femenino del medio rural.

Es una mirada contemplativa a la «sencillez evangélica» vivida en la mística de lo cotidiano. Es un «elogio de lo pequeño» frente a la valoración de los números y de las masas, frente a la asfixia de la productividad y la dictadura de la apariencia. Es la certeza de la «esperanza en la fragilidad» al igual que en los primeros siglos, tan fructíferos, de la historia de nuestra Iglesia. Allí donde hay un solo creyente, allí estamos todos, está la Iglesia. La esperanza es nuestro secreto.

La pedagogía de la Carta Pastoral

Está construida desde la mirada de Jesús, es la del Buen Samaritano, que se acerca y no pasa de largo, que deja mover su corazón y busca respuestas concretas, afectivas y efectivas, y que se pone manos a la obra, para curar las heridas y dar esperanza. Los desafíos que han generado los nuevos contextos tendrán respuestas desde el protagonismo de las propias comunidades, desde las personas que habitan nuestros pueblos, porque como me decía una señora en la sacristía de un pequeño pueblo: que no digan que esta tierra está vaciada, estamos nosotros y aunque seamos pocos nos deben valorar como merecemos, nosotros también hemos dado vida a las ciudades y las hemos mantenido con nuestro sudor poco valorado.

Una tierra recreada

Creemos que el Evangelio es siempre nuevo y es generador de vida, de novedad, capaz de gestar nuevos escenarios y nuevos dinamismos. La comunidad cristiana, nunca se ha encerrado en sí misma, sino que ha generado un movimiento de ayuda de las más fuertes a las más débiles, de las más numerosas a las más pequeñas, siendo capaces de poder compartir y repartir con los demás. Aún lo poco que posean.

No es cuestión de número, es cuestión de vitalidad, aunque la vocación de la Iglesia es que Cristo y su mensaje, llegue hasta los confines de la tierra. La propuesta es de acogida, de hogar, de espacio para el encuentro y la comunión.

En este sentido, ante nuestros pueblos, todas las confluencias son necesarias. Así, desde la Iglesia, valoramos también los esfuerzos de la Administración, los partidos políticos, alcaldes y concejales, las asociaciones rurales, los nuevos emprendedores, los movimientos ciudadanos que han puesto su mirada en el mundo rural intentando incrementar, o al menos asentar, la población de los núcleos más pequeños.

Alentamos a todos a que estemos atentos a estas pequeñas poblaciones, ya que podemos ser un pequeño resto de lo que un día fuimos, pero nunca nos gustaría y debemos trabajar por ello, para no llegar a ser un residuo.

Nazaret, en arameo significa «Brote». Esta carta pastoral pretende ser el nutriente, para que estos pequeños brotes, que son nuestros pueblos, florezcan, en la medida de los posible, en una nueva primavera, que todos esperamos. Todo requiere un renovado esfuerzo para seguir avanzando en el camino comunitario de la fe, verdadera fuente de vida. ¡Ánimo y adelante!

 

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