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Crónica de unas elecciones anunciadas

28 octubre 2019 | Por

Crónica de unas elecciones anunciadas

Juan Francisco Garrido | Nos encontramos ante un nuevo proceso electoral. Los posicionamientos de los partidos, las posturas de los distintos grupos de presión, especialmente el económico y el mediático, y la incapacidad de dichos acuerdos, han vuelto a poner de manifiesto el papel de la economía neoliberal en la política.

El neoliberalismo ha contribuido a desarrollar una comprensión de la política como una actividad reducida a los partidos políticos y, por tanto, reconociendo como sujetos de dicha actividad solo a los profesionales de la misma. Así nos va. Prevalece una visión economicista de la política. La consecuencia es que se vive y se presenta como un producto en el mercado, en este caso, electoral. A esto es a lo que nos conduce esta «democracia» neoliberal que impera.

Desde esta visión, los partidos ofrecen sus programas electorales como una «mercancía» que los ciudadanos, con derecho a voto, «compran-votan» cada cuatro años o cuando son convocados. Durante ese tiempo solo sus profesionales deciden y actúan. Los ciudadanos, sujetos pasivos, vuelven a valorar los resultados y sus apoyos en la siguiente convocatoria electoral. A eso se constriñe la dimensión política de la naturaleza humana. Y es que el dios mercado lo invade y lo adultera todo, también la vida de las personas, incluida esta noble y necesaria actividad.

El quehacer político necesita, como cuando se lleva cualquier producto al mercado, venderse, darse a conocer y captar el mayor respaldo entre los «clientes-votantes». Y aquí juega un papel crucial la publicidad.

Desgraciadamente, como hace en la sociedad neoliberal, no muestra de manera real y crítica el producto, sino que intenta convencer y persuadir, en muchas ocasiones, ofertando medidas que se sabe de antemano que no van a llevarse a cabo. Y, sobre todo, no corresponsabilizando a los ciudadanos en las políticas que se plantean.

En esta actividad, los grupos de presión económicos, y sus medios de comunicación leales, son claves. El espectáculo, el escaparate, es lo que predomina. Por eso, los eslóganes, las noticias falsas, los bulos… prevalecen sobre la formación y la información veraz.

Programas y propaganda

La guerra por los clientes, es decir, por captar el voto, lleva también a presentar e incluso a elaborar el producto político, el programa, en función de los estudios de mercado, de los sondeos. Como las empresas, los partidos invierten importantes sumas de dinero en publicidad y en los sondeos.

La ideología ha dejado paso a un pragmatismo, donde el producto se va elaborando según las demandas de los clientes. Y esto, con el neoliberalismo hecho cultura, inoculando sus «antivalores» en el corazón de la ciudadanía, es un verdadero problema para la justicia.

La búsqueda del bien particular, el crecimiento y bienestar material ilimitado, el individualismo…, son los criterios que los votantes utilizan, en muchas ocasiones, a la hora de valorar y discernir su voto. Este hecho, lejos de llevar a los partidos a transformar esa cultura, especialmente a los que pretenden cambiar la sociedad para poner a la persona en el centro de la misma, hace que renuncien a muchas de sus medidas y terminen asumiendo la actual organización socioeconómica como la única posible. Esto explica que las diferencias entre la derecha y la izquierda, en demasiadas ocasiones, se establezcan en los derechos civiles e individuales, pero no en lo económico y en los derechos sociales. La socialdemocracia ha sido atropellada por la locomotora neoliberal, aunque ésta nos lleve al abismo.

En este contexto es importante que nos preguntemos, ¿dónde queda la búsqueda del bien común?, ¿a dónde ha ido a parar la actividad política como cauce fundamental para hacer justicia?, y especialmente, ¿la justicia debida a los empobrecidos? No es de extrañar que, cada vez, se nos hable más de buscar el bienestar para todos, que siempre genera mayor desigualdad, porque beneficia más a los que parten con mejores condiciones, que de justicia.

Este es el escenario en el que se han movido los partidos políticos tras las elecciones de abril y en el que se han desarrollado las negociaciones que se han ido produciendo. Unas negociaciones llevadas a cabo a golpe de sondeos y anteponiendo más los intereses y las estrategias, entre ellas la configuración de un relato de lo acontecido para presentarlo a su electorado, que por la búsqueda del bien común y la suerte de los más empobrecidos.

Unas negociaciones también bajo la sombra del poder económico. Todos los partidos, de una u otra forma, aunque con distintos grados de responsabilidad, se han situado en dicha negociación desde el conflicto, pero no para superarlo y buscar la necesaria unidad de acción ante los problemas que atenazan al pueblo, especialmente, a los más débiles, sino que han quedado prisioneros de él, perdiendo el horizonte y proyectando sus propias confusiones, ambiciones e insatisfacciones. Con estos mimbres, las negociaciones han sido crónica de una nueva convocatoria electoral.
Las elecciones del 10 de noviembre pueden ser, una vez más, con algunas variantes, una llamada de la ciudadanía al diálogo y al pacto. La solución ante la fragmentación del voto no puede ser modificar la ley para que se pueda formar gobierno, sino cambiar la política y generar una cultura del acuerdo y de la unidad en la diversidad. Pero para ello, se ha de romper esta concepción mercantil.

El bien común

Hay que de dejar de mirar las encuestas para preguntar por el bien común y por la suerte de los empobrecidos. Hacer esto, supone priorizar, con realismo, los problemas que tiene la ciudadanía y no las exigencias del mercado y las imposiciones de los grandes grupos económicos. Y esto lleva a generar y a diseñar una cultura que privilegie el diálogo como forma de encuentro, que busque consensos y acuerdos, poniendo en el centro la preocupación por una sociedad justa y sin exclusiones.

Requiere de las fuerzas políticas un ejercicio de responsabilidad y generosidad, y que desarrollen una comunión en las diferencias, que solo pueden llevar a cabo las personas y los grupos que anteponen lo que es realmente necesario a largo plazo a unas estrategias cortoplacistas. Esto es lo que exige vertebrar una sociedad y un proyecto político profundamente humano.

Pero, para que esto pueda ser, todos nosotros necesitamos reivindicar nuestra dimensión política. La política solo podrá sacudirse su economicismo si la ciudadanía se moviliza y participa. Hemos de tomar postura consciente ante los distintos procesos electorales. Pero no podemos conformarnos con delegar. Hemos de asumir nuestra responsabilidad, arrimar el hombro desde nuestro pequeño mundo (barrio, empresa, centro educativo, comunidad de vecinos…), generar un control político de los partidos y sus estrategias, exigir información real… Tenemos que leer más y ver menos televisión y menos redes sociales de manera acrítica. Hemos de crecer en formación y en conciencia, y romper el individualismo en el que nos ha envuelto la sociedad neoliberal.

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