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No hay excusa

24 septiembre 2019 | Por

No hay excusa

Araceli Caballero | La crisis climática que ya tenemos encima (quienes hayan «disfrutado» del verano por estas latitudes no necesitan más argumentación, me temo) afecta a todo el mundo, y el del trabajo no es una excepción.

El aumento de la temperatura podría ocasionar la pérdida de 72 millones de empleos, alerta la Confederación Sindical Internacional (CSI). Un informe de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) señala que, a corto plazo, se deberá a olas de calor, tormentas, inundaciones, sequías, etc.

A más largo plazo, la magnitud de la tragedia dependerá de en qué medida y con qué contundencia se reduzcan las emisiones de gases invernadero (GEI). La agricultura es una de las mayores perjudicadas; en algunos países, los cultivos de secano pueden reducirse a la mitad, según el mismo informe OIT, que concluye que «la adaptación al cambio climático será fundamental para proteger las empresas, los lugares de trabajo y las comunidades».

Por aquello de que se rasca quien siente picor, además de aquello otro de que si eres parte del problema eres parte de la solución, la CSI ha lanzado una campaña de sensibilización, que puede traducirse, entre otras acciones, en reclamar a las empresas planes para reducir el consumo energético y la huella ecológica. Este es el objetivo de convocar el 26 de junio como Día Mundial de Acción Climática en los Centros de Trabajo.

Este año, animaban a los trabajadores a dirigirse a sus patronos para conocer los planes de reducción de GEI o, en su caso, para elaborarlos, así como para reclamar mayor implicación en el tema.

Noticias obreras –incluida esta sección– ha dedicado repetidas veces su atención a las repercusiones que la crisis climática tendrá en el terreno laboral y a la consecuente –e inesquivable– transición. Esta necesaria transición ecológica –afirman fuentes sindicales– es una oportunidad «para transformar y crear sectores más sostenibles y empleos verdes y de calidad», pero no puede ocultarse que, en el proceso, se perderán puestos de trabajo.

Por todo ello hacen falta políticas, planes y, sobre todo, compromisos concretos, para que sea una transición justa, sin dejar nadie atrás, garantizando los derechos de las personas afectadas. También hemos hablado de las considerables oportunidades de empleo que encierra una economía sostenible, de manera que se trata de crear alternativas a través de empleo verde y decente.

En el camino, pueden también ponerse en marcha medidas más modestas, pero efectivas tanto en lugares de trabajo administrativos o industriales –ahorro energético y de materiales, como el papel, racionalización de recursos y de horarios, etc.– como, muy especialmente, en la agricultura, donde el abuso del regadío o los viajes de largo recorrido de los alimentos producen una extensa huella ecológica: agricultura sostenible y de proximidad.

No tenemos excusa. La CSI en su campaña es clara: «No habrá empleos en un planeta muerto. La alternativa es crear buenos empleos en un planeta vivo».

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