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Por un nuevo proyecto social europeo

21 junio 2019 | Por

Por un nuevo proyecto social europeo

Juan Fran Garrido | Es urgente y necesario construir un proyecto social europeo que ponga a la persona en el centro del mismo. Un proyecto que afronte decididamente la fractura social, las desigualdades, los problemas medioambientales y la injusticia que padecemos. Solo así podremos afirmar que nuestra sociedad es decente.

El filósofo Avishai Margalit nos dice que «una sociedad decente es aquella cuyas instituciones no humillan a las personas»[1]. Construir un proyecto europeo que configure una sociedad decente nos presenta unos retos inaplazables:

1. La inclusión social de los empobrecidos. 113 millones de personas están en riesgo de pobreza en la Unión Europea. Una cifra que equivale al 22,5% de la población comunitaria. La pobreza en la UE es todavía un 4% más alta que antes de la crisis de 2008. La lucha contra la exclusión y la pobreza necesita urgentemente: A) Desarrollar políticas de empleo que favorezcan un trabajo digno. Es fundamental frenar el empleo flexible, precario, inseguro y sin derechos y proponer políticas que comprendan y organicen un trabajo que ayude a vivir y a salir de la pobreza. B) Avanzar en el reconocimiento efectivo de los derechos sociales. Éstos no pueden estar vinculados a tener o no empleo y necesitan de los recursos necesarios para poderlos garantizar. La Carta Social Europea debe desarrollarse y armonizarse en toda la Unión. Solo así podremos convertir la solidaridad en un criterio efectivo de construcción social. C) Avanzar en una política fiscal progresiva y común. Profundizar en solidaridad requiere de una política fiscal que redistribuya la riqueza y que impida, decidida y coordinadamente, la evasión de capitales. D) Poner medios para generar una nueva economía. Una economía que no mate y que no descarte personas. Es necesario controlar democráticamente el capital financiero propiciando instituciones y medidas política que frenen el endeudamiento y la subordinación del poder político al económico. Las funciones del Banco Central Europeo deben ser redefinidas para ponerlo al servicio real de la ciudadanía y de una economía más social.

2. Desarrollar unas políticas migratorias y de asilo verdaderamente humanas. A Europa no se le puede olvidar llorar. Esta política debe cumplir los acuerdos internacionales y afrontar el drama humano que representan los flujos migratorios. Enarbolar la bandera del rechazo a la inmigración irregular y de la lucha contra las mafias no puede hacerse mientras se aprueban medidas migratorias que cada vez dejan a más familias fuera de los límites de los flujos legales. No es tiempo de muros ni de campos de refugiados donde se hacinan personas, es tiempo de puentes. Eso conlleva liderar una política internacional que tenga como eje los objetivos de desarrollo sostenible aprobados por la ONU y contemplados en la agenda 2030. Frente al «mi país es lo primero» hemos de avanzar en decisiones y medidas políticas cimentadas en «la persona es lo primero». Una política internacional dirigida a los más empobrecidos genera un proyecto social donde nos beneficiamos todos.

3. Frenar el cambio climático y cuidar la casa común. Es improrrogable hacer operativos y reales los acuerdos adoptados en las diferentes cumbres climáticas. La democracia es real cuando las decisiones que se toman tienen en cuenta también el futuro de las nuevas generaciones. Cuidar la casa común es un deber que no podemos soslayar. Es muy importante dar pasos en la autonomía energética de la Unión. Y esto pasa por potenciar energías limpias y sostenibles. También por controlar y reducir las emisiones y los deshechos que generamos.

4. Mayor democracia en las instituciones europeas. Necesitamos democratizar las instituciones europeas. La ciudadanía tiene que experimentar la corresponsabilidad política y la utilidad de las mismas y su eficacia ante los problemas reales que padece. Así no crecerá la desafección hacia la Unión. Los brexits y los movimientos políticos que se repliegan sobre sus fronteras nacionales no avanzarían.

Toda esta acción política necesita de realismo. Pero un realismo que no podemos confundir con el pragmatismo que defiende que la política solo es el arte de los posible. No, el realismo que demandamos es conocer la realidad, encarnarla, especialmente, entre las personas más débiles, para que la política haga posible lo necesario para la ciudadanía y, de manera prioritaria, para las personas empobrecidas.

[1] Cita recogida en el libro Amarya Sen, Joseph Stiglitz e Imanol Zubero: Se busca trabajo decente. Ediciones HOAC. Madrid, 2007. Pág. 15.

 

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