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De nuevo, la xenofobia: ¿algo más que un fantasma que recorre Europa?

24 abril 2019 | Por

De nuevo, la xenofobia: ¿algo más que un fantasma que recorre Europa?

La xenofobia amenaza los cimientos de las sociedades decentes, al despojar al otro de los derechos que le son propios. Sin reconocer al diferente como igual en derechos, no puede haber democracia real, ni convivencia en libertad.

Javier de Lucas | Vivimos en sociedades plurales, que no gestionan bien la diversidad, en términos de inclusión, igualdad y reconocimiento de quienes son diferentes. Lo puso, por ejemplo, de manifiesto, Jesús Vidal, el actor de Campeones, al recibir el Goya como actor revelación, cuando habló de «visibilidad». La cuestión sigue siendo el trato al «otro».

Eso me lleva a plantear en qué sentido el otro, el extranjero, es objeto de nuestro rechazo, de nuestro temor, de nuestro miedo. Extranjero, ¿qué quiere decir?

El cantante francogriego (y de origen egipcio) Georges Moustaki cantaba Le métèque (del griego metoikos, el que cambia de casa, aplicado a los ciudadanos no atenienses con derechos restringidos), por su pinta de «extranjero, judío errante y pastor griego». Los ingleses distinguen entre strangers, extraño, desconocido, con sentido no muy amable, y foreigners, el que viene de fuera. San Agustín, por su parte, ya decía «yo soy dos y estoy en cada uno de los dos plenamente».

El otro está dentro de nosotros, por eso, cada uno de nosotros es a la vez otro. Pensar que el otro es solo alguien que viene de fuera es una reducción que tiene serias consecuencias. Así, el otro es objeto de un juicio que oscila, tantas veces, entre el rechazo, el miedo y la persecución, precisamente por temor a lo desconocido, por prejuicio e ignorancia hacia lo que no sabemos qué es. En el fondo, esta es la raíz de la xenofobia.

La xenofobia no debe analizarse solo como reacción ante las migraciones. Es verdad que ese es el objeto político en el que se fija el discurso xenófobo, que está avanzando en Europa y que, si no conseguimos contrarrestarlo, puede producir una hecatombe política en el plano europeo y un desastre en el panorama político español. Se utilizan las migraciones como mascarón de proa, pero no se puede entender la xenofobia como si fuera solo un asunto que tiene que ver con las migraciones.

En el fondo, la xenofobia apunta directamente contra el núcleo, el mínimo común denominador, sin el cual no podemos convivir, ni tener, no ya sociedades democráticas de calidad, sino sencillamente, sociedades decentes.

El filósofo Charles Péguy decía que una sociedad decente es aquella en la que nadie tiene que sentirse excluido, ni marcharse al exilio físico o al exilio interior, que evita el exilio, en la que cada uno de nosotros, que somos un «otro», somos reconocidos desde esa condición diferente como igual. Ese ideal moral mínimo, el de una «ciudad sin exilio», es una obligación moral que nos corresponde a todos: construir una sociedad en la que nadie deba vivir privado del reconocimiento de la condición de sujeto de derecho, que es la del ser político que, como ciudadano, goza de la protección del derecho que dispensan los Estados.

La xenofobia, insisto, es justo el mensaje contrario al de la igual libertad para todos, es decir, el mensaje de la universalidad de los derechos humanos. La tesis de la universalidad se comprueba mediante el test de los derechos de los otros. Uno no se toma en serio los derechos humanos si no se toma en serio los derechos de los otros, de cualquier tipo de otros, comenzando por quienes son la mayor parte de los otros, que son las otras, las mujeres, personas a las que no hemos reconocido su igual identidad durante siglos, encerradas en una división social basada aparentemente en la diferencia de género y categorizada por uno de nuestros padres de la tradición cultural, Aristóteles.

Al lado de esa mayoría, que son las otras, hay muchos otros a los que no se les reconoce iguales en derechos que a nosotros: los extranjeros; en particular, los inmigrantes; los otros por la diversidad lingüística, religiosa, nacional, funcional, sexual; los otros que son los niños y los otros que son los ancianos.

Mientras no nos tomemos en serio esa igual condición de todos los otros, no podemos construir una sociedad decente. Esa es la razón por la que la xenofobia es tan grave y por lo que no es solo un problema de cómo tratamos a los inmigrantes, como arquetipo del extranjero, de la vieja noción de extranjero. El fenómeno va mucho más allá, va más al fondo de la raíz, va a los principios de construcción de una sociedad decente. No se puede banalizar este asunto.

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