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Nicolás Sartorius: «Reformar la Constitución requiere consensos y pactos»

14 diciembre 2018 | Por

Nicolás Sartorius: «Reformar la Constitución requiere consensos y pactos»

José Luis Palacios | Nicolás Sartorius, cofundador de CCOO y condenado en el proceso 1.001, tuvo un importante papel durante la Transición. Fue diputado del PC y de IU y ahora pertenece a la Fundación Alternativas. Al tiempo que defiende un proyecto federal para España, acaba de publicar el libro La manipulación del lenguaje.

Su libro es un esfuerzo por devolver el sentido profundo a las grandes palabras. ¿Cómo afecta esta manipulación a la democracia?

Las grandes batallas de las ideas empiezan por el lenguaje, la base de la comunicación y la cultura. Si uno lanza una idea y se hace, como se dice ahora, viral, ha ganado mucho. Detrás de las ideas, están los intereses políticos y económicos; la lucha por el poder y la hegemonía, en definitiva. Esta manipulación contribuye a corromper el sistema democrático. Es un hurto intelectual. La democracia tiene que basarse en la verdad y la transparencia, de lo contrario, la gente no puede tomar decisiones correctamente. Me preocupa que en democracia utilicemos el lenguaje engañoso.

Ante el 40 aniversario de la Constitución, ¿qué enseñanzas de la Transición no deberían olvidarse?

Para avanzar, no solo debe haber estados de opinión propicios y una movilización en favor de ciertos objetivos, sino que también hay que pactar. Lo que demostró la elaboración de la Constitución del 78 fue que, para que fuera válida para todos, tenía que ser resultado de un gran pacto en el que no hubiera una imposición de una parte sobre la otra. Por una vez, en la historia de España, conseguimos una Constitución que vale para el conjunto de la sociedad, para todos y, además, es bastante avanzada. No fue una imposición de una parte sobre otra. Si queremos reformar la Constitución, hacen falta consensos y pactos, mayorías amplias y cualificadas.

Usted insiste en que la democracia se logró principalmente gracias a la izquierda y el movimiento obrero, a lo que tal vez haya que añadir también el papel de la Iglesia. Sin embargo, después no ha habido ese interés por consolidar el patriotismo constitucionalista…

El movimiento obrero jugó un papel muy esencial. Dentro de él, había fuerzas cristianas sin duda. Una parte de la Iglesia española apoyó, colaboró y facilitó que llegara la democracia. Yo, que no soy religioso, nunca fui tanto a las iglesias como en aquella época, eran un refugio para CCOO, para movilizar los barrios…

El patriotismo constitucional que defiendo y del que hablo en el libro se ha perdido. Se ensalza mucho la Constitución, por parte, incluso, de fuerzas de la derecha que no la votaron, pero no se ha reconocido su valor, no se explica en las escuelas, el día de la Constitución no es la fiesta nacional. Agustín Argüelles, en las Cortes de Cádiz, al aprobar la de 1812 dijo: «Españoles, ya tenéis patria». Ahí está la patria y ese el patriotismo que yo practico, el de la libertad, la democracia, la solidaridad y la igualdad, y no el identitario de los nacionalismos que dividen y sirven siempre a la derecha.

¿Qué supusieron los llamados Pactos de la Moncloa, previos a la aprobación de la Constitución?

Cuando Franco murió, no llegó la democracia. La dictadura siguió con el gobierno de Arias-Fraga. Hubo meses decisivos de una movilización social enorme que acabó con ese tapón. Luego llegó Suárez con la idea de pactar. La movilización, la hizo la izquierda y luego pactó con la derecha. En un equilibrio de debilidades, en un equilibrio de fuerzas determinado, es necesario el pacto. Había una situación económica catastrófica con una inflación del 26%. Había que crear las condiciones mejores para poder elaborar una constitución. Eso fueron los pactos de la Moncloa. Y que se empezara a pagar impuestos, porque sin eso no hay estado del bienestar posible.

El sindicalismo ha sufrido ataques feroces por el llamado neoliberalismo pero, ¿cuáles han sido sus «errores no forzados»? ¿Cómo pueden ser relevantes en la globalización actual?

Para revitalizar los grandes acuerdos, no hay otro método que movilizarse y crear las condiciones favorables para que la otra parte se vea obligada a pactar. Si el capital ha pasado por encima de todos en la gran crisis a partir de 2008 es porque ha habido una debilidad grande de los partidos de izquierda y de los sindicatos. No hay un sindicalismo europeo, no hay partidos europeos. La izquierda funciona a escala nacional cuando el mundo es global.

Tenemos que analizar los cambios: qué supone la globalización, qué son las grandes corporaciones financieras y tecnológicas, cómo es el capitalismo hoy, cómo funciona, qué significa la revolución digital que va a cambiar todo, también el trabajo con la robotización… Y ser consciente de que estamos en la Unión Europea, donde se toman el 60% de las decisiones que afectan a los estados. Para ser relevante, no se puede funcionar solo. Hay que crear un auténtico movimiento sindical europeo con capacidad operativa real. Sé que existe la Confederación Europea de Sindicatos, pero no he visto grandes huelgas y manifestaciones europeas. Miremos a Grecia, han hecho 18 huelgas generales que no han servido para mucho.

También hay que atender las nuevas realidades del trabajo: cómo organizar a los nuevos sectores que no están en las fábricas, ni en las grandes empresas, trabajadores que ganan poco y están aislados. Sé que los sindicatos están intentando resolver estas cuestiones, pero lo cierto es que la situación ha cambiado mucho y no podemos mirar al pasado.

Pasados 40 años, con una democracia asentada, tan imperfecta como las demás, vivimos un tiempo de confrontación permanente y exaltación de las diferencias. ¿Qué sentido tiene su propuesta de desarrollar la España federal?

Se está abriendo camino en España la opinión de que es necesario culminar el sistema de las Autonomías dentro de un Estado federal, reformar el Senado, clarificar las competencias, con una financiación más justa y mejor. La ruptura no lleva a ninguna parte, es inviable y sería una catástrofe. Por otra parte, quedarse como estamos, practicar el inmovilismo, solo sirve para alimentar fuerzas independentistas. Hay que buscar una solución que nos venga bien a todos, es una necesidad de país. Necesitamos ese clima favorable para acometer la reforma federal y las garantías como derechos fundamentales de algunos derechos sociales. No creo que, de verdad, nadie plantee volver el estado centralista. Puede ser que de momento alguien no vea la solución federal, pero tampoco la derecha veía la democracia y al final la pactó. Todo depende de la correlación de fuerzas.

La UE no atraviesa su mejor momento con partidos nacionalistas, xenófobos y abiertamente antieuropeístas. ¿Qué hay que cambiar para que Europa sea parte de la solución y no otro nuevo problema?

La gran amenaza es el reverdecimiento del nacionalismo, siempre nefasto, siempre una lepra. Ha sido el origen de las grandes guerras, que parte de negar a los demás, de tratar de imponerte sobre los demás. Está creciendo ahora porque estamos ante una globalización no es inclusiva, con muchos perdedores que se han quedado atrás. Hay un discurso muy fuerte que también alientan Trump y Putin, porque ven a la UE como un rival, como un modelo mucho más atractivo que el suyo, que refuerzan las tendencias egoístas, insolidarias que se suman al rechazo fácil y demagógico al emigrante. Ya sucedió en los años 30, con el auge de los fascismos y el nazismo.

La gran batalla es ganar al nacionalismo, ya sea en Cataluña, en Italia, en Hungría, en Polonia, en Francia. Las fuerzas de izquierda y el movimiento sindical deben combatir todo esto. Si las fuerzas nacionalistas se cargan la UE nos encontraremos con el enfrentamiento entre europeos, que precisamente superamos con la construcción de un marco común.

Es verdad que la política social es competencia nacional. Ha habido fondos de cooperación, que en parte han levantado España y otros países más atrasados. Pero no hay un salario mínimo europeo, fondos sociales para ir equiparando las diversas situaciones de cada país. Esa es una batalla que hay que dar. Para crear la Europa social hay que movilizarse, luchar y negociar. Una gran lección de la Transición, pero también de la construcción del modelo europeo, es que nadie te regala nada, hay que pelearlo, conquistarlo…

¿Contamos con instituciones y mecanismos suficientes a nivel mundial para afrontar los desafíos con garantías?

Es un hecho que, en la actualidad, la mundialización está dirigida por grandes poderes económicos, financieros y tecnológicos con más poder que muchos estados. De ahí que sea necesaria la UE, si queremos pintar algo. No hay un gobierno mundial, es algo muy utópico. Las Naciones Unidas hacen lo que pueden. No existe una institución que fomente la inclusión y la solidaridad de la globalización, aquí la UE debería jugar un papel más importante.

¿Cree que estamos más cerca de la llamada sociedad poscapitalista, de un nuevo paradigma todavía sin definir o nos acercamos sin remedio al colapso?

Por naturaleza, soy optimista. Tenemos un problema, la destrucción del medio ambiente. Es el problema número uno. Evidentemente, hay riesgos, pero la humanidad ha sabido salir de situaciones parecidas. No creo que estemos al borde del colapso. Estamos a punto de entrar en una civilización nueva, con una revolución digital que va a ser tan o más potente que la revolución industrial y va a depender de lo que hagamos. A Kant le preguntaron, ¿hacia dónde van Francia y Alemania? Todos pensaron que iba a lanzar un gran discurso filosófico y se limitó a decir: «Depende de lo que hagan». Pues digo lo mismo, podemos ir hacia el colapso o no dependiendo de lo que hagamos, la revolución tecnológica ofrece grandes oportunidades para la liberación de la humanidad, como la superación de los trabajos penosos. Una sociedad superior tiene que estar basada en una tecnología superior y parece que estamos a punto de tenerla.

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