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Andrés R. Amayuelas: «La solidaridad está en el ADN de la ciudadanía»

26 octubre 2018 | Por

Andrés R. Amayuelas: «La solidaridad está en el ADN de la ciudadanía»

José Luis PalaciosAndrés R. Amayuelas, de Amycos, una pequeña asociación de Burgos, ocupa actualmente la presidencia de la Coordinadora de ONG de Desarrollo. Formado con los jesuitas, se inició como activista en el Comité Oscar Romero durante las protestas contra la celebración del V Centenario del ‘Descubrimiento’ y vivió en primera fila las movilizaciones por el 0,7.

A llegar a octubre el movimiento Pobreza Cero, del que la coordinadora es pieza fundamental, pone en marcha su campaña para combatir la miseria. ¿Cuáles van a ser las prioridades este año?

El tema central, por importante que sea hablar de la pobreza y conocer qué personas se encuentran en esta situación, es la desigualdad. Empezamos hablando, hace años, de la riqueza que empobrece y del desigual reparto de la riqueza mundial. Algo que ha ido ganando peso en todo este tiempo. Ocho hombres, recalco lo de hombres porque la desigualdad tiene muchas caras, acaparan la misma riqueza que la mitad más pobre de la humanidad. El 1% de la población tiene la misma riqueza que el 99% restante.

La campaña «Pobreza Cero» empezó a tener visibilidad hace 12 o 13 años, trataba de ser algo transversal, no solo hablamos de los países empobrecidos, que es nuestro ámbito de trabajo, sino también de las pobrezas que vivimos aquí, porque están muy ligadas. Ya no podemos hablar de países del sur y del norte, hay muchos sures en el norte y mucho norte en el sur. Hay países con muchas riquezas, materias primas y producción, que están en manos de muy poca gente, lo que genera un reparto muy desigual. Esto es lo que nos ha ido llevando a poner el foco en la desigualdad.

Recientemente, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), informaba de que por tercer año consecutivo había aumentado el número de personas que pasan hambre en el mundo, hasta llegar a los 821 millones…

Nos retrotrae a situaciones que pensábamos que estábamos superando. Tiene mucho que ver con la dejadez de muchos gobiernos, con la retirada de los acuerdos mundiales (Derechos Humanos, Cambio Climático, etc.), con la financiación de Naciones Unidas, con el recorte de la Ayuda Oficial al Desarrollo. En vez de favorecer su logro, el sistema económico está haciendo más difícil el cumplimento de los objetivos de desarrollo, la agenda 2030. El papa Francisco lo resume muy bien cuando dice «esta economía mata». El sistema no garantiza una vida digna a la mayoría de la población mundial. El actual modelo de producción, de consumo, y de distribución de la riqueza propicia la acaparación de tierras, la degradación del medio, los paraísos fiscales, la evasión de impuestos, la privatización de lo público…

¿Qué papel deben reforzar las organizaciones sociales a la hora de contrarrestar esta creciente animadversión hacia los que intentan huir de la guerra y la miseria?

El asunto de las migraciones y los refugiados, por lo general, se aborda con visiones muy reducidas. Estamos hablando de gente con derecho a la movilidad, reconocido en la Declaración Universal de Derechos Humanos, de personas que no tienen medios para llevar una vida digna en sus lugares de origen. Europa cierra las fronteras y maltrata y explota a los que consiguen llegar.

Hay un discurso falso. Estas personas vienen a aportar. En un país como España, con el descenso de la población, están ayudando a mantener el sistema público de prestaciones. Sin embargo, hay un de odio que no tiene que ver con que sean distintos, sino con que son pobres, es la aporofobia. Pablo Casado, del Partido Popular, ha tenido un discurso próximo a la xenofobia y el racismo, como el que está avanzado en otros países.

Todas las organizaciones que trabajamos por la justicia social, no solo las dedicadas a la cooperación, deberíamos de ser capaces de explicar a nuestros conciudadanos las causas que originan la pobreza, la desigualdad, la insostenibilidad, las migraciones…, para buscar soluciones reales. Más que centrarnos en las consecuencias debemos ir a las causas.

¿Cómo han evolucionado las ONG de cooperación?, ¿se reducen a labores asistenciales, sin plantear cambios de calado?

Muchas organizaciones están evolucionando hacia la incidencia social, cada vez son más conscientes de la necesidad de cambiar las políticas actuales. En la coordinadora llevamos mucho tiempo hablando del índice de coherencia de las políticas de desarrollo, porque no tiene sentido querer arreglar por un lado lo que se deshace por otro. Poco a poco, vamos orientando a los gobiernos hacia el cambio que queremos. Pero no podemos olvidar que hay muchas agendas, muchos intereses en juego y que hay otros actores con más capacidad de incidencia y más dinero.

Lo hemos visto con la venta de armas a Arabia Saudí…

Los intereses de la industria armamentística y el miedo a la pérdida de empleo han cambiado una decisión que unas organizaciones habían arrancado al gobierno. Está claro, una cosa es predicar y otra dar trigo. Hay que buscar alternativas a la industria de armas, Navantia podía estar orientada a la renovación de la flota petrolera que está muy obsoleta. Hay que ser coherentes. Si apostamos por la cultura de la paz, por defender los derechos humanos a nivel internacional, hay que hacer algo en nuestro país para que sea posible. Pasa también con la energía. Se habla mucho de las renovables y seguimos cautivos del carbono y se tiene miedo a perder votos en las cuencas mineras.

¿Qué ha pasado con la cooperación al desarrollo en España y qué se puede esperar del Gobierno actual?

Es la política que más ha sufrido los recortes. Si se combinan los recortes estatales con el del resto de las administraciones públicas, se ha reducido la ayuda al desarrollo un 70% en diez años. Estamos hablando con el Gobierno para recuperar esa política en los próximos presupuestos. No parece que vaya a haber más que un maquillaje. Habrá un leve incremento, pero será mínimo. Estamos reclamando un 0,4% del PIB al final de la legislatura, cuando ahora estamos en un 0,2%. Hay que decirle a Pedro Sánchez que o pone dinero para el desarrollo o tendrá que cambiar de discurso. En julio, cuando explicó su programa, apostó por apoyar la política de desarrollo y la agenda 2030. Eso sin dinero no se logra.

¿Qué opina de la propuesta de elaborar un Plan África para ayudar a los países de origen de los migrantes que cruzan el Mediterráneo?

Responde a la voluntad de controlar las migraciones, pero sin plantearse las causas. Ya ha habido otros planes Áfricas y se está debatiendo otro ahora mismo. Nuestro análisis, compartido con las organizaciones europeas, es que Europa está utilizando el dinero de la cooperación para blindar y retrasar las fronteras para que no las veamos. Quieren que se queden más abajo del Sáhara, para que no haya imágenes incómodas, como las concertinas o el Tarajal.

¿Qué peso en la sociedad tienen hoy en día las ONG de desarrollo y que prioridades se han marcado?

La ‘coordi’, en el informe del sector que hace cada dos años, muestra que hemos pasado de tener un 60% de fondos de origen público y un 40% privado a tener un 60% de fondos privados y un 40% públicos. A pesar de que hemos tenido que despedir gente por causa de la crisis, se ha incrementado la base social y, sobre todo, el voluntariado. Hablamos del sector de la cooperación para el desarrollo, hay 20.000 personas aportando su tiempo y su trabajo de manera voluntaria. Nuestra valoración es que las administraciones públicas han suspendido, mientras que la ciudadanía ha sacado un sobresaliente alto. Hay muchos ejemplos, como cuando ante una emergencia humanitaria la gente dona dinero o como cuando se hablaba de la crisis de refugiados, la gente se mostraba dispuesta a abrir sus casas. La solidaridad está en el ADN de la ciudadanía.

Como coordinadora estamos en el proceso de definir el marco estratégico con el que orientarnos los próximos años. Unas 400 personas de distintas organizaciones vamos a Málaga este mes al encuentro «Islas encendidas: Quorum Global» para ir construyendo un relato compartido. Vemos importante armar un relato con otros sectores sociales sobre cuáles son las causas de la pobreza, la desigualdad, la insostenibilidad, pero también ser capaces, sobre todo, de identificar las semillas de esa otra sociedad, no solo posible, sino en construcción, gracias a la banca ética, el comercio justo, la cooperativas energéticas, la economía colaborativa… No lo queremos hacer solos, dentro de nuestro rol tradicional, sino conectados con los otros sectores sociales, con la certeza de que caminamos hacia el colapso y es algo urgente. Lo decía Ban Ki-moon, somos la primera generación que puede acabar con la pobreza y la última que puede acabar con las consecuencias del cambio climático.

¿Seguirá la política de cooperación pareciendo un lujo reservado a los tiempos de bonanza económica?

Queremos recuperar la cooperación para el desarrollo como una política pública previsible, con fondos adecuados, para poder reforzar la labor de las organizaciones españolas que ya estamos trabajando en 115 países del mundo con más de 35 millones de personas en contextos muy difíciles, incluida la pobreza extrema. Y hacerlo con unas políticas coherentes para que mientras aportamos dinero para solucionar los problemas no estemos por otro lado contribuyendo al cambio climático, alimentando el machismo, favoreciendo la evasión fiscal, degradando el estado del bienestar…

El apoyo mutuo no solo es posible, sino que es necesario, y debe estar en la base del desarrollo global y de una ciudadanía compartida. Hay que hacerlo desde la gratuidad. Fue muy desafortunado decir que no nos podíamos permitir la solidaridad porque costaba dinero. Eso no es solidaridad. No podemos cerrar los ojos a la situación de la gente, ni olvidar que nuestros estilos de consumo generan pobreza en otros lugares. La buena noticia es que, si nos movemos, cambiamos todo.

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