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Fernando Rivas: «El cristianismo es fruto de consensos entre tendencias muy plurales»

24 enero 2018 | Por

Fernando Rivas: «El cristianismo es fruto de consensos entre tendencias muy plurales»

José Luis Palacios | Este profesor de Teología en la Universidad Pontificia Comillas, especializado en los orígenes del cristianismo acaba de publicar en Ediciones HOAC, Cuando el cristianismo era joven. Vivir, pensar y actuar desde los orígenes de la experiencia creyente. Es consiliario de la Acción Católica Obrera en Madrid y pertenece a la Asociación Internacional de Patrística y a la Asociación Bíblica Española.

¿Qué interés puede tener en la actualidad leer y aprender de los llamados Padres y Madres de la Iglesia?

Aunque son múltiples las ventajas, destacaría las siguientes: acercarse a las fuentes más cercanas a los orígenes cristianos, si excluimos los evangelios; encontrarse con una tradición propia, riquísima en todos los aspectos (literarios, espirituales, teológicos…); descubrir una pluralidad inaudita de vivir el cristianismo, y tener una especie de antología de los mejores textos. Más no se puede pedir.

¿Corremos el riesgo de convertir aquel «cristianismo joven» en una idealización? ¿Qué similitudes y diferencias hay entre aquel cristianismo de los orígenes y el del siglo XXI?

Hoy se dispone de multitud de fuentes, algunas relativamente recientes como los textos de Qumrán o de Nag Hammadi, y nuevas investigaciones, especialmente las llevadas a cabo en países anglosajones o centroeuropeos y en ámbitos universitarios, para salir de este «mito fundacional».

Toda comparación es odiosa, y esta con mayor motivo. Sin embargo, entre los parecidos resaltaría el hecho de que el cristianismo se está convirtiendo, sobre todo en nuestras sociedades occidentales, en un fenómeno minoritario, la importancia de las pequeñas comunidades, el carácter plural de vivir el cristianismo, la centralidad de la experiencia de encuentro con Jesús y los procesos de iniciación a la fe. Entre las diferencias: un mayor individualismo, una menor exigencia, sobre todo en la iniciación, una actitud menos contracultural y una menor confianza en el tesoro que se nos ha regalado. En cualquier caso, deberíamos evitar los tópicos: orígenes cristianos maravillosos frente a una actualidad penosa, porque no todo lo que brillaba era oro.

Insiste usted en señalar el aspecto contracultural, innovador y fructífero del cristianismo de los primeros siglos. Sin embargo, también hubo sus dificultades, divisiones, resistencias y conflictos.

En cuanto a las creencias básicas compartidas, los conflictos fueron sin duda mucho más graves que los que hoy podemos tener: se jugaba lo esencial del cristianismo, y nosotros nos basamos en lo que ellos y ellas acordaron (credo). En relación a las prácticas, algunas, como las comunitarias (sacramentos e instituciones eclesiales), en la actualidad continúan más o menos igual, aunque en otras, como la incidencia de la cultura o los sistemas políticos y culturales dominantes, creo que hoy son más complejos y difíciles de afrontar. Hay que decir, sin embargo, que hoy jugamos con ventaja porque tenemos ya un recorrido que ellos no tenían.

¿Cuáles diría que son las constantes que ha mantenido el cristianismo a lo largo de los más de 2.000 años de historia?

La primera y principal, mantener viva la memoria de Jesucristo, que nos mostró cómo era el Padre (Abba) y su Espíritu. Hacer experiencia de esta vida plena expresada en el reino por medio de sus signos en nuestra historia, especialmente el amor compasivo por quien más lo necesita. Hacer presente esta vida en su palabra, escrita en nuestros corazones y en los Evangelios, celebrada comunitariamente en el bautismo y la eucaristía. Vivirnos como pueblo de Dios en medio del mundo. Y así multitud de elementos, porque es muchísimo más lo que nos une que lo que nos separa.

Las primeras comunidades iban respondiendo a las necesidades de su tiempo utilizando los recursos a su disposición… ¿Cómo lograron preservar la unidad en la pluralidad y la fidelidad en la innovación?

Con muchas dificultades, y no siempre con éxito. En realidad, y al menos para los dos primeros siglos, sería más correcto hablar de cristianismos en plural, porque hubo tal diversidad en aspectos teológicos centrales (quién era Jesús, cómo era su relación con el Padre, qué entendían por el Espíritu Santo) y prácticas comunitarias, que a veces sorprende cómo fueron capaces de llegar a acuerdos tan arriesgados. De hecho, el modo de cristianismo que sobrevivió, el que denominamos como «católico» («tendente a la totalidad») es el fruto de numerosos consensos entre tendencias muy plurales, pero conscientes de que su unidad estaba basada en la experiencia de Jesucristo, Hijo de Dios, y era fruto en gran medida del Espíritu.

Los cristianos fueron netamente contraculturales en la concepción del trabajo. ¿A qué se refiere exactamente? ¿Sigue siendo la concepción cristiana contracultural hoy en día?

En la Antigüedad, el trabajo tenía un carácter claramente negativo. Su propia etimología (tri-palium, instrumento de tortura) así lo atestigua. Era realizado por los estamentos inferiores y visto como algo denigrante para la persona. Frente a esta valoración, el cristianismo, en consonancia con su matriz judía, consideró el trabajo como participación en la obra creadora de Dios, un medio de construcción social y formación de la persona, e incluso una manera de poder contribuir a las necesidades de los pobres. Muchos de estos elementos han sido recogidos por la sociedad civil, otros, como la colaboración en la creación o la articulación social y personal, deberían ser reivindicados en una sana «teología del trabajo», y otros deberían ser modulados y cuestionados por cuanto que no todo trabajo contribuye a estos fines, sino solo aquel realizado en condiciones dignas y justas. Como en todos los casos, contextos diferentes obligan a reflexiones y prácticas diferentes.

¿A qué se debe la escasez de Madres de la Iglesia?

El mundo antiguo fue un mundo centrado en el varón y machista. Las mujeres no podían acceder ni siquiera a la educación primaria, y solo en un escasísimo número de casos, especialmente mujeres de un estatus social superior, pudieron acceder a la escritura. El que haya algunas Madres de la Iglesia, en un número mayor al que hay dentro del mundo clásico grecorromano, ya es prácticamente un milagro histórico, debido en gran medida a la autoridad moral que adquirieron gracias a sus prácticas (como es el caso de las mujeres ascetas o mártires), la excelencia de su pensamiento o su propia vida.

¿Cómo se explica que aquella religión tan distinta e innovadora sea vista en la actualidad por sectores de la sociedad, incluidos buena parte de los intelectuales y políticos, como reaccionaria, machista e inmovilista?

En primer lugar, porque han pasado muchos años, casi dos mil, y muchas de las críticas se refieren a valores y prácticas que hemos abandonado.

En segundo lugar porque en ocasiones tienen razón: la Iglesia, que fue avanzadilla para muchas innovaciones sociales, se ha dejado atrapar por la inercia y el peso de los años y ha caído en aquello que condenó. Bienvenidas sean esas críticas si son reales y nos recuerdan nuestro proyecto.

En tercer lugar, y siento ser incómodo, porque es mucho más fácil meterse con una institución sin ninguna capacidad de presión o condena, que con los problemas de fondo producidos por el capitalismo, el poder de manipulación de los medios u otras instituciones religiosas que reaccionan con mayor virulencia a los ataques. Es más cómodo hacer leña del árbol caído.

¿Cuáles serían a su entender las claves de futuro que debería atender la Iglesia católica?

Yo me muevo relativamente bien entre los siglos I y V d. C., para el resto me siento como un vidente con su bola mágica.

Preveo varios escenarios posibles: uno primero donde el mundo occidental intentaría cooptar el cristianismo para sus proyectos particulares, (una especie de neocristiandad promovida por sectores neoconservadores no siempre cristianos. En algunos casos es ya una realidad, sobre todo frente a un Islam en crecimiento. Esto, que sería muy atrayente para la Iglesia del primer mundo, entraría en colisión con el catolicismo de los otros países.

En segundo lugar, una apuesta por una refundación del catolicismo a partir de pequeñas comunidades dispersas y plurales, casi como una vuelta al monacato primitivo, capaces de resistir la influencia del capitalismo globalizado 2.0, intuición que está bajo el creciente auge de ciertos movimientos eclesiales y que, aun con sus aportaciones, abandonaría a la mayoría de la gente que no se integre en estas pequeñas comunidades a una especie de soledad profunda y orfandad planificada.

Otro tercer escenario, que es el que tiene más visos de darse en mi opinión: una Iglesia a dos velocidades y con dos direcciones. Por un lado un sector fundamentalista, fruto en gran medida de la sociedad a la que critican, deseoso de volver a unos años pasados «idealizados», con unas prácticas y teorías obsoletas, pero que pueden dar sentido de identidad y pertenencia momentáneas. Por otro lado un sector crítico, con propuestas más innovadoras y cercanas a la realidad de los grupos más progresistas (como en cuestiones de crítica social o papel de la mujer), pero con continuas dificultades identitarias dentro y fuera de la Iglesia.

Y entre medias, un amplio sector de creyentes indecisos con unas prácticas comunitarias en caída libre, sin una apuesta clara por ninguna de las tendencias anteriores. La correlación de fuerzas variaría dependiendo de los diferentes contextos sociales y eclesiales, con unos resultados muy diferenciados.

En cualquier caso las prioridades, como siempre han sido, deberían entrar por la opción por las personas más necesitadas, apuesta por la integración y la inclusión, crítica a todo lo que se oponga al Reino del Padre, centralidad de la experiencia de Jesús y apuesta por la vida comunitaria animada por el Espíritu.

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