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Atocha en el futuro

24 mayo 2017 | Por

Atocha en el futuro

Alejandro Ruiz-Huerta Carbonell, profesor de Derecho. Sobreviviente del atentado en el despacho de Atocha, 55 en 1977.

24 enero 1977. Hace ya cuarenta años. Asesinato de pistoleros de la extrema derecha madrileña en el despacho de abogados laboralistas que el PCE y las CCOO tenían entonces en la calle Atocha 55. Son asesinadas cinco personas, tres abogados, un administrativo y un estudiante de derecho. Hay cuatro sobrevivientes.

Un crimen durísimo y gravísimo que da substancia a la «semana negra» de Madrid, que se cierra con una intervención del presidente Suárez para mantener los planes de la transición a la democracia. En menos de seis meses se realizarían las primeras elecciones generales, tras 40 años de silencio y dictadura.

Han pasado 40 años. Las cosas han cambiado. Me refiero al trabajo de los despachos colectivos de abogados laboralistas, que desarrollaron su trabajo en Madrid entre 1973 y 1983 aproximadamente. ¿Qué queda de aquél inmenso trabajo de aquéllos abogados? ¿Qué trascendencia política tuvieron? ¿Cómo influyó en el desarrollo de la abogacía? A eso dedico las próximas palabras, que agradezco a la revista Noticias Obreras.

Una piedra en el agua

El atentado, visto desde cerca, es hoy como los círculos concéntricos que surgen de una piedra arrojada al agua. Los recuerdos son imposibles de olvidar. Se mantienen vivos por la contundencia de aquéllos hechos y la voluntad de recuerdo, de memoria, que hemos mantenido en el entorno de los Abogados de Atocha. Hoy todavía no se conoce aquello suficientemente bien. Mucha gente aun confunde Atocha con el atentado yihadista en los trenes hace trece años. Hay cosas en común. Pero el atentado en el despacho termina un tiempo, para que nazca otro nuevo. Aunque sigue siendo un asunto minoritario. La sociedad va por otros cauces; incluso se acelera, lo que insiste en el olvido, se precipita no se sabe muy bien hacia donde, o incluso se atropella, en busca de un futuro incierto o de una felicidad imposible.

El caso es que «Atocha» no ha entrado o lo ha hecho mínimamente, en la historia oficial, la que se imparte en el Bachillerato, aun siendo imprescindible, en mi opinión, su conocimiento. Es necesario que las generaciones vivas, más aún las nuevas, conozcan lo que costó realmente construir los inicios de la democracia en nuestro país. Que no fue un camino de rosas, sino una torpe noche de miedo, entre dolor, rabia, tristeza y esperanza. El trabajo de los abogados laboralistas, comprometidos en la lucha por los derechos de los trabajadores, fue la argamasa para ir a la democracia. Los abogados fueron la vanguardia, con el ariete largo y poderoso de los trabajadores, del movimiento obrero y ciudadano, en la lucha por la libertad. Fuimos los costaleros de la democracia. Y tantos y tantas mártires, al dejarse la vida en ello.

Un trabajo alternativo

Los abogados laboralistas apoyaron las luchas de los trabajadores desde una perspectiva diferente a lo que es el habitual uso del derecho. Se trataba de favorecer las interpretaciones jurídicas que más pudiesen beneficiar la situación obrera. El derecho siempre fue un instrumento al servicio del poder. Hay muchísimas constataciones de ello en la práctica, en la realidad. Había que buscar otros caminos. Por eso buscábamos en los entresijos de las leyes lo que pudiera beneficiar a los más desfavorecidos. Un trabajo muy útil que sirvió de cimientos para la futura democracia. Los despachos de abogados eran además espacios de encuentro y refugio para todos a pesar de la persecución policial que nos asediaba. Dieron en tierra con nosotros, pero la semilla ya estaba sembrada.

El trabajo laboralista, incluso, fue pionero en el trabajo en equipo, en la igualación salarial. Nunca fue tan claro un compromiso colectivo, rompiendo los moldes tradicionales de la abogacía. El individualismo, las distancias abogado-cliente y, también, la alternativa profesional para romper los estrechos cauces de las leyes de entonces. Por otro lado, todos y todas en el despacho recibíamos igual salario. Administrativos, personal de limpieza, abogados cobrábamos lo mismo, con una diferencia si hubiera hijos o hijas. Una igualdad que funcionaba también en la gestión de la vida cotidiana en el despacho. Éramos cerca de veinte personas y todos teníamos iguales derechos, a la hora de debatir los temas substanciales del trabajo en el despacho.

Trascendencia política

Los hechos que tuvieron lugar en Madrid entre el 24 y 26 de enero de 1977, forman, desde mi punto de vista, la base del ADN de la democracia española. Una lucha por la libertad que a todos incumbía pero que tuvo una avanzadilla en los cientos de miles de personas comprometidas con los partidos de izquierdas, que se jugaron la vida o la perdieron en aquéllos durísimos años. Algo que cuesta mucho reconocer, incluso oficialmente. Parece que la democracia fue un paseo, en una transición plana, cuando costó tantas vidas humanas, cuanto aún todavía siguen existiendo brotes antidemocráticos tan cerca, que nos inundan incluso en plena Europa y en todos los países.

Cuando se produce el atentado en 1977, parecería que los asesinos hubieran querido romper y hacer desaparecer el proceso democrático. Pero fue todo lo contrario. A partir de ese momento en rojo se rompe la espiral imparable de violencia desencadenada en España. Se empieza a pensar y sentir que solamente desde el respeto a todos es posible construir una democracia también para todos. Algo fundamental que se manifestó también los dos días siguientes.

El 25 cerca de 200 abogados reunidos en el Colegio de Abogados de Madrid van a exigir al Gobierno velar los cadáveres de sus compañeros en el mismo Colegio de Abogados. Un reto al que el Gobierno ni responde ni garantiza seguridad. Los abogados, con su decano Antonio Pedrol Rius a la cabeza, con la intervención memorable del abogado monárquico Jaime Miralles Álvarez, exponen los féretros y abren la marcha a los cementerios a última hora de la mañana. Una manifestación inconmensurable, trágica, inmensamente silenciosa que acompaña los féretros hacia los cementerios. Un silencio mantenido a rajatabla por el servicio de orden que mantuvieron el PCE y las CCOO, organizaciones en las que militaban los abogados. Las escenas debieron ser durísimas, tal y como lo cuenta el colectivo de cine de Madrid, en imágenes reales que aparecen al final de la película de Juan Antonio Bardem «Siete días de enero». Una manifestación que rompe con la violencia, que anula la venganza imposible, que se decanta por el respeto a todas las ideologías, por la paz, por el diálogo, camino inexcusable para construir una democracia.

Hoy Atocha es pasado. 40 años. Y es presente porque sigue siendo un tema clave para comprender la Transición. No todo fue un juego de niños, ni una traición ni un pacto de silencio y olvido. Silencio sí. Demasiado. Pero trabajamos por la libertad y comenzó la democracia el 15 de junio con las primeras elecciones libres y democráticas, Atocha fue el camino necesario, salvo la muerte siempre innecesaria, siempre presente. El futuro en el que estamos critica desde los partidos políticos emergentes, sobre todo, critica la Transición. Fue el paso de una dictadura a una democracia. Perfeccionable. Se cometieron muchos errores después. No todo es achacable a la Transición. Fue camino imprescindible para romper con la democracia, para hacer creíble esa misma democracia. Y Atocha fue una clave determinante, de una construcción democrática que aún no ha terminado.

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