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Papa Francisco: los caminos de esperanza para Europa

09 mayo 2017 | Por

Papa Francisco: los caminos de esperanza para Europa

Eduard Ibáñez | La Unión Europea acaba de celebrar el sesenta aniversario de su nacimiento sumida en una grave crisis de identidad y de autoestima. Se multiplican los planes y los documentos oficiales dedicados a dibujar por dónde debe transitar su futuro. Pero no parece emerger por el momento un horizonte que genere ilusión y consenso, capaz de aplacar las graves tendencias centrífugas que amenazan su continuidad.

Unas tendencias que se han multiplicado con el avance de la globalización, la grave crisis económica y financiera desatada en 2008, con todas sus secuelas, y la creciente presión migratoria.

Parece que los males se acumulan: el brexit, la emergencia de partidos populistas euroescépticos; el desafío por parte de algunos gobiernos en el Este a los acuerdos comunitarios y la vulneración en sus países de reglas democráticas esenciales en Europa; deslealtades entre gobiernos en pugna por intereses a corto plazo; creciente desconfianza y desafecto de la ciudadanía ante unas instituciones europeas burocratizadas que no entiende y que considera contrarias incluso a sus intereses… Neoliberales radicales, populistas del miedo, nacionalistas temerosos, anticapitalistas dogmáticos, unos y otros van minando las bases del proyecto europeo. Y junto a ello, actitudes ciudadanas y decisiones políticas insolidarias y restrictivas de derechos humanos, que traicionan los valores básicos que fundamentan Europa.

Frente a ello, el papa Francisco ha lanzado un potente mensaje en favor del proyecto europeo sobre la base de sus valores fundacionales. Fue en su discurso del pasado 24 de marzo en Roma ante los jefes de Estado y de Gobierno de la Unión, durante la celebración del sesenta aniversario de los Tratados constitutivos de la Comunidad Económica Europea y de la Comunidad Europea de la Energía Atómica, embrión de la actual Unión. Su mensaje está en continuidad con lo que ya expresó en sus discursos de 25 de noviembre de 2014 en Estrasburgo en su visita al Parlamento Europeo y al Consejo de Europa y, en realidad, son expresión del histórico y constante apoyo de la Santa Sede y de la Iglesia al proceso de unidad europea.

Para el Papa, en la situación que vive Europa es necesario comprender bien qué consiste este proyecto y hacerlo desde la perspectiva que da la memoria histórica, sin la cual la humanidad «pierde el sentido de sus actos y la dirección de su futuro». Y en ese esfuerzo de memoria, es oportuno volver la mirada en la intención de quienes fueron los Padres Fundadores, con su apasionado compromiso por el bien común, y a los ideales que los animaron.

Así se comprende que Europa «no es un conjunto de normas que cumplir o de un manual de protocolos y procedimientos que seguir», ni algo reducible a «exigencias productivas, económicas y financieras», sino que es «una vida, una manera de concebir al hombre en su dignidad trascedente e inalienable», con su responsabilidad, su vocación de fraternidad y su deseo de verdad y justicia, de la cual surge un proyecto de solidaridad.

Es necesario rememorar que en el origen de este proyecto se encuentra el deseo de superar el drama que supuso la segunda guerra mundial y la división en bloques de Europa, con sus secuelas de pobreza, miseria y separación de familias. Y es preciso recordar que el proceso de unidad europea ha supuesto desde entonces en Europa el tiempo de paz más largo de los últimos siglos.

Los pilares de Europa

La crisis que padece Europa debe ser vivida, de acuerdo con el mismo origen etimológico de la palabra crisis, como un tiempo de discernimiento de los caminos de esperanza, valorando qué es lo esencial y construir sobre ello. Así, el papa Francisco entiende que, en la herencia de los Padres Fundadores, son cinco los pilares sobre los que se ha edificado Europa y que deben orientar su futuro:

1. La centralidad del hombre. Solo es posible mantener la esperanza cuando se pone al hombre en el centro de las instituciones, con su dignidad trascedente, atendiendo las diferentes sensibilidades, tanto de los individuos como de los pueblos que forman Europa, con sus múltiples susceptibilidades, encontrando el espíritu de familia de pueblos, unidad de las diferencias y en las diferencias. Europa es una comunidad de individuos y pueblos que ponen en común sus talentos y recursos en beneficio de todos, dando lugar a una realidad que es más que la mera suma.

2. Una solidaridad eficaz. La solidaridad abre el camino de la esperanza y es el antídoto a los populismos, que son fruto del egoísmo. La solidaridad comporta la conciencia de formar un solo cuerpo y la capacidad de empatizar con el otro. Hay que volver a adoptar un modo de pensar europeo, que huya de particularismos y busque el consenso, trabajando por un desarrollo armónico de la Unión donde «el que corre más deprisa tienda la mano al que va más despacio».

3. La apertura al mundo. Europa no se debe cerrar en falsas seguridades. Su historia está marcada por el encuentro de pueblos y culturas y su identidad ha sido siempre dinámica e multicultural. Europa debe, pues, dejar de tratar el fenómeno migratorio desde el miedo y como si fuera un problema de seguridad. Es una actitud fruto de la pérdida de ideales y de un estilo de vida basado solo en el bienestar material. Europa tiene un patrimonio moral y espiritual único en el mundo, que todavía es digno de interés y que debe proponer una vez más al mundo con nueva vitalidad.

4. La búsqueda de la paz y el desarrollo. Europa recupera su esperanza cuando invierte en el desarrollo y la paz. Desarrollo no solo productivo, sino desarrollo humano integral, que incluye trabajo digno, condiciones de vida adecuadas, enseñanza y atención a la salud. Sin ese verdadero desarrollo no puede haber paz.

5. La apertura al futuro. Finalmente, Europa solo vuelve a encontrar esperanza cuando se abre al futuro, y ello quiere decir abrirse a los jóvenes, ofreciendo perspectivas serias de educación, posibilidades reales de inserción en el mundo laboral. Y esto requiere inversión en la familia, que es, como no se cansa la Iglesia de afirmar, primera y fundamental célula de la sociedad, garantizando la posibilidad de tener hijos así como la sacralidad de la vida.

A mi juicio, en estos tiempos de euroescepticismo, la perspectiva señalada por el papa Francisco es la única que puede orientar e inspirar horizontes y proveer de nuevas energías para la continuidad del proceso europeo al servicio del bien común y la solidaridad. La Iglesia en Europa puede ser una fuerza capaz de contribuir a ello.

 

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