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Religión y ética compartida

16 febrero 2017 | Por

Religión y ética compartida

Juan Francisco Garrido Jiménez | La pobreza, el desempleo, el trabajo precario, la migración forzada… son muestras de que vivimos un tiempo donde lo humano se ha devaluado. Es urgente que tomemos conciencia de que las soluciones a los graves problemas que nos acechan y que están generando tanto sufrimiento no son, especialmente, de carácter técnico sino de las concepciones éticas que emanan de la espiritualidad que tengamos.

Y cuando hablamos de espiritualidad no nos referimos solamente a la esfera de lo religioso. Todas las personas, creyentes o no, vivimos desde una espiritualidad concreta: desde un sentido, unas convicciones, una finalidad sobre cómo entendemos nuestra vida y cómo la estamos construyendo. Esto es así aunque no seamos conscientes y aunque ese sentido sea el sinsentido. No tomar conciencia de algo no significa que no exista sino que vivimos con la conciencia o inconsciencia que nos inculcan.

Es urgente, por tanto, que reivindiquemos compartir unos principios éticos desde donde proyectar la sociedad que necesitamos como personas. Unos principios desde los que buscar las soluciones a los problemas que nos roban la vida digna. Un ejemplo de lo que queremos plantear lo podemos ver en la necesidad de consensuar una ley de educación que haga frente de una vez a los problemas que tiene nuestro sistema educativo. Esa llamada al consenso es muy difícil si antes no se comparten unos principios sobre qué entendemos por educación, por desarrollo del ser humano, por el papel de la escuela, por cómo articular la solidaridad y la subsidiariedad, por cómo comprendemos el papel del Estado y de la sociedad civil en la educación… El problema no es ponerse de acuerdo en unas medidas concretas, técnicas. La clave es compartir y llegar a un consenso sobre esos principios.

Pero para hacer esto necesitamos dar un paso más que hoy por hoy está vedado en nuestra sociedad. Hemos de poder compartir sin recelos y sin imposiciones la espiritualidad que cada uno tenemos. Es esta espiritualidad, este sentido sobre la vida personal y nuestra vida en común lo que sustenta esos valores y principios éticos. Pero nuestra cultura la está recluyendo al ámbito de lo privado y la está sacando del debate público. Hoy, cuando intentamos hablar sobre nuestras convicciones más profundas, las que llenan de sentido nuestras vidas y sobre las que cimentamos nuestros valores y las opciones que tomamos desde ellos, se tacha de intolerancia. Pero no. La intolerancia es querer imponerlas o silenciarlas. El respeto por el otro supone escucharlo, conocerlo, saber por qué piensa lo que piensa, interesarse de manera integral por él. También por sus convicciones y creencias. Eso es tolerancia y respeto. Aunque no se compartan. Y ver, desde el otro, qué valores y principios podemos compartir y, a partir de ahí, buscar soluciones y opciones de vida que nos posibiliten convivir.

Cuando recluimos en el ámbito privado esas creencias y convicciones, cuando no las conocemos y las rechazamos sin más, es difícil compartir un proyecto de vida personal y social. Nuestra sociedad las oculta, las encierra en cada individualidad o grupo afín. Nos dice que es tolerante pero en realidad es totalmente indiferente.

Así es imposible buscar soluciones y, especialmente, ponerse de acuerdo sobre los caminos a recorrer. Así rompemos el proyecto político y social de convivencia que necesitamos. Y es que no es lo mismo partir de unas convicciones u otras. No es igual ni tiene los mismos efectos una concepción del ser humano como comunión, como ser llamado al amor y a la solidaridad, que entenderlo como un ser que se desarrolla en la medida que busca su propio interés, que su egoísmo es lo que lo hace progresar a él y a su comunidad. Unas convicciones y unos principios nos llevan a unas medidas políticas u otras en lo económico, lo laboral, lo social, lo cultural, lo educativo…

Cuando eliminamos del debate las convicciones y creencias estamos vaciando los cimientos de una ética compartida. Pero todas las medidas políticas, económicas y sociales que adoptamos en lo público como las decisiones que tomamos en lo privado están siempre apoyadas sobre valores. Aunque esos valores sean antivalores y los estén cimentando sin darnos cuenta. En eso el capitalismo que vivimos es un especialista. Y lo es porque calladamente se ha convertido en una espiritualidad que llena de sentido y orienta, muchas veces sin que tengamos conciencia de ello, nuestras propias vidas. Así nos va.

En esta encrucijada es fundamental y urgente recuperar las realidades que generan una espiritualidad consciente y radicalmente alternativa en las personas. Hacen falta como el agua de mayo. Pero parece que caminamos en otra dirección. No puede ser casual que nos empeñemos en eliminar la religión de la esfera pública y al mismo tiempo que la filosofía, la ética y la propia religión estén tan vapuleadas en nuestro sistema educativo. Se nos va inoculando que no tienen utilidad. Y probablemente para la cultura economicista que vivimos sea cierto, porque ese papel que juegan como generadoras de espiritualidad, de sentido, de finalidad… lo ha ocupado el afán de lucro.

Pero sabemos, porque lo estamos viviendo, que cuando eso ocurre se quiebra la centralidad de lo humano. Hoy hace falta reconstruir un humanismo integral. Y para ello necesitamos la aportación de otras fuentes de sentido, de otras concepciones de lo humano, de consensuar una ética compartida que tenga en su centro a la persona y a todas las personas. Aquí las religiones juegan un papel clave. No podemos tener una visión tan miope que excluya a las religiones, más allá de los errores e incoherencias en las que incurrimos las personas religiosas y nuestras Iglesias. Hoy es fundamental, por ejemplo, que la espiritualidad que viven los seguidores del Crucificado salga a la luz. Que se conozca la concepción de persona que encierra un Dios padre-madre que nos llama a vivir como hermanas y hermanos, a construir fraternidad poniendo los ojos en los más empobrecidos. Esta espiritualidad encierra una concepción del ser humano y todo un conjunto de valores morales que son fundamentales para construir un humanismo integral, para buscar una ética compartida que posibilite un proyecto social y político a la altura de la persona.

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