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Ocho alegrías de «La Alegría del Amor»

23 mayo 2016 | Por

Ocho alegrías de «La Alegría del Amor»

Fernando Díaz Abajo | «La alegría del amor que se vive en las familias es también el júbilo de la Iglesia» (Amoris Laetitia 1). Así comienza la esperada exhortación postsinodal sobre la familia del papa Francisco.

No se puede dejar de apreciar, saborear y agradecer el regusto a Concilio Vaticano II que deja este comienzo, que recuerda inevitablemente al comienzo de Gaudium et Spes: «Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo» (GS 1).

Y es que es vida misma lo que rezuma esta larga exhortación que el mismo Papa –en su introducción– aconseja no leer de corrido y de una vez, sino parcelando la lectura, incluso yendo a capítulos concretos que puedan interesar más, en cada momento. Con todo, creo que conviene hacer una lectura pausada de la misma aunque sea por capítulos completos. No ofrezco ninguna guía de lectura, pues ya se han adelantado algunas que pueden resultar útiles[1]. Os puedo confesar que su lectura me ha evocado gratitud por momentos familiares, de infancia, de adolescencia y juventud, de madurez y vocación. Momentos de amistad, de ternura, de amor; también de crisis. Me ha evocado abrazos y besos. Me ha convocado nuevamente a la tarea agradecida de la fraternidad.

Dos pretensiones plantea el Papa para la exhortación: hacer una propuesta a las familias para que valoren los dones del matrimonio y la familia como camino de construcción de nuestra humanidad, y alentar a todos a ser signos de misericordia allí donde la vida familiar no se realiza plenamente (AL 5).

Comparto con vosotros lo que su primera lectura me invita a destacar como claves para quienes, junto a hombres, mujeres, y familias del mundo obrero, estamos empeñados en la tarea de acompañar sus vidas para hacerles llegar la Buena Noticia de Jesucristo. Y eso sabiendo que un documento pontificio no es la solución a los problemas. No debemos acercarnos a él esperando las recetas que buscamos. El papa Francisco nos advierte desde el comienzo de la exhortación: «Recordando que el tiempo es superior al espacio, quiero reafirmar que no todas las discusiones doctrinales, morales o pastorales deben ser resueltas con intervenciones magisteriales» (AL 3). Seguramente el texto no contentará –como ha de ser– ni a quienes quieren ver la reafirmación a ultranza del dogma por encima de la misericordia, ni a quienes pensarán que se queda corta; los que esperan un Papa «tiratapias» también se sentirán decepcionados. Y, pese a –o quizá por– ello, Amoris Laetitia te lleva durante su lectura, de sorpresa en sorpresa, de alegría en alegría.

Primera alegría: El lenguaje. No recuerdo ningún documento del magisterio que utilice un lenguaje tan sencillo cercano, humano y asequible al abordar temas como la sexualidad (AL 74, 80, 150-157), el amor (capítulo cuarto, es precioso el comentario sobre 1Co 13,4-7 que lo recorre), los hijos (capítulo quinto), la educación de los hijos (AL 80-85 y todo el capítulo séptimo), la educación sexual (AL 280-286), la afectación de la vida familiar por la transformación operada en el trabajo (AL 25. 33), la pastoral de las situaciones complejas y difíciles que pueden vivirse en la vida matrimonial y familiar (AL 238-252), incluso las situaciones de enfermedad o vejez (AL 191-192), la inclusión de la muerte en el horizonte vital (AL 253-258), o la misma pastoral familiar, con una naturalidad, profundidad y de forma tan directa como lo hace Francisco en esta exhortación. No hay mucho resquicio para dudar de lo que dice. Otra cosa será querer entenderlo. Este Papa sabe de familia, sabe de amor y desamor, de empeños y dificultades, se sabe hijo y hermano, se sabe amado y vocacionado al amor.

Segunda alegría: Mea culpa. Cuando en la Iglesia se abordaba la llamada pastoral familiar (y de la vida) se quedaba reducida a posicionarse contra el aborto –algo que se debería dar por supuesto en la Iglesia, sin necesidad de insistir siempre en ello– y a organizar cursillos prematrimoniales y presacramentales de escasa rentabilidad pastoral, y causa de no pocas frustraciones. La exhortación reconoce que no lo hemos hecho bien y manifiesta la necesidad de recomponer todo este campo de trabajo desde otras claves (AL 36-38), desde la humildad y el realismo. ¿No hemos convertido en algo amargo lo más hermoso de la vida? (AL 147) Parece siempre buen comienzo empezar reconociendo los errores.

Tercera alegría: El proyecto del Reino. Cuando en la Iglesia hemos abordado en muchas otras ocasiones el tema del amor, del matrimonio, de la familia, de la sexualidad… ha sido sin un acento propositivo, y como cuestiones morales (en el peor sentido del término) desgajadas del kerigma. Como si fueran cuestiones que no tuvieran nada que ver con las Bienaventuranzas, con el Reino de Dios, con la experiencia y la vida de Jesús de Nazaret. El Papa afronta estos temas dentro del necesario encaje de todo en la fe, entendida como ese vivir como Jesucristo que hemos de ir construyendo cada día de nuestra existencia, y sin cuya referencia todo se reduce a estériles normas jurídicas. Y aquí, entonces sí, todo cobra un nuevo sentido (AL 59, y todo el capítulo tercero).

Cuarta alegría (aunque esta esperada): La misericordia (AL 49, 78, 79 y especialmente el capítulo octavo). No podía ser de otro modo. Toda la presentación que se hace de los temas de la exhortación se enmarca en el lenguaje entrañable de la misericordia y en la actitud misericordiosa como eje compasivo de la acción de la Iglesia con los matrimonios, las familias y, de modo especial, con las situaciones complejas o difíciles que han de abordarse en la pastoral cotidiana en el ámbito de la sexualidad, el matrimonio y la familia. No es un texto de teoría sobre la misericordia, sino sobre todo un cúmulo de actitudes y de propuestas pastorales desde la clave de la misericordia, que han de ser concretadas, desde la realidad más cercana y siempre en clave de procesos de acompañamiento.

Quinta alegría: ¡Qué importante es el trabajo! Ha sido, de verdad una alegría comprobar que el Papa recoge la experiencia y el sentido de la centralidad del trabajo humano para la vida de las personas y las familias (AL 23-25, 40, 44). Algo que la Pastoral Obrera viene constatando desde hace mucho tiempo, empieza a adquirir carta de naturaleza en el Evangelio de la familia que estamos llamados a anunciar. Lo que pasa con el trabajo humano es esencial a la hora de plantear una pastoral familiar, porque afecta inexcusablemente a la realización digna y posible de cualquier proyecto personal y familiar. También para quienes queremos plantear nuestro proyecto familiar en clave cristiana es importante considerar cómo afecta el trabajo –o su precariedad, o su ausencia– a multitud de dimensiones de la vida matrimonial y familiar. La exhortación ayuda a tomar conciencia de que este aspecto es fundamental tomarlo en consideración en una correcta pastoral familiar (AL 201, 252).

Sexta alegría (y para mí la más novedosa): La espiritualidad de la familia (AL 29). La propuesta de una espiritualidad de la familia como la que se hace, recoge dimensiones hasta ahora olvidadas en el discurso, pero imprescindibles si se quiere de verdad conformar un proyecto familiar que sea Iglesia doméstica, al incorporar las necesarias dimensiones de la apertura familiar a los pobres, de comunión, de gratuidad (Al 183) y una vida familiar construida desde la fe, como llamada a vivir la comunión. Una espiritualidad de la comunión sobrenatural, de la oración, del amor exclusivo y libre, del cuidado, del consuelo y del estímulo.

Séptima alegría: El tratamiento que hace del feminismo (AL 54-56). La necesidad de reivindicar el papel de la mujer, la necesidad de caminar hacia el reconocimiento de su dignidad en todos los ámbitos, junto a la propositiva manera de plantear la maternidad (AL 173-175). La necesidad, incluso, de la presencia de la mujer –junto a laicos y familias– en la formación humana de los seminaristas (AL 203).

Y, octava, (a modo de coda): La conversión pastoral. Que, bien entendida, empieza por uno mismo. Recorre toda la exhortación una necesaria conversión, que pasa por el reconocimiento de que no hemos sabido hacer pastoral familiar, de que hemos dejado cuestiones muy importantes de la pastoral familiar fuera de ella, y que querer hacer buena pastoral familiar requiere recuperarlas con misericordia, y adoptar una manera misionera de realizarla (AL 230).

Incluso los célibes y los solteros encontramos en sus páginas algo dirigido especialmente a nosotros, por nuestras opciones, y por nuestra condición de hijos (AL 187-188) y hermanos (AL 194-195).

Para resumirla –si es que se pudiera– en pocas palabras, sirvan estas que el mismo Papa utiliza: «A partir de las reflexiones sinodales no queda un estereotipo de la familia ideal, sino un interpelante collage formado por tantas realidades diferentes, colmadas de gozos, dramas y sueños». En esa realidad habremos de ser capaces de experimentar y ayudar a vivir lo que expresan los versos –citados por el Papa (AL 181)– de un poema de Mario Benedetti: «”si te quiero es porque sos, mi amor, mi cómplice y todo, y en la calle, codo a codo, somos mucho más que dos”. Y es que quizás la misión más grande de un hombre y una mujer en el amor sea esa, la de hacerse el uno al otro más hombre o más mujer» (AL 221).

[1] Como muestra la que ofrece Daniel Izuzquiza.

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