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Aprender a pactar

26 mayo 2015 | Por

Aprender a pactar

Javier Madrazo Lavín | «La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar». Escribo estas palabras como homenaje a su autor, Eduardo Galeano, a quien hemos despedido recientemente, y también como punto de partida a una reflexión sobre la virtud del pacto en la política. El diálogo, la colaboración y el acuerdo entre diferentes, que son capaces de buscar puntos de encuentro pensando en el bien común, es la esencia de la vida pública, aunque en honor a la verdad hay que decir que en España esta visión es aún una utopía que hemos de perseguir.

La Constitución de 1978 planteó como gran valor la consagración del bipartidismo, obviando que una democracia es más fuerte en la medida en la que es también más plural. Es cierto que en el Estado, y también en Comunidades históricas, como Catalunya y Euskadi, ha sido necesario alcanzar pactos para conformar Ejecutivos o pactos de legislatura para sostener la acción de los gobiernos, pero es igualmente cierto que, salvo excepciones, su fin principal se ha centrado en alcanzar y detentar el poder, en lugar de dar respuesta a las demandas de la ciudadanía. Un error, sin duda alguna, que está en el origen del desafecto social respecto a los partidos y a sus dirigentes.

Conceptos manipulados como estabilidad y gobernabilidad se han utilizado para legitimar un modo de entender la política, basada en el reparto de cargos y prebendas, obviando el interés general. El pacto ha sido siempre interpretado como una obligación impuesta por las circunstancias (pérdida de mayoría absoluta) y nunca como una como una oportunidad para promover marcos de entendimiento, que permitan impulsar acciones compartidas y estimular así la interacción entre sensibilidades diversas y apostar por personas más comprometidas, más participativas y más protagonistas de la vida democrática. Tenemos que aprender a hablar, a escuchar, a comprendernos, a dar voz a la ciudadanía y a confiar en la palabra dada.

La búsqueda de la unanimidad y uniformidad de criterio nos aleja del ideal de libertad y del reconocimiento de la pluralidad. Es imprescindible el diálogo entre diferentes, que son capaces de suscribir compromisos, manteniendo sus ideas y su identidad. La presencia de nuevas formaciones en el escenario político y la superación del bipartidismo traerán consigo la necesidad de alcanzar acuerdos, y éste es un hecho positivo en sí mismo, especialmente en un contexto marcado por una mayor exigencia de eficacia y transparencia. No es momento para negociar en la trastienda, ni para sellar pactos ajenos a la voluntad de la ciudadanía.

La clave está en la defensa del «programa, programa, programa», que con tanta coherencia como acierto defendía Julio Anguita en sus tiempos de coordinador de Izquierda Unida. Vivimos un año marcado por sucesivas citas electorales, que evidencian que las mayorías absolutas pertenecen al pasado. Quienes han hecho de la política su profesión no tendrán espacio en esta nueva etapa porque las reglas de juego habrán de ser establecidas por fuerza distintas. La sociedad exige acuerdos, pero sobre todo exige respeto a las promesas hechas en campaña y responsabilidad para resolver los problemas que nos afectan y nos impiden vivir con dignidad.

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