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Raúl Vera, obispo de Saltillo: «El poder de la Iglesia es el del amor manifestado en el servicio»

03 diciembre 2013 | Por

Raúl Vera, obispo de Saltillo: «El poder de la Iglesia es el del amor manifestado en el servicio»

Raúl Vera ha sido testigo y actor privilegiado de acontecimientos cruciales de nuestra época, como el mismo Concilio Vaticano II y las Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano en Medellín y Puebla, la revuelta estudiantil mexicana de 1968 o el despertar indígena en Chiapas.

En la actualidad, como obispo de Saltillo, Coahuila (México), sigue empeñado en la defensa de los derechos de las familias de los mineros muertos en Pasta de Conchos, apoyando las reivindicaciones por la mejora laboral de los trabajadores de la región, organizando la atención a las personas migrantes y denunciando, sin dejarse intimidar, los abusos del crimen organizado.

–¿En qué se equivocó la generación del 68 a la que usted pertenece?

–Nuestra generación se dividió en tres corrientes: los que se fueron de plano a preparar una revolución armada; los que se fueron a servir a los pobres en la montaña; y otros que se metieron en el gobierno. Yo no fui exactamente de ninguna de estas ramas, pero me fui de fraile porque quería cambiar el mundo. Casi lo tenía decidido, pero el último empujón lo sentí cuando percibí la necesidad de una mejor formación. Los hermanos dominicos me ayudaron a entender de una manera sistemática el mundo. Yo venía de una carrera técnica, ingeniero químico. Me enseñaban a optimizar el proceso industrial para hacer que un empresario ganara lo más con el coste menor… No me decían que el costo del producto debía ser bajo para que llegara a más manos, sino que costara menos para que el empresario ganara más. En cambio, los dominicos me enseñaron mucho. Gracias a mi militancia en la parroquia universitaria, crecí mucho en la dimensión ética, humana y política… Los dominicos eran muy serios y tenían sociólogos, especialistas…, que nos ayudaron a tener una visión muy completa. Nos ponían en platos de plata una gran formación. Por ejemplo, hicieron una publicación de la «Populorum Progressio» muy acecuada para nosotros, al lado del texto de Pablo VI venían un montón de comentarios de personas de la vida pública, de filósofos, literatos…, que hablaban de desarrollo. A lo mejor, no entendíamos todo el bagaje teológico de la encíclia pero a la luz de personas laicas que hablaban del futuro del mundo, nos lo bebíamos a cucharadas…

–¿Dónde han quedado aquellos sueños de su generación?

–Nosotros estabamos en los ideales, en la calle gritando y ellos lo tenían muy pensando. Tenían en cuenta que nos íbamos a levantar y lo tenían todo calculado. Por eso, la masacre del 2 de octubre, sabían como cortarnos las alas, como dispersarnos, como controlarnos… Estamos ante personas con planes bastantes perversos. Diez años después, ya estaban con su proceso de Washington, sabían que si daban a los pobres un estándar de vida mejor, tendrían que compartir la energía que consumían. Yo estuve en la plaza a finales de agosto y nos echaron los tanques. Salí corriendo de ahí, con los demás compañeros. Ellos, basta ver cómo las multinacionales hacen planes por 100 años, de algún modo, nos alentaron la droga, los famosos conciertos de rock, el de Avándaro… Eso formaba parte de su plan. Desmembraron las mismas universidades, cerraron los cafés, dejaron un cochinero… Habían dejado que se vendieran en las esquinas todas las frituras, para comer de pie. Era muy distinto a ir a una cafetería a hablar de lo que nos pasaba. Ya nos daban las materias por separado, para impedir el sentido de grupo, la identidad universitaria…

–¿Cómo valora el pontificado de Francisco y qué frutos de comunión espera?

–Francisco ha empezado a adoptar actitudes muy evangélicas, empezando por la austeridad y sencillez de vida, que requieren una coherencia y fidelidad al Evangelio. El hecho de que él esté dirigiendo muy a menudo su mensaje hacia los pobres y exprese una especial preocupación por ellos es una muestra más de su fidelidad al Evangelio. En la medida en que el Evangelio sea el principio de los criterios de toda la organización de la vida de la Iglesia tendrá vínculos mucho más fuertes de comunión, no solo dentro de ella, sino también con el mundo, que en gran medida son los pobres. Pero no basta, porque el pontificado será lo que el resto de los cristianos y el resto del episcopado queramos ser. El primer elemento que le exige a un pastor el capítulo 5 de la Carta de San Pedro es que no pastoree el rebaño a la fuerza, que no actúe como dueño y capataz con afán de ganancia, sino que dé ejemplo para que el rebaño pueda seguir al pastor. Es de esperar que el ejemplo de Francisco cunda entre los pastores, que no son solo los obispos, los presbíteros, los religiosos y las religiosas sino también los pequeños líderes de los grupos, de las parroquias…, para que en todos los espacios de la organización de la Iglesia que sirven a los procesos evangelizadores se sientan esos criterios de preocupación directísima por los pobres, esos criterios de asuteridad y sencillez de vida, esos criterios de cercanía. Lo está pidiendo también Francisco: «vayan a las periferias…» Nos pide que abandonemos un clericalismo clásico que nos lleva a sentirnos una casta superior, por eso habla de los pastores que no tenemos que ser príncipes, tampoco vincularnos al poder del mundo. El poder de la Iglesia es el del amor manifestado en el servicio que tiene como trasfondo de manera específica y clara a los pobres. Eso requiere cambios muy serios en todas las estructuras eclesiales. En la medida en que se vayan aplicando esos cambios necesarios se hará inteligible el Evangelio.

–¿Qué papel puede jugar la Iglesia en este mundo globalizado?

–El mundo se está yendo por el lado de la injusticia, por el imperio de la fuerza bruta. ¿Dónde está presente la fuerza evangélica, la fuerza del bien que la Iglesia debe introducir con su testimonio evangelizador y con su organización que parte de la comunión? No todo depende de Francisco, depende de cómo nosotros vayamos captando las líneas que parecen innovadoras, pero son las del Concilio de hace 50 años. Es verdad que algunas corrientes de la Iglesia con mucho poder las habían empezado a echar para atrás. Sabemos que la línea conciliar y la reflexión teológica, con todas las condenas y todos los esfuerzos por satanizarlas, se ha abierto paso y hoy está presente en la doctrina de la Iglesia. Los Papas Juan Pablo II y Benedicto XVI ya la asumen. Está en «Evangelii nuntiandi», de Pablo VI, ocho años después de la Conferencia General de los Obispos Latinoamericanos de Medellín. La aplicación del concilio en América Latina es algo patente y latente. Ahora tenemos un Papa ahí…

–¿Le parece importante seguir defendiendo la dignidad del trabajo humano?

–En la Doctrina Social de la Iglesia está dicho y lo recordó Juan Pablo II en «Laborem exercens»: «el trabajo es el eje fundamental de la cuestión social». ¿Puede la Iglesia abandonar la proclamación de la dignidad del trabajo humano y la necesidad de recuperar esa dignidad dentro de la mentalidad de todos los planes políticos y económicos que los grandes del mundo han desarrollado? ¿Precisamente en un momento en que el sistema neoliberal no tiene como objeto y sujeto la dignidad de la persona y el trabajo humano? En el día de hoy el trabajo tiene como finalidad última la productividad, lo dicen de forma eufemística para no decir la ganancia, el usufructo, el lucro… En este momento, un eje fundamental de la vida social del mundo está siendo demolido. Es la demolición total del sentido auténtico, más humano, no solo en el orden teológico y en el orden antropológico, también en el orden práctico y más elemental. Es absurdo demoler de manera inmisericorde todas las estructuras que el trabajador ha construido a la largo de su historia para que haya justicia en este terreno fundalmental para la vida humana y la construcción de la sociedad. La Iglesia no puede decir que está con el neoliberalismo. ¿Nos ponemos del lado de la productividad? Sería absurdo del todo. Demoler la dignidad del trabajo humano es quitarle sustentabilidad a la sociedad humana, es hacer que pierda sentido la vida del hombre en la tierra. Lo primero que entregó Dios al hombre fue la administración de la tierra, que la hiciera y la transformara para ofrecer vida, el trabajo es una fuente de vida humana y lo que estamos haciendo es convertirla en fuente de muerte. Estar de acuerdo con esa mentalidad, sería tanto como decir que nosotros queremos nuestra parte del pastel.

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