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De concejal en un pueblo del Bierzo, ejercicio práctico de la caridad política

12 noviembre 2013 | Por

De concejal en un pueblo del Bierzo, ejercicio práctico de la caridad política

Melchor Moreno Torres, hijo de minero, hermano de minero y minero en sus años de estudiante, es vecino de Santa Marina de Torre, en la comarca del Bierzo (León). Este militante de la HOAC se gana la vida como maestro y colabora en un programa de alfabetización de mujeres marroquíes y otro de acompañamiento de personas mayores. Ha sido alcalde y ahora es concejal.

A sus 57 años de edad, 30 casados con Nieves, con quien tiene un hijo de 25, cuenta con una larga trayectoria política, aunque aclara que para él la acción política es sinónimo de «servicio a la comunidad». Para dejar patente que no es una frase vacía aclara que «ni he ejercicio mi actividad política como profesión, ni como un medio de vida; ninguno de los cargos de responsabilidad que he tenido en los distintos ámbitos del campo de la política (concejal, alcalde, consejero comarcal, presidente o secretario del partido) han sido remunerados con dedicación exclusiva».

Biografía intensa

En la década de los 60 estuvo interno en un colegio de frailes, donde fue educado en las normas y ritos propios de la religiosidad preconciliar. A pesar de lo cual, «guardo un grato recuerdo». En su etapa de juventud en Salamanca sufrió una «crisis religiosa», como la mayoría de los jóvenes de entonces, apunta.

A ello contribuyó, y no poco, el ambiente de esta ciudad universitaria, plagada de «ácratas y revolucionarios» y los aires de la época, marcados por el cambio de régimen y la transformación socio-cultural. Y aquella ciudad, en la que también desarrollaron su cátedra Fray Luis, Unamuno o Torrente Ballester, influyó en su formación personal y en la concepción de una sociedad justa por la que comprometerse.

Repasando aquellos años, reconoce que los vivió «apartado de la Iglesia», aunque no del todo porque «practicaba esporádicamente en la parroquia del pueblo y tenía frecuentes encuentros con los compañeros y frailes del internado». De aquellas experiencias extrajo, confiesa, «la teoría de mi posterior dimensión política», que se hizo realidad en un pequeño partido de ámbito regional.

Llevado por la rebeldía ante lo que consideraba decisiones injustas en la distribución de los bienes y servicios destinados a la ciudadanía, resultó elegido alcalde, con apenas 31 años, de un ayuntamiento minero considerado muy conflictivo. No quiere ahora entrar en los aciertos o errores de su mandato, tan solo explicar que siempre persiguió «ser lo mas justo posible con la generalidad de los administrados, velar porque los servicios básicos llegasen a todos los vecinos y vecinas e impulsar la promoción de las personas a través de los medios de las propias administraciones públicas: asociacionismo, formación, cultura….». Es al llegar a este punto cuando le viene a la cabeza una cita de la DSI, que dice que «la comunidad política nace, pues, para buscar el bien común, en el que se encuentra su justificación plena y su sentido y del que deriva su legitimidad primigenia y propia».

En su lugar de trabajo, comenzó a descubrir otra Iglesia, «la Iglesia cercana con los empobrecidos, la Iglesia abierta a los inmigrantes, la Iglesia comprometida con los oprimidos, la cercana al mundo del obrero, en una palabra, la Iglesia del mensaje evangélico». A través del contacto de dos religiosas militantes –Consola y Susana–, tuvo su primer acercamiento a la HOAC. A mediados de la década de los años 90, llegó a la parroquia del pueblo, la de Santa Marina, el cura Isaac Núñez, quien a base de sembrar y sembrar logró reforzar los equipos hoacistas, en uno de los cuales se integró definitivamente Melchor Moreno.

El mismo año en que se convirtió en militante, abandonó la alcaldía. Lo explica así: «consideramos que el proyecto político que habíamos iniciado en el 87 había concluido». Pero siguió en la política «orgánica». En 2004 fue elegido presidente de su partido –surgido a mediados de la década de los noventa como reacción a la construcción del Estado de las Autonomías– y años después secretario general para intentar transformar su estructura y democratizarla.

En 2009 dio por concluida su etapa como «fontanero» del partido. Poco a poco, admite, el poso de la formación cristiana fue haciéndose «visible» y su acción política «deja de ser ajena a mi condición de militante hoacista», lo que en parte supone que sus opiniones y decisiones sorprendan a sus compañeros de partido, por «alejadas de la practica habitual». Y es que, según las enseñanzas de la Iglesia, «la comunidad política tiende al bien común cuando actúa a favor de la creación de un ambiente humano en el que se ofrezca a los ciudadanos la posibilidad del ejercicio real de los derechos humanos y del cumplimiento pleno de los respectivos deberes».

Sin embargo, en la convocatoria electoral de 2011, ante el impulso del partido actualmente dominante, parte de la candidatura de su partido se «cayó», porque no estaba dispuesta a pasar a la oposición. Ahora junto con su compañera de partido Verónica, se esfuerza por presentar propuestas y tomar iniciativas que tienen como destinatarias las personas que en la actualidad están sufriendo brutalmente las consecuencias del desmantelamiento de la minería del carbón. No obstante, el equipo de gobierno municipal las suele rechazar con su mayoría «absolutísima». Sí han conseguido sacar adelante «una moción por la cual se declara municipio anti-desahucios con 12 puntos de acciones concretas».

Melchor Moreno declara que «ahora en mi actividad política tiene una enorme presencia el evangelio. Cuando tengo que preparar los asuntos del Pleno, me pongo en manos del Señor. Conecto con el Cristo Obrero, tengo presente la Doctrina Social de la Iglesia, “el poso” de la formación de la HOAC y, sobre todo, tengo muy presente a la hora de analizar cualquier asunto municipal y a la hora de tomar decisiones el Método del Ver, Juzgar y Actuar». En muchas ocasiones se inspira en lo que la Iglesia entiende por caridad política, «no se trata solo ni principalmente de suplir las deficiencias de la justicia, aunque en ocasiones sea necesario hacerlo. Ni mucho menos se trata de encubrir con una supuesta caridad las injusticias de un orden establecido y asentado en profundas raíces de dominación o explotación. Se trata más bien de un compromiso activo y operante, fruto del amor cristiano a los demás hombres, considerados como hermanos, a favor de un mundo justo y más fraterno, con especial atención a las necesidades de los más pobres» (Los Católicos en la Vida Pública, 57- CV).

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