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El voluntariado de un inmigrante en Bilbao

07 octubre 2013 | Por

El voluntariado de un inmigrante en Bilbao

Gustave Kiansumba, aspirante a ingeniero agrónomo, inmigrante del Congo, llegó a Euskadi hace más de cuatro años. Las dificultades vividas para salir adelante y la necesidad de ayudar a sus paisanos y compañeros de travesía le llevaron a colaborar con el Centro de Recursos Africanistas (CREA).

Salió de su país, afectado por la inestabilidad causada por una guerra soterrada que no termina nunca y que, según se calcula en el Siglo XXI, es la que más víctimas se ha cobrado desde la Segunda Guerra Mundial. Por aquel entonces cursaba estudios de agronomía en la universidad, sin dejar al mismo tiempo de mantener una lucha activa por los derechos humanos y civiles de su país, en especial de las mujeres. Tal y como resume: «Si quería seguir con vida, debía cambiar de ideas o cambiar de país. Por eso me fui».

A lo largo de tres años deambuló por Camerún, Nigeria, Niger, Argelia, Libia, etc., solicitando becas para terminar sus estudios y sobreviviendo como buenamente pudo. En el año 2003 llegó a Marruecos en un intento de alcanzar el sueño Europa y poder recalar en Francia, pero su primer intento terminó contra la valla de Melilla y así en cinco ocasiones más, atrapado entre los golpes de la guardia civil y la policía de fronteras marroquí. Sufrió detenciones, malos tratos y humillaciones por ser emigrante negro, incluso en una de las deportaciones que padeció, llego a ser abandonado a su suerte en medio del desierto del Sahara, cerca de la frontera de Mauritania con Argelia, sin agua ni víveres, sobreviviendo gracias a la intervención de Médicos Sin Fronteras que lograron alertar a la gendarmería de Argelia y rescatarlos. De regreso a Marruecos, en un nuevo intento por alcanzar el paso del estrecho, Gustave Kiansumba como activista denuncia públicamente a traves de la web lapetition.be la situación vivida y la política represiva que las autoridades del reino de Marruecos ejercen sobre la inmigración subsahariana. Aunque su situación era de ilegal, ello no impidió que trabajara durante varios años como voluntario de Médicos sin Fronteras y otras asociaciones de defensa de derechos humanos en el territorio de Oujda. Tras sucesivos intentos frustrados, de penurias y de asistir a la muerte de alguno de sus compañeros de viaje, Gustave logra alcanzar las costas de Motril, Granada, en una patera una noche de abril del año 2009.

«Llegué al País Vasco en junio de 2009 y el azar quiso que recalara en Solidaridad Internacional, nos escucharon y nos invitaron a participar en la comunidad. Nos preguntaron qué podíamos hacer», recuerda Kiansumba. Había pensado en ofrecer clases de francés y, para su sorpresa, el primer día se encontró con 23 personas autóctonas que habían seguido los cursos informales.

En CREA, un proyecto de la ONG Nazioarteko Elkartasuna-Solidaridad Internacional, encontró el lugar idóneo para su activismo. Gustave Kiansumba es de los que piensan que muchos de los inmigrantes volverán algún día a sus países de origen y, por ello, «estamos formándonos como agentes de co-desarrollo, para poder colaborar en el progreso del país cuando volvamos. De hecho, es una realidad, algunos ya han empezado a trabajar en su país de origen».

«Aprendí a hablar castellano en CREA, mientras enseñaba francés a un grupo de 23 vascos. La idea era esa: que existiera un espacio de encuentro donde un congoleño, un senegalés, un vasco o un marroquí podían aprender nuevos idiomas, nuevas habilidades y nuevas maneras de entender las cosas. Incluso, para que muchos adultos extranjeros que no tuvieron acceso a la alfabetización puedan aprender a escribir y ganar confianza y autonomía. Este centro es la suma de los que están y de los que llegan, hay hombres y mujeres, musulmanes y cristianos, personas con idiomas y culturas diferentes que hacemos un ejercicio de convivencia y de respeto», apunta. «Pero no nos olvidamos de los inmigrantes de África que llegan sin conocimientos de castellano, ni de la cultura europea, y de lo que aquí les aguarda. En respuesta a ello, iniciamos un proyecto de alfabetización abierto e integrador», añade Gustave, si bien, precisa que «la integración y la participación no solo dependen de nosotros, sino de que toda la sociedad participe».

Para él es tan importante «contribuir al desarrollo del barrio» como «dar una mejor imagen de los africanos que, a ojos de los locales, no siempre es buena. Cambiar los estereotipos es una labor ardua. Si vas caminando y ven que eres africano, a veces te piden droga porque creen que todos los negros la vendemos. Cuando viene alguien y me dice “caballo”, siempre contesto lo mismo: búscatelo en internet». Gustave defiende la opinión que «la integración y la participación no solo dependen de nosotros. La integración también necesita de las personas autóctonas para construir un mundo sostenible. Y en coherencia con este discurso nosotros hemos iniciado un proyecto de acercamiento a la gente mayor del barrio, aislada en su vivienda porque no se atrevía a bajar a la calle».

Un grupo de inmigrantes, mayoritariamente mujeres voluntarias de CREA, visitan a los ancianos y se acercan a sus problemas. La respuesta ha sido muy satisfactoria porque las personas de la tercera edad, en estos momentos, acuden y buscan la ayuda de las voluntarias. También visitan colegios donde hablar de África para romper con los clichés y transmitir con su testimonio la voluntad de participación de la comunidad africana en los problemas de aquí…

Las barreras mentales a veces se borran simplemente con pequeños pasos constantes pero sinceros. «La interculturalidad nos debe quitar el miedo a lo diferente y a la diferencia, ver al de fuera no como una amenaza sino como alguien que viene a aportar y a ayudarnos a crecer», defiende Kiansumba, para quien «si la inmigración está controlada por una política bien definida de derechos y obligaciones por ambas partes, sin duda ésta se convierte en un factor muy positivo de integración social y de desarrollo económico del país anfitrión: tomemos lo mejor de cada uno».

Los prejuicios o las «generalizaciones simplistas» están ahí. «Si te pregunto por mi continente, seguramente me dirás lo que dicen casi todos: África es un continente que tiene arena, animales, sida, hambre y guerras. Del mismo modo, asociarás a los africanos que viven aquí con la pobreza, la delincuencia, la droga y la prostitución porque eso es lo único que se ve y lo único que se muestra», le explicaba a un periodista del diario «Deia». «Nuestra labor es enseñar todo aquello que no se ve, que es positivo y existe, y crear puentes. Pero puentes no para alguien, sino con alguien: la integración implica la participación activa de toda la sociedad, no solo de los inmigrantes», explica.

La convivencia en el Centro de Recursos Africanistas de Euskadi ha ido creciendo poco a poco: «Al comienzo, era un centro bastante masculino. Había sensibilidades y puntos de vista diferentes, era inevitable. No es fácil empezar. Y, para que algo así funcione, todos debemos empeñarnos en que funcione. No puede ser solo cosa de unos o algo impuesto. Pero esto es así en todos lados; también en los estados. Mira España, que tiene múltiples identidades: hay vascos, catalanes, andaluces… y la convivencia se construye, se trabaja, con espacios de encuentro e intereses comunes. En nuestro caso, lo conseguimos a través del deporte, las manualidades, los idiomas o la música, y con actividades de apoyo a los vecinos del barrio, los de toda la vida», señala. Solo eres importante si eres útil, lo demás son bonitos brindis al sol.

Pero la inmigración también tiene sus desventajas, especialmente para las zonas de las que parten las personas en busca de un porvenir. Dice Kiansumba que «en los países de origen, el panorama es muy negativo ya que pierden importantes recursos humanos con la marcha de técnicos, intelectuales y artistas y cualquier persona, en definitiva, que tiene el ansia de progresar. Además, hay un desarrollo económico mucho menor que aquí».

No conviene olvidar que hay muchas causas por las que una persona decide migrar y abandonar su vínculo familiar y cultural y que cuando ocurre, en palabras de este ingeniero africano, «no es una decisión fácil». Desde su experiencia, afirma que «las razones se encuentran en los problemas económicos, políticos, sociales, medioambientales, etc. Por ejemplo, están los emigrantes que huyen de la miseria de la guerra o la persecución. De hecho, en algunos países, a las personas se les vulneran los derechos humanos, son torturadas o mantenidas en cautiverio debido a que no tienen las mismas ideas y opiniones sobre los políticos que “dirigen” sus países. La inmensa mayoría termina convertido en inmigrantes en situación irregular».

Hay más motivos para dejar el país de origen, porque también «están los emigrantes que salen a encontrar un trabajo mejor y a ganar dinero para sustentar a sus familias, a construirse un futuro. Vienen de todos los continentes, de todo tipo de orígenes, con o sin formación académica, unos pocos vienen en situación legal, pero otros muchos no», apunta Kiansumba, quien también menciona a los emigrantes que se trasladan a otro país solo para reunirse con sus familias, a veces, tras largos procesos de reunificación familiar. Si algo tiene claro, concluye Gustave Kiansumba, es que «migrar no es un delito, delito son las causas que originan la migración».

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