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José Luis Segovia, autor de «El Capital contra el Trabajo»

05 octubre 2013 | Por

José Luis Segovia, autor de «El Capital contra el Trabajo»

Este incansable cura de la diócesis de Madrid vive entregrado a combatir la exclusión social y defender los derechos humanos, siempre en contacto con jóvenes castigados por la cárcel y la marginación. Es profesor del Instituto Superior de Pastoral y colabora con los Departamentos de Pastoral Obrea y Penitenciaria de la Conferencia Episcopal. Acaba de publicar este libro que ofrece una lectura creyente de una sociedad dualizada, como es la nuestra.

–¿Cuál es la pretensión de este libro?

–El libro constituye una sencilla aportación teológico-pastoral al hilo del magnífico documento «El trabajo humano, principio de vida» promovido por el departamento de Pastoral Obrera. Pretende hacer una lectura creyente de la realidad del trabajo en la actualidad y de sus desafíos. Toma como elementos de juicio el Evangelio, la ética y las ricas aportaciones de la Doctrina Social de la Iglesia.

–¿Qué ha ocurrido en nuestra sociedad con el trabajo humano, en particular con la persona del trabajador?

–Tristemente, nos hemos montado en un modelo de desarrollo errático. A estas alturas se puede afirmar con contundencia que crecimiento económico no es igual a desarrollo, más bien parece lo contrario. Los datos objetivos que aporta el VI Informe Foessa sobre desarrollo y exclusión social en España son «tumbativos». En los últimos 25 años, hasta la crisis, hemos crecido mucho, pero hemos generado una de las sociedades más desigualitarias de la Unión Europea. En ese contexto, la economía –ciencia de administrar recursos escasos para satisfacer necesidades– ha sido devorada por la crematística –arte especulativo de multiplicar las ganancias sin generar valor añadido–. Esto solo ha sido posible a base de olvidar los fines éticos a los que sirve la economía –ciencia instrumental–, de acabar sofocando las necesidades humanas y de olvidarnos de los derechos humanos de segunda generación. El primer sacrificado ha sido el trabajo, y, por consiguiente, el trabajador, que ha padecido una insufrible dualización: unos, cronificados en el desempleo con prestaciones cada vez más cortas y más escasas y otros, con más horas de trabajo, en peores condiciones y menos sueldo. En suma, el principio de «la primacía del trabajo sobre el capital» ha sido ninguneado. El trabajador es ahora un «recurso humano» más. La persona y sus necesidades han sido sofocadas por «los mercados». Con ello han emergido trabajadores prescindibles, incluso trabajadores pobres –el trabajo de muchas horas no garantiza la integración social y los derechos económicos y sociales–, parados crónicos y población sobrante. Unos tienen todo el tiempo del mundo sin tener que hacer y otros no tienen tiempo para nada. Un ataque a la dignidad de la persona en toda regla. Todo ello pone de manifiesto la perversión de este modelo irracional de crecimiento y la indecencia de seguirlo manteniendo.

–¿Qué trascendencia tiene esto visto desde la fe cristiana?

–Hay que afirmar con toda rotundidad que el paro crónico, la explotación laboral, la precarización del empleo o los retrocesos en derechos económicos, sociales y culturales no son cuestiones técnicas. Ante todo, son cuestiones teológicas y morales. Los despidos, los ERE fraudulentos, la legislación que antepone el capital al trabajo, los desahucios, la corrupción política…, ¡son problemas teológicos! Literalmente «claman al cielo». Nuestro Dios no es ajeno a todo el dolor que provocan. Está radicalmente comprometido en su cuestionamiento y nos invita a generar alternativas desde su sueño sobre la humanidad. Dios brama ante tanto sufrimiento evitable y ante tanto silencio cómplice.

La Iglesia, cuando habla de estos temas, visibiliza a un Dios encarnado que sufre con los injusticiados y quiere que nos empeñemos en realizar su sueño. Cuando callamos o jugamos a dos barajas estamos ocultando a Dios, le estamos haciendo invisible a nuestros contemporáneos precisamente en la única forma en que aceptarían de buen grado su presencia: como buena noticia solidaria, denuncia insobornable de lo injusto y motor de utopía y esperanza. Tenemos mucho que aprender de lo que sopla el Espíritu Santo fuera de la Iglesia: unos pocos «perroflautas» han sido capaces de provocar que en el Parlamento se cuestione algo tan sagrado durante siglos como el régimen de garantía hipotecaria sobre la propiedad inmobiliaria. Han sido «ellos» con pocos medios, y no «nosotros» con múltiples altavoces demasiado selectivos.

–Hablas de la persona como ser de necesidades pero, sobre todo, vocación, ¿qué significa esto?

–En efecto, el ser humano tiene necesidades materiales y espirituales. Realmente, son necesidades muy limitadas, pero universales e intemporales y deben obtener cobertura mediante su institucionalización política en forma de derechos. Pero, sobre todo, la persona es un ser convocado desde el misterio de Dios a una vida plena que solo puede desarrollarse cuando se escribe desde la apertura al Otro y a los otros desde el proyecto de construir un proyecto de felicidad desde un nosotros tan ancho como el mundo. Por eso, cuando empezamos a distinguir entre «nosotros» y «ellos» –por ejemplo, españoles y extranjeros, con papeles y sin papeles– nos estamos cargando la vocación a la que estamos llamados. Un trabajo digno y decente es el que realiza la vocación humana, algo muy por encima de lo instrumental, participa de la dimensión creadora de Dios, de su vocación social y transformadora. Pero, para cumplir esa vocación, las necesidades humanas deben ser satisfechas. El trabajo es la vía de acceso a múltiples satisfactores de necesidades. Cuando no se puede trabajar o se hace en condiciones inhumanas se quiebra ese «principio de vida». Por eso, el paro es un crimen de lesa humanidad y procurar un trabajo sostenible para todos debiera ser una prioridad ética, política y económica.

– El trabajo forma parte del hacer humano, hoy profundamente deformado y amenazado, ¿en qué consiste esta amenaza al hacer humano?

–La globalización, leída desde la clave economicista y funcional que se está dando, constituye una grave amenaza para el trabajo en el Norte y en el Sur. El trabajo para toda la vida ha sido barrido en pocos años merced a la sacralización de ciertos principios que tendrán consecuencias nefastas sobre la felicidad humana: la flexibilidad laboral, la deslocalización del proceso productivo, la precarización de los derechos económicos y sociales, la sustitución del criterio del «derecho» por el del «merecimiento», etc. Sobre todo cuando los «recortes» no son anunciados con carácter coyuntural y medida de emergencia, sino como lo más natural y deseable que el sistema reclama. Esta falacia de confundir lo que se está haciendo con lo que se debe hacer es una cara más del peligroso relativismo moral al que ordinariamente no damos tanta importancia. Con todo, las peores consecuencias del tardocapitalismo neoliberal (desregulación, privatización, competitividad) no son las que se producen en el ámbito económico, sino las que se introducen subrepticiamente en la cultura para contaminarnos a todos: damos por inevitables y buenas cosas que hace cinco años nos habrían parecido una barbaridad.

–La clave está en lo que todo esto supone para la dignidad de la persona trabajadora…

–Creo que hemos sufrido un proceso de anestesia moral colectiva. El capitalismo productivo y de consumo de masas se mutó en una economía de casino contando con la omisión culpable de la mayoría. Ahora, ante la persistencia de la crisis y su evidente secuela de dolor, parece que nos vamos espabilando. Sin embargo, muchas personas esperan el momento de «salir» de la crisis, olvidando que, si por «salida» se entiende la vuelta al modelo anterior, ni podemos ni debemos salir de la crisis. En efecto, muchos, particularmente en el Sur y en bolsas consolidadas de pobreza del Norte, nunca han salido de una crisis que explotó en 2007-2008 pero que se venía incubando desde al menos hace 25 años. Desde entonces viene produciéndose un ataque contra el trabajo y los derechos de los trabajadores que se objetiva en la evolución desigualitaria de la estructura social española y que ahora pretende terminar con los escasos avances del estado del bienestar alcanzados. La dignidad del trabajo y del trabajador no puede quedar reducida a una invocación retórica. Esto vale también para la Iglesia. Quedarnos en los principios es simplemente mentir.

–¿Por dónde pasan las respuestas a esta situación que amenaza la dignidad humana?

–Creo que es cierto que la cuestión social es inaplazablemente una cuestión antropológica. Ha hecho mucho daño la definición de persona reducida a «homo economicus» que ha estado en la base de todos los manuales de macro y micro economía: individuo racional y egoísta, susceptible de adoptar elecciones diversas, movido por el interés. Lo malo es que en las universidades y escuelas de negocios de la Iglesia lo hemos repetido hasta la saciedad y hemos canonizado como modelos a personas que han acabado en prisión. Pero no podemos quedarnos en un debate filosófico. Además es preciso urgir reformas estructurales que pasan por la reactivación de la política, hasta ahora fagocitada por la racionalidad economicista, y la generación de instituciones y leyes efectivas, también a nivel supraestatal, que sometan a las bridas del bien común y la justicia social al caballo desbocado e intencionadamente despersonalizado de «los mercados». Resulta prometedor que pensamiento y modelos vistos como «alternativos» –hasta ahora en sentido peyorativo– estén alcanzando importantes cotas de rigor y reconocimiento científico y social. Me refiero a propuestas como las de la economía del bien común, de comunión, iniciativas de banca ética, comercio justo, banco del tiempo, trabajo comunal y cooperativo, decrecimiento selectivo, exigencia de control público del mercado financiero, nuevas fórmulas impositivas progresivas sobre el capital, etc. Todo en el marco de un modelo de desarrollo integral, sostenible y a escala humana que ponga en el centro a la persona, sus necesidades y derechos desde virtudes públicas y privadas como la justicia, igualdad, la solidaridad o la veracidad. Desde luego, todo apunta a que felizmente otra economía va siendo posible. El trabajo y los trabajadores y trabajadoras lo van a agradecer muchísimo.

–Al final del libro hablas de la necesidad de cultivar una «mística de ojos abiertos», ¿qué quieres decir con esto?

–La expresión es del teólogo Metz. Entiende por ojos abiertos aquellos que nos hacen ver en un mundo de ciegos, sufriendo por el dolor de los demás; los que nos instan a sublevarnos contra el sinsentido del dolor inocente e injusto; los que suscitan en nosotros hambre y sed de justicia, de una justicia planetaria, ecológica e intergeneracional. La mística es «la experiencia de una Presencia inobjetivable en el centro mismo de lo real, pero desde la absoluta trascendencia» (Martín Velasco). Traducido al mundo del trabajo, supone abrirse a la experiencia de esa Presencia amorosa, siempre descolocante y descentradora, como profunda fuerza interior que nos mantiene despiertos, en vigilia tenaz y animosa, comprometidos con la realidad y los derechos de los más vulnerables. Y ello sin rehuir el conflicto, haciendo visible lo invisible y ayudando a que avance el Reino de Dios y su justicia desde el seguimiento de Jesús de Nazaret, «el hombre del trabajo», y el proseguimiento de su causa. Se trata, en suma, de aunar la experiencia de Dios y la del dolor ajeno; de sintetizar compasión e indignación en mutua y fecunda relación de circularidad.

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