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La Navidad y los ricos

18 diciembre 2012 | Por

La Navidad y los ricos

Àlvar Miralles / Y la Palabra se hizo obrero en un taller de Nazaret. Desplazó así para siempre el centro de la divinidad. El centro se abajó hasta el último lugar. La Palabra «se desclasó».

«Y salió de allí y llegó a su patria… y muchos se admiraban y decían: … ¿no es éste el artesano, el hijo de María…?» (Mc 6, 1ss).

Poca cosa este obrero eventual, descendiente, al parecer «irregular», de una mujer llamada María, dentro de una familia de poco valor.

Jesús, tú has escogido a tus padres entre pobres obreros.
Y en un establo –refugio para pobres– María te parió.
Pobre entre los pobres bajaste hasta lo último.
¡Oh Jesús, he aquí tu divina pobreza!

Desde aquella Navidad el amor es un derecho que los pobres tienen sobre nosotros los cristianos (1Jn 3,10). Por eso los ricos –así le gustaba llamar Jesús a sus hermanos cainitas– no cumplen la voluntad de Dios, pues su declarado amor es una farsa, pura y dura palabrería (Mt 21, 28-32).

Dicen que tienen fe, pero poseen riquezas de este siglo. Son farsantes e hipócritas. O como dice el Pastor de Hermas, «piedras redondas» inútiles para construir, ¡y menos aún para construir la iglesia! En efecto, «cuando sobreviene una crisis, por amor de su riqueza y negocios, no tienen inconveniente en renegar de su Señor». Solo si se recortara de ellos la riqueza, que ahora los arrastra, entonces serían piedras útiles para Dios. Como Jesús, obrero del Reino, «el cual, siendo rico, se hizo pobre por nosotros para enriquecernos con su pobreza» (2Cor 8,9). He ahí la verdad y el camino.

Ahora bien, ¿por qué habrían los ricos de preocuparse del sufrimiento de los pobres (es decir, de Dios. Mt 25,31ss), si a la mayoría de los cristianos nos tiene sin cuidado la pobreza de Jesús?

Durante treinta años quisiste ser obrero
sin rango, sin brillo… uno de tantos
que sufre la injusticia diaria en su trabajo.
¡Oh Jesús, he aquí tu pobreza que estremece los cielos!

Jesús, te despreciaron tus paisanos, –¡eras solo un «tekton», un peón artesano, un «manobre» albañil, un hombre sin tierras, sin heredad divina, una vileza de hombre!–, como desprecian hoy a los obreros los «paisanos» del capital.

¡Qué importante es redescubrir el hecho de que Jesús se defina como el ho tektôn (obrero eventual), «lo que implica que es un hombre sin tierras, sin propiedad en Israel, apareciendo como un hombre que debe trabajar para otros. Esa ha sido su escuela, ese es su oficio e identidad: debía vender su trabajo, de forma que, para vivir… dependía de la oferta y la demanda de trabajo de otros», en un mundo siempre en crisis por culpa de emperadores y reyezuelos tiranos. Como hoy.

Antes de llamarte el Cristo, y para serlo, has debido aparecer como «el obrero», un hombre sin estabilidad económica propia, alguien que depende de aquellos que le llaman y encargan tareas ajenas. Pudiste así conocer la realidad de precariedad y pobreza a que son reducidos los últimos de la tierra.

Despojo entre despojos lograste ser al fin,
la cruz marcó tu cuerpo para siempre.
Siervo de Dios y esclavo de los hombres…
¡Oh Jesús, he aquí la pobreza que me ofreces!

Amigos ricos, ante el terrible espectáculo de esta sociedad en crisis, ¿cómo seguís cebando vuestro egoísmo (Sant 5,5), mientras el pueblo sufre miserablemente el atropello de sus derechos? Si no habéis dejado que la conciencia de la dignidad humana (fruto maduro y sinuoso del cristianismo) atravesara la puerta del sistema económico, si habéis impedido que entrara en él, ¿cómo os atrevéis, entonces, a entrar en la iglesia? ¿Qué vais a celebrar en Navidad?

La iglesia no es un museo de reliquias y devociones navideñas, donde pasar un rato agradable, ¡sino una asamblea de personas solidarias! ¡Aquí se viene a trabajar por el Reino!

Empresarios cristianos, si queréis de verdad honrar el Cuerpo de Cristo que comemos en la eucaristía, no consintáis que reciba un salario indigno y esté sin derechos. No le honréis aquí con cánticos y apretones de manos, o recibiendo de rodillas la hostia consagrada, mientras que fuera no respetáis su derecho de trabajo. Porque el mismo que dijo «esto es mi cuerpo», es el que dijo «me vistes emigrante sin papeles y me explotaste; me distes trabajo y me obligaste a firmar un contrato basura…». No hagáis eso, sino honrad a Cristo como él quiere ser honrado.

«La raíz de todos los males es el amor al dinero» (1Tm 6,10). Por eso, querer casar cristianismo con capitalismo es querer un oxímoron, la cuadratura del círculo. «Cuando se ha pretendido concertar un matrimonio entre el egoísmo (canonizado como impulso creador principal de la economía capitalista) y el amor cristiano, no se ha podido pasar más allá de la fornicación, en la que la economía ha mantenido (más o menos veladas) todas sus impudicias (injusticias) y el Amor cristiano se ha envilecido haciendo sinónima la caridad de las formas más degradadas y ofensivas de la limosna (G. Rovirosa). Capitalistas cristianos (sic!), «no podéis beber la copa del Señor y la copa de los demonios. No podéis participar de la mesa del Señor y de la mesa de los demonios» (1Cor 10,21-22). La idolatría económica es incompatible con la fe.

Cada vez estoy más convencido de que la descristianización de Europa es imparable mientras exista el capitalismo. Con el capitalismo solo son posibles dos clases de cristianismo: el verdadero, que es el martirial al lado de las víctimas del sistema y luchando contra él; y el aburguesado o falso, pero mayoritario, que se dedica a menesteres más «religiosos» (sic), dejando intacto este sistema «mamón».

Pero el cristianismo es imposible sin que uno se convierta a Cristo con todas sus consecuencias («con todo el corazón, con toda la mente, con toda el alma, con todas las fuerzas»). Y un cristiano solo puede vivir su dimensión económica como el convertido a Cristo que es, es decir, tratando de introducir, en lo que de él depende, la cooperación integral, que no quiere ser otra cosa que la versión humana de la cooperación integral (comunión) de las Divinas Personas (Rovirosa).

No. Aunque los obreros cristianos nos esforcemos por obtener lo que se suele llamar un «salario justo» en medio del cada vez más depravado capitalismo actual, nuestra meta no está aquí. Frente a la noción pagano-materialista de vender trabajo, nosotros propugnamos la noción de aportar trabajo a la empresa común. La «cooperación integral» ya no representa a un hombre que se vende a sí mismo, sino un hombre libre que colabora, con todas las prerrogativas humanas que ello presupone (G. Rovirosa). Para esto nació Jesús.

Nos acusan a los obreros cristianos de alimentar «la lucha de clases» por decir estas cosas. Pero, «¿qué tiene que ver la rectitud con la maldad?, ¿puede unirse la luz con las tinieblas?, ¿pueden estar de acuerdo Cristo y el diablo?, ¿irán a medias el fiel y el infiel?, ¿son compatibles el templo de Dios y los ídolos?» (2Cor 6,14-16).

En lo que se ha venido llamando «lucha de clases» son todavía muchos los que, solamente atentos a las apariencias y a la espectacularidad, están convencidos de que los «culpables» y los «agresores» de esta lucha somos únicamente los obreros. Si los obreros estuviéramos quietos y resignados, este mundo sería una maravilla. Así piensan. Todo prosperaría. Los obreros se santificarían a base de resignación, y los «otros» [capitalistas y empresarios], viendo esta resignación, sentirían su corazón conmovido, y les darían de buen grado las migajas que Epulón negaba a Lázaro, con lo que después todos estarían juntos en el cielo. Y aquí paz y allá gloria. Es Navidad. ¡Qué bonito! ¿Verdad? (G. Rovirosa).

Solo la verdadera Iglesia de Jesús se atreve, ante la idolatría del mercado, (que trata a los trabajadores como ganado sacrificable), a dar testimonio, «con obras y palabras», del verdadero Dios de los pobres. Y lo puede hacer porque ocupa un lugar entre ellos, un lugar entre los excluidos de este sistema inmoral. Este es el lugar por excelencia al que, desde la primera Navidad, somos llamados los cristianos; el único lugar en el que podemos experimentar la presencia de Dios en la historia y al mismo tiempo criticar radicalmente la idolatría del mercado. Fuera del Dios de los pobres solo existe oscuridad de mente y de vida (Mt 6, 19-24).

La religión burguesa, por el contrario, ante la situación de pobres y pobreza que el mercado genera y produce, guarda silencio. ¿Aceptaremos el nuevo punto de vista cristiano que nos trajo la encarnación? ¿O seguiremos con un cristianismo «aburguesado»? Los obreros cristianos, «hemos creído, y por eso hablamos» (2Cor 4,13), pues si nosotros nos calláramos, entonces «hablarían las piedras» (Lc 19,40).

No, nosotros los obreros nunca debemos olvidar que además del camino y de la verdad, Él es la vida, aunque esté crucificada en la cumbre del basurero del mundo. Su cruz es nuestra cruz.

Personajes comodones suelen decirnos:
«dedíquense al apostolado y… prescindan de lo social».
Señor, hasta aquí llegó la mixtificación capitalista,
hasta hacer de ti un salvador de «ánimas» y no de hombres.
Veo que los que preconizan una religión… sin lo social,
son los que tienen asegurado bienestar, privilegios y lujos.
Su espiritualidad se llama «inmunda sordidez del egoísmo».

Cuando contemplo familias desahuciadas, sin hogar,
viviendo en condiciones indecentes, con salarios indignos;
cuando en virtud de razones financieras, especulativas,
se aplasta a mis hermanos trabajadores…
no valen predicaciones de resignación prostituida,
ni paciencia cómplice.
Allí en nombre de Cristo hay que protestar
y proponer la justicia.
¡Es el Credo mismo quien me convierte en anticapitalista!

¿Cómo fue posible, Jesús, que tu doctrina
fuese tan manipulada por los explotadores?
¿Cómo ocurrió que tu doctrina se la robaron al pueblo?

Señor, una vez más, nos comprometemos
a devolver tu Evangelio a los pobres.
No podemos descansar mientras exista la miseria,
mientras aún tengamos que pedir
la venida de tu reino.

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