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Jesús Espeja: «No hay futuro, si no se escucha la voz de los excluidos»

10 septiembre 2012 | Por

Jesús Espeja: «No hay futuro, si no se escucha la voz de los excluidos»

Jesús Espeja Pardo ha publicado recientemente «A los 50 años del Concilio. Camino abierto para el siglo XXI» (San Pablo, Madrid 2012). Hemos hablado con él de algunos aspectos de su reflexión, en particular de lo que significa para el hoy de nuestra Iglesia y nuestra sociedad el acontecimiento del Concilio Vaticano II.

–Habla del Concilio como «camino abierto para el siglo XXI», ¿cuál es ese camino abierto por el Concilio?

–Primero, a pesar de sus muchas sombras, el mundo, la entera familia humana con el conjunto de realidades entre las que ésta vive, es sostenido por el amor del Creador y liberado por Jesucristo. En consecuencia, fuera de este mundo no hay salvación y solo dentro del mismo tiene sentido la misión de la Iglesia. Segundo, la Iglesia es entidad referencial; signo y germen del reino de Dios que acontece en los procesos de la historia, y al que la Iglesia debe servir. Así, tiene que abandonar la lógica y las apariencias de poder, actuando y presentándose como servidora del Evangelio en la construcción del mundo. Tercero, la Iglesia ante todo es pueblo de Dios, todo él animado por el Espíritu. Dentro de la común dignidad que tienen sus miembros, hay distintas vocaciones y distintos ministerios que ni aumentan ni merman esta dignidad común. La Iglesia no debe ser una sociedad de desiguales, sino una comunidad fraterna.

–¿Qué «piedras» podemos encontrar en ese camino abierto por el Concilio?

–Por un extremo, aferrarnos a una visión exclusivamente negativa del mundo y una actitud defensiva ante los reclamos de la sociedad laica y plural. Por otro, resignarnos a la privatización de la fe cristiana o quedarnos en mera crítica negativa contra los que pretenden continuar en la era «constantiniana».

–¿Qué quiere decir con la «era constantiniana»?

–La expresión se refiere a una época inaugurada por el emperador romano Constantino en la primera mitad del s. IV: termina la persecución contra los cristianos, se da estabilidad oficial a la constitución de la Iglesia; los ministerios de autoridad en la Iglesia se configuran en la lógica de los cargos políticos, y quedan evangélicamente desfigurados por el consorcio con la lógica del poder. A pesar de las reacciones proféticas, la mentalidad y la conducta introducidas han prevalecido en lo que llamamos «era constantiniana». Ese consorcio es ya insostenible cuando en el mundo moderno va logrando una mayoría de edad, se impone la libertad de conciencia y es ineludible la autonomía o emancipación de lo secular respecto a lo religioso.

–Una preocupación fundamental del Concilio fue la reforma de la Iglesia, ¿en qué necesitamos hoy especialmente conversión en la Iglesia?

–Primero. Durante mucho tiempo se miró a la Iglesia prevalentemente, si no de modo exclusivo, como una sociedad perfecta en su organización y estructuras; pero el concilio la presenta como acontecimiento del Espíritu que re-crea en los bautizados el seguimiento de Jesucristo. Así la Iglesia es ante todo y finalmente una comunidad de vida. Segundo. Cuando la Iglesia se propone definirse, busca al mundo, leyendo las necesidades de la sociedad en que actúa, los anhelos que hay en el corazón del ser humano y de la sociedad. Si la Iglesia se constituye en la misión, el destinatario de la misión que es el mundo entra en la razón de ser y en el dinamismo existencial de la Iglesia. Tercero. En esta situación cultural del mundo moderno, con sus profundos cambios y con ineludibles crisis, toda la Iglesia debe rejuvenecerse como pueblo de Dios en misión. Leyendo los signos de nuestro tiempo y vislumbrando en ellos la voz del Espíritu. Sostenida por la Palabra siempre activa, debe asumir verdades y valores suscitados también por el Espíritu en el corazón de todas las culturas. Finalmente, Juan XXIII convocó el concilio para infundir en las venas del mundo moderno la savia del Evangelio. Ese objetivo exige que la organización y funcionamiento estructural de la Iglesia estén al servicio del reino de Dios. Lo cual es imposible sin un crecimiento y apropiación personal de la fe cristiana o encuentro con Jesucristo. Todo un reclamo para la formación de los creyentes, y también para la evangelización de los alejados pues la verdad solo se transmite por la fuerza de la misma verdad que penetra con suavidad en las almas.

–También afirma que «no merece la pena perder el tiempo en conflictos intraeclesiales»; que lo que necesitamos es mirar la realidad humana de nuestro mundo…

–En la preparación del concilio y en su proceso ya se manifestaron las dos posiciones. Una inspirada en la Encarnación, que busca la inserción de la Iglesia en el mundo bendecido por el Creador y liberado por Jesucristo. Otra, con mirada más negativa sobre el mundo, preocupada de salvaguardar la identidad de la Iglesia que se ve amenazada por los ídolos o falsos absolutos que desfiguran al mundo. Para lograr aprobación de los documentos conciliares, hubo consenso que, para su buena salud, deben funcionar en diálogo saludable, y no con obsesión excluyente. Ni la mirada torva y el desentendimiento de este mundo, ni la ingenuidad de aceptar todo lo nuevo sin el debido discernimiento son actitudes adecuadas para transmitir el Evangelio en una sociedad donde brotan ya las semillas del Espíritu en verdades y valores, pero al mismo tiempo el individualismo y la idolatría impiden el humanismo de la humanidad.

–Ser Iglesia en el mundo, como planteó el Concilio, implica un diálogo profundo con el mundo…

–Como afirmó Pablo VI en la encíclica «Ecclesiam suam» 1964, la Iglesia se hace diálogo abierto con el mundo, porque la Iglesia está en función del reino de Dios que ya solo crece en este mundo. Porque nuestra tierra y nuestra historia ya están siendo trabajadas por el Espíritu, este mundo posee bienes, realiza tareas laudables, merece alabanza en su ser y en sus procesos en su propio reino aún no bautizado sino laico y secular; el progreso de la civilización hace descubrir como una exigencia, como un nuevo deber lo que Jesucristo nos enseñó ya en el Evangelio siempre en vías de ser mejor comprendido. ¿En qué debe consistir el diálogo? Primero, escuchar las voces o signos del tiempo. Después discernirlos desde el Evangelio. Para dejarse interpelar por esos signos en orden a comprender mejor el contenido de la fe y buscar el modo más apropiado de proponerla.

–Tanto Juan XIII como Pablo VI insistieron mucho en que la Iglesia es servidora del mundo; Pablo VI decía que el camino y la forma del diálogo es el servicio desde el amor, ¿qué significa para la Iglesia de hoy ser servidora del mundo?

–La Iglesia será servidora del mundo en la medida que opte por defender la dignidad de todos los seres humanos y el cuidado del entorno creacional. No con la lógica del prestigio social y del poder que se impone por la fuerza, sino presentando de modo creíble la verdad del Evangelio que debe ser acogida libremente. Para prestar este servicio, según el concilio, la Iglesia debe ser más parte del mundo, de la entera familia humana; menos mundo, menos poder y prestigio social; y más para el mundo siendo testigo fiel de Jesucristo.

–Dice que el Concilio no tuvo suficientemente en cuenta la situación de los empobrecidos y la voz de las víctimas. De todas formas, ser una Iglesia de los pobres y una Iglesia pobre tiene mucho que ver con la perspectiva abierta por el Concilio Vaticano II, ¿cómo ves esta situación hoy?

–Semanas antes de convocar el concilio, Juan XXIII expresó el deseo de que la Iglesia sea de todos y particularmente de los pobres; el concilio quiere secundar esa intención afirmando que la Iglesia desea seguir a Jesucristo enviado para evangelizar a los pobres y levantar a los oprimidos. Pero tengo la impresión de que esta opción preferencial por los pobres no fue clave fundamental en el diálogo de la Iglesia con el mundo moderno tal como lo presentó el concilio. Esa opción sí entró y fue determinante en los documentos de Medellín, elaborados por el Episcopado Latinoamericano, y emblemáticos de algún modo para toda la Iglesia.

En la crisis económica que estamos sufriendo –una crisis de codicia– no hay salida si desoímos la voz de las víctimas. Aceptando como referencia y criterio la conducta histórica de Jesús, ninguna religión puede ser bendecida y ningún proyecto político tiene futuro, si no escuchan y dejan que entre como sujeto esa voz de los excluidos.

–Desde la Encarnación es desde donde se puede ofrecer al mundo de hoy un camino hacia más humanidad, ¿qué significa esto para la Iglesia de hoy?

–Cuando hablo de Encarnación me refiero a la entrada de Dios en los dinamismos y condicionamientos de la humanidad y de las realidades en que ésta vive. Como en la Encarnación, el Hijo de Dios, en cierto modo, se ha unido a todo ser humano y a toda la creación, en cierto modo también la Encarnación continúa en la historia. Así lo proclama la Iglesia que es acontecimiento del Espíritu en acto de salvación para todos y para todo. Pero en la Encarnación es asumido y perfeccionado todo lo humano, menos la inhumanidad que llamamos pecado. Creo que por ahí debe avanzar la divinización o plena humanización de nuestro mundo que, al fin y al cabo, es el motivo de la Encarnación cuyo signo visible es la Iglesia.

–En el mismo sentido, afirma que es fundamental preguntarse de qué Dios hablar y cómo, y que para ofrecer hoy la novedad del Evangelio debemos partir de lo humano y del reconocimiento de la presencia de lo divino en lo humano…

–La cuestión fontal hoy no es si existe o no Dios. Es más bien qué estamos diciendo con ese término. Con frecuencia los mismos cristianos procedemos dentro de un esquema religioso común interpretando que la divinidad es el ser absoluto y todopoderoso que solo interviene de cuando en cuando a instancias de nuestras oraciones y sacrificios. Pero Dios encarnado y revelado en Jesucristo es el «Abba», ternura infinita en la cual existimos, nos movemos y actuamos; Enmanuel, «Dios con nosotros» que nos ama, nos sostiene y nos impulsa siempre, incluso cuando nosotros somos malos.

Sin duda la visión del concilio desde la Encarnación, implica un cambio a la hora de transmitir el Evangelio. Jesucristo dijo que sus discípulos somos luz del mundo y sal de la tierra; propio de la luz es brillar de un modo visible, propio de la sal es dar sabor mezclándose con los alimentos. Los dos símbolos van inseparablemente unidos. Fijándonos solo en la imagen de la luz, se podría pensar que la Iglesia evangeliza dando soluciones «ex cathedra» desde arriba y desde fuera. Pero la imagen de la sal sugiere que la Iglesia hoy, en una sociedad cansada de palabras y proclamas religiosas, tiene que ser sal, mezclándose y dando sabor evangélico, si quiere iluminar. Para ello no vale partir de verdades abstractas sobre lo divino, sino escuchar y acoger las verdades y valores que van surgiendo en la humanidad ampliando su horizonte desde el Evangelio. Buena referencia para que la HOAC actualice su vocación y su método de ver, juzgar y actuar.

–La Iglesia necesitamos vivir y actuar como Pueblo de Dios, un pueblo que se siente acogido por la misericordia de Dios y quiera ser testigo de ella, un pueblo compadecido y movido a compasión. ¿Qué implica esto?

–Según el Evangelio, la perfección de Dios consiste en la misericordia, esa forma de amor que se hace cargo y carga con la miseria del otro. La vida, muerte y resurrección de Jesucristo son epifanía de esa misericordia. Y la Iglesia será signo creíble de Jesucristo si respira y actúa en la práctica con esos sentimientos. La misma liberación de los pobres realizada por Jesús de Nazaret y propuesta como programa para sus seguidores, es fruto del amor misericordioso y de la ternura de Dios que habita e impulsa en todos los seres humanos. Una organización social donde la competitividad a muerte y la exclusión de los más débiles no deja espacio a la misericordia, solo se valora lo económicamente rentable, y nos está llevando al desastre. Para superar el fracaso se habla de austeridad y de crecimiento. Pero, si «la principal riqueza del país es la gente», ¿no habrá que recurrir de nuevo a la solidaridad que no prospera en toda su verdad sin la misericordia o compasión eficaz?

Según los evangelios, la mirada compasiva de Jesús no se reduce a un sentimiento de lástima o conmiseración ante quien sufre una desgracia; va más allá: conmovido en lo más profundo de su ser por el sufrimiento de las personas y grupos excluidos, reaccionó con palabras y acciones para transformar situaciones inhumanas, oponiéndose al sistema establecido hasta arriesgar la propia vida. La mirada compasiva desde las víctimas, en toda su profundidad evangélica, es sin duda inspiración y elemento decisivo para construir el mundo en solidaridad y justicia, respetando las diferencias e incluyendo a los echados fuera. Siguiendo la conducta de Jesucristo, la moral cristiana debe ser samaritana o compasiva, pues Jesús convierte a los excluidos en el lugar apropiado para el encuentro con Dios y para el juicio final sobre la conducta humana: «tuve hambre y me diste de comer».

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