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Historia de una ecuatoriana en la HOAC

06 agosto 2012 | Por

Historia de una ecuatoriana en la HOAC

En cinco años Auxiliadora ha pasado de vivir en Ecuador a residir en España, de compartir su fe en La Legión de María en su país natal a formar parte de la HOAC de Córdoba donde vive y trabaja en la actualidad. Esta es su historia.

Su marido y ella llegaron a España en febrero de 2007, acuciados por la necesidad de ganar dinero para hacer frente al tratamiento médico de un familiar que se quedó en su país, y gracias a la ayuda de un sacerdote cordobés que conocían de Manta, en la región de Maraví. Antonio Montijo, que así se llama este jesuita que hoy ronda los 90 años y que sigue en La Parroquia de La Merced. Allí acudía esta pareja y él les arregló los papeles porque insistía mucho en que «viajáramos juntos y con todo en regla».

Venían dispuestos a aprovechar el tirón de la construcción como tantos de sus compatriotas, pero llegaron en mal momento, a punto de estallar la «crisis del ladrillo». Por fortuna encontraron otra ocupación como internos en un chalet de El Brillante, donde pasaron dos años y medio, trabajando de sol a sol y sin apenas descanso. «Apenas teníamos amigos y casi ni los veíamos, no teníamos tiempo para otra cosa que no fuera trabajar», admite Auxiliadora, quien, no obstante, los domingos por la tarde sacaba un hueco para frecuentar alguna Iglesia.

Hasta que no cambiaron de trabajo y encontraron un piso donde vivir su vínculo con la comunidad cristiana no se restableció. Auxiliadora había sido en su país catequista, primero de niños, y después de adultos: «En Ecuador los padres son los que dan las catequesis a los hijos y los catequistas solo somos un refuerzo, fundamentalmente para los adultos, que tienen que implicarse. Primero nosotros nos reunimos con ellos y luego ellos mismos, con sus hijos», cuenta. También pertenecía al equipo de Liturgia donde le habían enseñado «no solo a leer bien el Evangelio, sino a proclamar la Palabra de Dios».

Unirse a un grupo

Con ese bagaje y su natural espontaneidad, no fue difícil que el cura de la Parroquia de Fátima, Rafael Herenas, el consiliario de la HOAC de Córdoba, le animara a participar activamente en la vida comunitaria. Su marido encontró trabajo de camarero en el barrio y ella, cuidando a una anciana, de lunes a sábado, doce horas al día, lo que no le impidió «integrarme en la parroquia, primero en la proclamación de la Palabra, después con las personas y los distintos grupos de la comunidad que me acogieron y me acompañaron, más tarde en la Pastoral Obrera y finalmente en la HOAC». Hizo caso, aunque a medias, a su buen amigo, el jesuita de Ecuador, que le había insistido en que impulsara la Legión de María y si no podía que se integrara «en algún grupo». Su marido le apoyó en todo momento, aunque prefirió el papel de simpatizante, «porque no le va tanta lectura y tanta reflexión».

Lo que más le llamó la atención de la HOAC fue «la unidad que había entre ellos, si estaban enfermos o necesitaban algo se ayudaban entre ellos y la manera de trabajar con los obreros, marchar si había algún muerto o hay que defender los derechos. Yo antes era de mucho rezar y ahora me doy cuenta de que tan importante es eso como actuar en la vida diaria», dice Auxiliadora, quien no obstante reconoce, como ella misma expresa entre risas, que ha tenido que «estudiar mucho y al principio decía que no iba a poder». «Los temas de los planes de formación son muy interesantes y muy profundos y es bueno prepararse cada semana», completa su impresión sobre su recorrido por la iniciación a la militancia hoacista. Ahora se atreve con la vida de Guillermo Rovirosa, a quien pide «algún día, llegar a ser como tú».

Pasar a la acción

«La verdad es que eso del ver, juzgar y actuar se me hacía muy duro…, sobre todo, la acción. Pero merece la pena, ahora entiendo mejor la Palabra de Dios y veo que hay que hacer algo tal y como está hoy en día el mundo», admite Auxiliadora, quien ahora «cuando lo paso mal» procura «darse cuenta de tantas personas como hay que lo pasan peor» o cuando tiene algo de dinero y le entran ganas de ir al mercadillo se plantea «si realmente es necesario o si podría hace algún bien a otra persona o a la misma Iglesia».

A pesar de que «todos tenemos nuestra forma de ser y de ver el mundo» y de que en la HOAC cada uno opina libremente sobre cómo abordar cada asunto, Auxiliadora destaca que «no es un hablar sin más, una pelea para ver quien lleva razón, sino que al final se trata de llegar a una conclusión, de ver qué se puede hacer». Dice que ahora está descubriendo muchas cosas que antes veía pero sin caer en la cuenta de su significado profundo, porque como dice, citando a Rovirosa, «no sabemos escuchar al otro». Al final, lo que vale, comenta, no es «lo bien que habla uno, sino el ejemplo que das, cómo se trabaja, el compromiso».

A Auxiliadora le ha costado también mucho no dirigirse al cura Rafael como «padre», como hacía en Eucador. «Puede que los curas de aquí sean más prácticos y más cercanos, menos rescataditos, más dispuestos a que les hables con sinceridad y contarles tus problemas y a relacionarte con ellos desde la amistad». Transcurridos dos años en la iniciación, hoy es ya una militante más, integrada en el Sector de Inmigración de la Diócesis de Córdoba, desde el que anima a sus compatriotas y a otros inmigrantes a acudir a las celebraciones señaladas, ya sean o no de la HOAC, de la Iglesia. «A muchos, la Hermandad les suena a los que salen en procesión, pero yo les explico que es Obrera y de Acción Católica», admite.

Con un curso recién terminado de Geriatría y otro de Puericultura, mira al futuro con optimismo, a pesar de que su marido ha sido despedido del almacén de tapicería donde desde hace dos años venía trabajando. Van tirando con pequeñas chapuzas, «puesto que mi marido es muy manitas, sabe pintar, sabe tapicería…» y un trabajo de tres horas al cuidado de una persona mayor que ella ha encontrado. «Estar cerca de una comunidad cristiana me ha ayudado muchísimo, ya no me siento sola, porque vivo en Comunión», confiesa, quien, junto a su esposo siempre ha tenido «la esperanza de que nuestro buen Dios ha estado con nosotros acompañándonos».

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