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Trabajar en justicia y caridad por el Evangelio

14 marzo 2012 | Por

Trabajar en justicia y caridad por el Evangelio

El sábado 3 de marzo celebramos la Jornada Diocesana de la Delegación del Trabajo de la archidiócesis de Madrid. ¿Objetivo principal? Avanzar en que la dimensión social de la fe sea un elemento integral de la evangelización, no un añadido estético. Por eso escogimos el lema de la Jornada: “Trabajar en justicia y caridad por el Evangelio”.

Abrió la Jornada Diocesana un texto evangélico para vivenciar que Cristo va por delante en este camino: igual que Jesús levantó la dignidad de la mujer encorvada por encima de las estructuras del sábado (Lc 13, 10-17), hoy sigue levantando al mundo obrero. Inmediatamente abrió la ponencia marco Agustín Rodriguez Teso, sacerdote de Madrid. Recogemos a continuación algunas notas de sus palabras.

 

NO SOMOS INDIVIDUOS

El neoliberalismo nos quiere convertir en individuos, alguien que empieza y termina en sí mismo. Pero esto es un insulto. La persona no es gente sin historia como si hubiésemos en una inclusa para abrirse camino siendo millonarios. En este caso las relaciones que resultan son la competitividad y el dominio. Los demás son rivales que te pueden hacer sombra.

Pero, gracias a Dios, la historia no empieza conmigo-individuo sino con un Dios que sueña con tener a alguien a quien decir: “tú eres mi hijo”. Esta es nuestra identidad  Claro que yo esto lo puedo vivir como huérfano o como hermano. Veamos algunos relatos.

El profeta Oseas lo escenificó en su vida. Este personaje se siente invitado a casarse con una prostituta. ¡Vaya faena que le encomienda Dios! Pero es que además va a concebir, fruto de esta relación, dos hijas a quienes debe poner por nombre “No compadecida” y “No pueblo” ¡Vaya nombrecitos! Es fácil ver que la unión del profeta Oseas con la prostituta representa a Dios con el pueblo de Israel adorando becerros de oro. Menos mal que este drama termina con un final feliz: Dios las va a convertir en “Compadecida” y “Pueblo de Dios”.

 

EL MODELO DE LA JUSTICIA CRISTIANA

Quien mejor relata esta aventura es el evangelio en la parábola del hijo pródigo. La justicia del padre consiste en devolverle la vida al hijo. El hijo menor se comportó como “individuo”: “yo quiero vivir mi vida fuera del hogar; yo quiero gastarme mis bienes en mis asuntos, yo soy un individuo autónomo”. Ahí empieza el drama de un padre que ya no puede vivir como padre porque un hijo que no quiere vivir como hijo.

Pero, pasado el tiempo, el hijo se siente huérfano: “en casa de mi padre estaba mejor… Padre: ya no merezco llamarme hijo, pero déjame vivir como jornalero tuyo”. La JUSTICIA del padre consiste en devolver al hijo-individuo la dignidad de hijo (en vez de huérfano) y la de hermano con hogar. Le restituye su dignidad original de persona. Y el padre puede ejercer como tal.

El hijo mayor ve esta JUSTICIA como amenaza. Él venía funcionando en la vida como retribución y ahora el hermano va a ser su competidor. Además, según las leyes derivadas de la justicia del hermano mayor, “el que la hace la paga”. Por eso se niega a entrar en la casa donde convivir con su hermano. Ahora es el hijo mayor el que impide que el padre realice su paternidad.

 

ESTRUCTURAS DE PECADO

Esta historia repetida muchas veces acumula la negatividad cuajada en leyes y en una cultura que hace normal lo que es anormal, que convierte la estadística en norma ética. Algunos asistentes a la ponencia marco de Agustín ponían ejemplos de estructuras de pecado en la historia:

–una ley que proteja más la propiedad privada que el bien común. Éste no es la suma de bienes individuales, sino la creación de posibilidades para que cada uno desarrolle sus potencialidades (Mater et Magistra 65);

–la desigualdad escandalosa del pobre Lázaro y del rico Epulón, quien es condenado a vivir fuera del seno de Abraham por banquetear sin tener corazón para el hermano pobre a la puerta (Lc 16, 19-31);

–dejar la organización de la economía y sociedad a los mercados: “la libre concurrencia, aun cuando dentro de ciertos límites es justa e indudablemente beneficiosa, no puede en modo alguno regir la economía” (Quadragesimo Anno 88).

Todo esto impide el sueño de Dios. Si vivimos como dominantes de los hermanos, impedimos la posibilidad a Dios de ser Padre. “Es necesario denunciar las existencia de unos mecanismos económicos, financieros y sociales, los cuales, aunque manejados por la voluntad de los hombres, funcionan de modo casi automático, haciendo más rígidas las situaciones de riqueza de los unos y de pobreza de los otros” (Solicitudo Rei socialis 16).

 

NO HAY JUSTICIA SIN AMOR

Las estructuras de pecado crean miedo, angustia, muerte. No hay más que ver los millones de personas con hambre en el mundo mientras unos pocos tiramos a la basura toneladas de alimentos en Europa. No hay más que ver los millones de empobrecidos por el paro, donde se muestra que “el trabajo ocupa el centro mismo de la cuestión social y es una clave, quizá la clave esencial de toda la cuestión social” (Laborem exercens 8; GS 38).

Si entramos a definir la vida fundamentalmente desde la retribución, la competitividad, la ganancia… no nos relacionamos bien con los demás ni con Dios. Convertimos a los otros en “No pueblo” y “No compadecidos”. Esparcimos basura a la humanidad delante de un ventilador.

Pero Jesús rompe esta dinámica al cargar con las consecuencias de esa miseria y no devolver la mierda al que le ensucia. Su experiencia de ser hijo querido del Padre le hace entender el desarrollo no como poder dominador sino como misericordia y perdón. Jesús rompe la dinámica de la (competencia) competitividad por el poder poniéndose en el lugar de los que sufren las consecuencias y reconstituyendo la justicia del Padre.

En la película “La lista de Schindler” el director nos muestra que el jefe del campo de exterminio nazi, montado sobre un caballo blanco, experimenta más poder en perdonar a los condenados que en matarlos con un rifle de mira telescópica. Claro que perdonar no poniéndote por encima del otro, sino situándote a su altura, reconociendo que te has equivocado al dominar.

 

CARIDAD SOCIOPOLÍTICA

El cristiano se funda en el amor para ejercer la justicia. El padre de dos hijos, uno enriquecido y otro empobrecido, sueña con sentar a la misma mesa a los dos hermanos. Como dice la canción: “Aquí cabemos todos o no cabe ni Dios”. ¿Cuál es el criterio de discernimiento del amor y la justicia?: el otro es mi hermano. ¿Quién eres tú para hacerte dueño de la mesa del mundo?

Ahora no empezamos la historia, sino que estamos en una situación de desigualdad estructural. Por eso es criterio fundamental del amor la opción por los más pobres y el arreglo de estructuras. Si no reorganizamos el mundo, éste no funciona hermanando la caridad y la justicia. Los cristianos debemos hacernos cargo de que los desheredados sociales son considerados “no pueblo” y con ellos lograr que sean “pueblo”, porque Dios los considera sus hijos despreciados socialmente.

El ayuno que nos proclama el profeta Isaías es “no te cierres a tu propia carne”, considera al otro como tuyo. De esta manera saludarás al que te encuentras, como un pueblo africano: “yo estoy bien si tú estás bien”. La oración cristiana consiste en ver las cosas desde los ojos del padre que tiene dos hijos y desde los ojos de Jesús, que se encarna en la humanidad indefenso entre los pobres y con ellos sube a la cruz por todos como si fuese un hijo abandonado de su Padre. No es lo mismo ver al otro como un extraño huérfano que como un hijo de mi mismo padre.

Si algo seguro tenemos nosotros es que nos vamos a morir todos, pobres, ricos o mediopensionistas. Lo importante es ¿qué herencia le vamos a dejar a la historia apasionante del padre con dos hijos? Cuando nos desentendemos de la vida de los otros escupimos al cielo y seguramente que nos cae el escupitajo. Algo de esto nos aclara la crisis.

Si no te mueves en la transformación del mundo económico y social, ya estás ejerciendo una postura en la relación de la historia de salvación que ha iniciado el padre de los dos hijos. No es posible no entrar en el juego.

 

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