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La suma siempre gana

21 abril 2017 | Por

La suma siempre gana

Javier Madrazo | Vivimos tiempos convulsos, marcados por la incertidumbre y el miedo al futuro. El desempleo, la precariedad, los bajos salarios y la pérdida de poder adquisitivo conducen al ser humano a un estado de frustración, impotencia y desesperanza, difícil de gestionar. El empobrecimiento de la llamada clase media y el declive de la socialdemocracia (Holanda es su último ejemplo), entendida como un modelo para promover mayores cotas de bienestar e igualdad, están en el origen del auge de los movimientos populistas de extrema derecha, que se nutren de la xenofobia, el machismo y la homofobia.

A todo ello, se une la indignación y el hartazgo provocados por los abusos de poder cometidos por quienes tenían la obligación de proteger nuestros intereses y nuestros derechos. No ha sido así. La alianza entre la banca, las grandes empresas, los partidos políticos mayoritarios, la monarquía y amplios sectores de la justicia, ha creado una auténtica mafia, que ha logrado tejer una red consolidada de corrupción y enriquecimiento ilícito que ahora, por fin, estamos conociendo. Es seguro que quedarán muchos escándalos por descubrir y nunca conoceremos toda la verdad de lo ocurrido en España desde la Transición, pero lo que si sabemos, sin duda alguna, es que en muchos consejos de Gobierno y en muchos consejos de administración se ha actuado sin ética, sin moral, sin conciencia y sin transparencia.

Debemos creer que la política, y sobre todo quienes la representan, sabrán tomar buena nota de lo ocurrido para no repetir los mismos errores del pasado. El primer paso lógico para alcanzar este objetivo sería que quienes han ejercido el liderazgo en esta etapa negra sean apartados de sus cargos, públicos o internos. Lamentablemente, no parece que sea así. Los partidos, nuevos o viejos, tienden a mantener el control del «aparato» para perpetuarse en el poder, premiando a los fieles y relegando a quienes discrepan legítimamente. Lo hemos visto en el Congreso del Partido Popular, rendido ante Mariano Rajoy, en la defenestración de Pedro Sánchez en el PSOE y en Vistalegre II, una escenificación del liderazgo de Pablo Iglesias, con Íñigo Errejón en el papel de perdedor. Las ideas quedan relegadas ante los personalismos y así pierde siempre la ciudadanía.

La experiencia demuestra que no resulta fácil estimular el debate interno y garantizar, al mismo tiempo, la unidad de acción y la convivencia pacífica en el seno de las formaciones políticas. Tenemos mucho que aprender acerca de prácticas de democracia interna y, sobre todo, debemos saber priorizar las demandas de la sociedad sobre las luchas de poder. En muchas ocasiones, las apelaciones al consenso hechas desde quienes ostentan el control en los partidos, se entiende como unanimidad y uniformidad y, por tanto, como negación de la pluralidad e imposición. Otra cosa distinta, es reivindicar el acuerdo, entendido como punto de encuentro entre posturas diferentes, tras un debate sereno, riguroso y útil. En España caemos una y otra vez en la trampa del enfrentamiento, en lugar de trabajar por el entendimiento. En la mayor parte de las ocasiones no hay discrepancias políticas de peso y sí fuertes personalismos, egos y vanidades, que poco o nada tienen que ver con la búsqueda de soluciones a los problemas reales de la ciudadanía.

Es fundamental volver a hacer de las organizaciones políticas espacios de participación amable y positiva, frente a la dinámica invivible de enfrentamientos y «batallas campales» que ahuyentan a las personas, sobre todo jóvenes, que se acercan con ilusión buscando implicarse de forma entusiasta en la transformación de la sociedad. Es lo que viene sucediendo en estos momentos con la confrontación interna existente en Podemos o en el PSOE, que ha llevado a que las agrupaciones o los círculos estén cada día más debilitados por la gran pérdida de militancia que se ha alejado huyendo de la «bronca» permanente.

Por desgracia, a la vista de los hechos, partidos nuevos y viejos actúan del mismo modo. Y esto, cuando menos, es decepcionante. La política es el mejor instrumento para trabajar por un mundo mejor. En ningún caso debe ser, como ocurre en la actualidad, un campo de batalla con ganadores y perdedores.

Después de tantas experiencias vividas, especialmente en el ámbito de la izquierda, se debería saber que por el camino de la purga y de «podar» el árbol, una y otra vez, solo se avanza hacia la derrota y la pérdida de adhesiones ciudadanas. Es lo que sucede en este momento en el panorama político de nuestro país con las fuerzas de progreso, que están sumidas en la división y la debilidad, por su falta de madurez para interpretar y encauzar las divergencias.

Precisamente, las diferentes posiciones deben servir como un aliciente en la definición de las mejores respuestas a los grandes retos que debemos enfrentar quienes hacemos bandera de la igualdad, la justicia social y el desarrollo humano y sostenible, que nos acerque, si no la felicidad, sí, al menos, a la calidad de vida que merecemos, especialmente los sectores más vulnerables.

Uno de los principales males que hay que erradicar en las fuerzas transformadoras, es el sectarismo que impide articular síntesis superadoras de las discrepancias. Ello debe pivotar sobre el convencimiento de que es más lo que une que lo que separa, a los afiliados-inscritos y a las distintas corrientes que conviven en el seno de las formaciones políticas. La suma fortalece; la división debilita.

Apelar a la democracia interna, abrir la participación a simpatizantes, fomentar la transparencia a través de las redes sociales y reivindicar el derecho a decidir y a votar las grandes cuestiones en el seno de los partidos son pasos fundamentales que habrá que dar. Sin embargo, la clave está en las personas que integran las formaciones políticas. Tenemos que fomentar de verdad valores como el respeto, la ética, la confianza, la generosidad y el entendimiento si se quiere reconectar con la ciudadanía. No hay atajos en este camino.

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