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Vida entregada, vida resucitada

13 abril 2017 | Por

Vida entregada, vida resucitada

José García Caro | El Triduo Pascual, es más que un tiempo litúrgico. Para nosotros, es un modo de vivir, de sentir y de pensar nuestra historia, y de actuar en ella, movido por Jesús crucificado y Cristo resucitado.

Los que tratamos de seguirle y creemos en él, hemos sido bautizados en su muerte y resurrección, y, su Espíritu, nos capacita para vivir una vida resucitada, esto es una vida entregada hasta la cruz.

La resurrección de Jesús es la clave

Jesús entrega la vida voluntariamente, «nadie se la quita» (Jn 10, 17-18) y porque así asume la muerte en cruz, Dios Padre le resucita. En realidad, la vida humana de Jesús era una vida resucitada antes de la Pascua; la resurrección formaba parte constitutiva de ella. Por su comunión con el Padre tiene ya la vida plena. La mañana de resurrección es la verificación de la verdad honda de su vida.

La resurrección de Jesús, hace justicia a una víctima. Dios resucita a quien, por haber vivido entregado a los pobres, fue crucificado. Esta acción universaliza la realidad de Dios, «como aquel que da vida a los muertos y llama a las cosas que no son para que sean» (Ro 4, 17). Así, Dios, conocido ya como el que libera, «yo te saqué de Egipto» (Ex 20, 2), ahora se revela como el «Dios de la vida» (Jn 10, 10), que reacciona frente al que injustamente quita la vida y se pone a favor del que da la vida, rehabilitando al ajusticiado y desautorizando al verdugo. Por eso apostar por la vida, luchar contra los que la desgracian o la matan, es «divino».

El resucitado es el crucificado

El resucitado conserva sus llagas. No se puede narrar la muerte y la resurrección de Jesús prescindiendo de su vida. Una cosa es consecuencia de la otra. Esta unidad entre vida-muerte-resurrección de Jesús, está clara en el evangelio: «al que ustedes asesinaron, Dios lo resucitó» (Hech 2, 23 s). Si Dios resucitó a un crucificado, desde entonces hay esperanza para los crucificados de la historia.

El resucitado mirado desde su cruz, no revela a un Dios de poder, sino débil, con la impotencia de quién no puede sino amar. Un Dios que no solamente ha sufrido por nosotros, sino que sufre con nosotros. Un Dios que orienta nuestra mirada hacia el sufrimiento y el abandono de tantos hombres y mujeres crucificados por la injusticia deshumanizadora.

Poder que mata y amor que salva

La resurrección del crucificado, nos revela a un Dios que pone vida allí donde los humanos ponemos muerte. Por eso, creer en el Dios que ha resucitado al crucificado es entregar la propia vida en la lucha contra la muerte y los mecanismos que matan. Una vida crucificada en el servicio a los empobrecidos y en la lucha por humanizar la vida, es la mejor expresión de fe y seguimiento de Jesús, crucificado por el poder, pero resucitada por el amor de Dios.

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