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Compromiso ético para desenterrar la justicia #EditorialNNOO

05 diciembre 2014 | Por

Compromiso ético para desenterrar la justicia #EditorialNNOO

Nuestra sociedad se parece cada vez más a una ciudad que tras un terrible bombardeo ha quedado reducida a un montón de escombros. Nuestro edificio social es un montón de escombros bajo el que está enterrada la justicia, la justicia debida a las personas, la justicia debida a los empobrecidos. Bajo los escombros están los derechos de muchas personas, el derecho a ser y vivir de las personas, de los pobres.

El bombardero que ha tirado las bombas que han causado este destrozo humano es el de la idolatría del dinero, la institucionalización social del afán de enriquecerse a toda costa. Todo se ha sometido a la cruda y desalmada lógica del Mercado, convertido en un absoluto, hasta institucionalizar reglas y normas radicalmente individualistas que dan rienda suelta a quienes acumulan riqueza sin parar a costa del empobrecimiento social, dejando montones de víctimas al paso de su codicia. Y, también, hasta que hemos aceptado socialmente con toda naturalidad el dominio del dinero y su lógica en nuestras vidas y en nuestra sociedad. El ídolo del dinero ha sustituido la primacía del ser humano. El resultado es el montón de escombros en que se ha convertido nuestro edificio social.

La idolatría del dinero se expresa en políticas que generan desigualdades crecientes y no atienden las necesidades sociales y de los empobrecidos, porque dan prioridad a la acumulación de riqueza por unos pocos, en la falsa convicción de que ese comportamiento generará crecimiento económico que, antes o después, alcanzará a todos. Así, los que pueden, abusan del poder para enriquecerse. Esas políticas minan las bases de los derechos laborales, sociales… y de la democracia misma. Y sitúan en la precariedad, la pobreza y la exclusión a cada vez más familias. Pero se expresa también en la corrupción de quienes, abusando del poder que tienen, buscan enriquecerse a costa de lo que sea. Esas políticas y esa corrupción están estrechamente relacionadas, tienen un mismo origen.

Las políticas y la corrupción que responden a la idolatría del dinero han impulsado en los comportamientos institucionales un individualismo atroz, que desplaza al bien común, la solidaridad y la comunión social. La dicotomía entre economía y bien común es cada vez mayor. En la raíz de esta situación hay una profunda crisis de humanidad, una profunda crisis ética. En este contexto, como dice el papa Francisco, «la ética suele ser mirada con cierto desprecio burlón. Se considera contraproducente, demasiado humana, porque relativiza el dinero y el poder. Se la siente como una amenaza, pues condena la manipulación y la degradación de la persona. En definitiva, la ética lleva a un Dios que espera una respuesta comprometida que está fuera de las categorías del mercado» («La alegría del Evangelio», 57).

Pero, precisamente por eso, necesitamos un firme compromiso ético, recuperar la ética, para derribar de su pedestal al ídolo del dinero y devolver a la persona al lugar que le corresponde, para poner primero que nada a las personas, a los pobres, sus derechos y necesidades. Necesitamos un firme compromiso ético para desenterrar la justicia de debajo del montón de escombros en los que la ha sepultado la idolatría del dinero, tantas políticas injustas y tanta corrupción. Solo así podremos reconstruir un edificio social digno del ser humano. Pero para ello necesitamos recuperar la política, construir una política con un fuerte compromiso ético, una política con verdadero rostro humano. Así, el ruego del papa Francisco es una llamada a una tarea común para recuperar la política: «¡Pido a Dios que crezca el número de políticos capaces de entrar en un auténtico diálogo que se oriente eficazmente a sanar las raíces profundas y no la apariencia de los males de nuestro mundo! La política, tan denigrada, es una altísima vocación, es una de las formas más preciosas de la caridad, porque busca el bien común (…) ¡Ruego al Señor que nos regale más políticos a quienes les duela de verdad la sociedad, el pueblo, la vida de los pobres!» («La alegría del Evangelio», 205). Esta es una tarea común de todas las mujeres y hombres de buena voluntad.

 

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