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Santiago Agrelo, arzobispo de Tánger: «Mientras las medidas políticas ignoren el sufrimiento serán vejatorias»

01 abril 2014 | Por

Santiago Agrelo, arzobispo de Tánger: «Mientras las medidas políticas ignoren el sufrimiento serán vejatorias»

Al frente de la diócesis de Tánger, una de las dos que la Iglesia tiene en Marruecos –la otra es la de Rabat–, se encuentra desde hace siete años, el franciscano de 71 años de edad, Santiago Agrelo. Su voz se ha escuchado con fuerza a raiz de la muerte de 15 inmigrantes africanos cuando intentaban llegar a Ceuta.

–¿A qué se dedica la Iglesia católica en particular en Tánger y en general en Marruecos?

–Somos una pequeña comunidad eclesial, multirracial, multicultural, a la que da unidad la fe en Cristo, el Espíritu de Cristo, la caridad que es Dios. La mayor parte de los miembros de esa comunidad están aquí por motivos de trabajo o de estudio, alguno por motivos penales, otros han nacido aquí, aunque, por ser cristianos, no puedan ser marroquíes. Y hay un grupo, que ha sido numeroso en tiempos pasados y que continúa siendo significativo, constituido por los que han venido a Marruecos como misioneros. De ellos puedo decir que nos dedicamos a ser Iglesia entre musulmanes, y creo que también diría con verdad que nos dedicamos a ser Iglesia entre los pobres. Y, por ser Iglesia, se nos encuentra siervos de los pequeños: discapacitados profundos, niños con síndrome de Down, sordomudos, niños y niñas en situación de riesgo de exclusión social, analfabetos, inmigrantes. Un capítulo muy importante de las actividades de esta Iglesia ha sido siempre la promoción de la mujer.

–¿Cómo le ven las autoridades marroquíes?

–La relación de las autoridades marroquíes con esta Iglesia ha sido siempre correcta, más aún, yo diría que esa relación ha estado siempre marcada por la mutua estima, el respeto recíproco, y una buena colaboración. Las autoridades están informadas de la actividad que a favor de los emigrantes y a través de la Delegación de Migraciones desarrolla la Iglesia Católica en el Norte de Marruecos, y nada podríamos hacer si ellas no viesen con buenos ojos esa actividad.

–¿Y con las autoridades españolas?

–La única autoridad española con la que me relaciono es el Cónsul de España en Tánger, y es una relación siempre cordial y amistosa. Todavía no me encontré con él desde la concentración ante el Consulado para reclamar el fin de las muertes en las fronteras. Pero estoy seguro que el hecho de encontrarse él dentro del Consulado, como autoridad que representa al Gobierno español, y yo fuera, como manifestante, no ha modificado nuestra relación personal.

–¿Qué le parece que en España se informe sobre los «asaltos a la valla», que se hable de que hay 30.000 u 80.000 africanos esperando «invadir» nuestro país…?

–Hoy, a las autoridades de un país democrático, no se les permitiría sacar tanques a la calle para reprimir una manifestación, o decretar una pena de muerte, o simplemente faltar al respeto a ninguna categoría de ciudadanos. Con lo cual, quienes quieran reprimir, matar, o simplemente desprestigiar ideas o a personas, se servirán de las palabras: el lenguaje es el arma con que el poder nos manipula, nos engaña, nos somete.
Hemos conseguido que las palabras sirvan para no entendernos, para no comunicarnos, para no encontrarnos, y para que aceptemos sin pestañear marrones que nunca aceptaríamos si el lenguaje no los envolviese en papel de regalo. El lenguaje es el arma principal que el poder usa para destruir a los emigrantes: miente, deforma la realidad, criminaliza a las víctimas, y la sociedad traga y odia, que es lo que se trata de conseguir.

–¿Qué hay de cierto en la existencia de «mafias criminales» que facilitan la entrada ilegal de inmigrantes?

–Las mafias no las crean los pobres, sino el poder. Nadie se pone en manos de una mafia si puede estar en manos de una autoridad legítima. Ninguno de nosotros acudiría a un usurero si la justicia nos diese lo que nos corresponde por derecho o lo que necesitamos por circunstancias extraordinarias de la vida. Las mafias las crea el poder cuando, a los pequeños, a los pobres, los deja desprotegidos en el ejercicio de sus derechos, en la soledad de sus problemas, en la angustia de sus vidas. Si el poder cierra las fronteras, nacerá una mafia que se ofrecerá a abrirlas. Resulta repugnante que el poder y sus voceros presenten a los emigrantes como víctimas de las mafias: mucho antes de serlo de ellas, lo han sido y lo son del poder.

–¿Se le pueden poner «puertas al campo» y disuadir a quienes buscan una vida mejor de que se queden en sus países?

–No se puede. Nada hay más peligroso que un sueño, nada más poderoso que una esperanza. La expresión «vallas impermeables» nunca describirá lo que son las vallas, sino los riesgos cada vez mayores que habrán de asumir los soñadores para alcanzar lo que sueñan. La única disuasión posible sería el conocimiento de la realidad, conocimiento que se haría posible, razonable y práctico si, en vez de acorralar a los emigrantes en caminos de muerte, se les diese la ocasión de entrar normalmente en los países, la ocasión de ver, la ocasión de quedar si encuentran algo mejor de lo que tienen, o de regresar sin humillación si lo que han visto no es lo que esperaban ver. Pero, contra toda racionalidad, se les obliga a gastar lo que tienen, a arriesgar la salud, la dignidad, la integridad física, la vida, a poner sobre la mesa tanto sufrimiento que ya no podrán nunca volver atrás sin echar a los perros la propia vida. Para que me entiendan: si yo, desde niño, he puesto sobre la mesa de la fe mi vida, y he orientado hacia la frontera de Dios todos los pasos que he dado, aunque ahora viniese el mismo Dios a decirme que no existe, yo le diría sencillamente que está del todo equivocado.

–¿Como debería ser la política migratoria y de fronteras desde su óptica?

–Toda política, también la de fronteras, debería respetar escrupulosamente los derechos inalienables de las personas, esos derechos con los que nacemos, y que ninguna autoridad de este mundo nos podría dar ni nos puede quitar. Las políticas deberían hacer innecesaria la emigración; pero si no consiguen eso, han de hacer al menos que todos respeten el derecho a emigrar. Las opciones políticas serían muy diferentes si, en vez de responder a la pregunta: ¿cómo hacer impermeables las fronteras?, respondiesen a la pregunta: ¿qué podemos hacer para que los emigrantes se abran camino hacia el futuro?
Mientras no hagamos la pregunta adecuada, no daremos con la política justa. Mientras ignoren al hombre y su sufrimiento, las opciones políticas serán vejatorias, inicuas, y necesitarán la envoltura del lenguaje para que los ciudadanos comulguemos con vallas y cuchillas, con violencias y muertes.

–Se ha armado gran revuelo por sus declaraciones sobre que «Dios es de izquierdas»… ¿Se lo esperaba? ¿Qué era lo que quería decir?

–Me lo podía suponer, pero siempre he confiado en la fuerza de la palabra para encarnar las ideas que deseo transmitir, y con esa confianza he optado por un predicado, «de izquierdas», que a nadie deja indiferente. Lo que con ese predicado quería decir es casi obvio: Dios, al encarnarse, se ha puesto contra sí mismo para ponerse a nuestro favor; Dios se ha hecho vulnerable para hacernos fuertes con su debilidad; Dios se ha empobrecido para enriquecernos con su pobreza; Dios se ha puesto del lado de los excluidos: endemoniados, leprosos, ciegos, sordos, mudos, paralíticos, prostitutas, recaudadores; Dios, para salvarnos, escogió el camino del no poder, del servicio, de la entrega de la propia vida; el Dios de nuestro Señor Jesucristo se nos reveló como partidario –solidario– de los pobres, de los que lloran, de los que sufren injusticia, de los que trabajan por la paz. De ese modo, Dios nos ha mostrado el camino que los hombres hemos de seguir si queremos ser hijos de nuestro Padre celestial. Puede que esté del todo equivocado, pero a un hombre que entra por la fe en ese camino abierto por Dios, yo podría llamarlo «de izquierdas», aunque solo fuese por el interés que las izquierdas políticas han tenido en envolverse en la bandera de la opción por los pobres para entrar así en su corazón. Y con la misma lógica con que puedo decir «de izquierdas» al imitador, lo puedo decir al imitado.

–¿Se siente suficientemente respaldado por la comunidad católica de España en su tarea como «pastor»?, ¿qué nos pide a los católicos europeos?

–Me siento respaldado por la Iglesia de Tánger. Ella fue la que, a través de sus instituciones, puso firma y sello a la primera carta-denuncia que presentamos sobre migraciones y fronteras del sur de Europa. Me consta que esa carta-denuncia ha encontrado eco en los medios de comunicación. Me siento respaldado por el Evangelio de Jesús, por el Jesús del Evangelio, por el dolor de los pobres, por su deseo de justicia. Y pido que se les vea, que se les oiga, que se les respete, que se les ame.
Publicado en el nº 1558 de NNOO, mes de abril de 2014
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