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Trabajo decente

01 octubre 2013 | Por

Trabajo decente

El 7 de octubre se celebra la Jornada Mundial por el Trabajo Decente. Desde el año 1999, la Organización Internacional del Trabajo está impulsando este objetivo de lograr un trabajo decente como elemento fundamental para combatir el empobrecimiento y caminar hacia una sociedad decente, más justa y humana. El movimiento sindical internacional ha hecho de esta jornada un símbolo de la lucha contra el desempleo, la subocupación y la precariedad laboral. Este año el Movimiento de Trabajadores Cristianos de Europa realiza también una campaña de denuncia reclamando trabajo decente para todos.

Ya en el año 2000 el Papa Juan Pablo II expresó el apoyo al objetivo planteado por la OIT y la necesidad de la implicación de todos, también de las comunidades cristianas, en la lucha por el trabajo decente: «Todos debemos colaborar para que el sistema económico en el que vivimos no altere el orden fundamental de la prioridad del trabajo sobre el capital, del bien común sobre el privado (…) Es muy necesario constituir en el mundo una coalición en favor del trabajo digno» (Discurso al Mundo del Trabajo, 1º de Mayo de 2000).

En los últimos años ha empeorado la situación de muchos trabajadores en todo el mundo, por la extensión del paro y de la precariedad laboral, por la negación práctica cada vez más evidente de los derechos de las personas en el trabajo. Se ha extendido el empobrecimiento y la vulnerabilidad de muchos trabajadores y trabajadoras, de muchas familias trabajadoras. La causa la denunciaba recientemente el Papa Francisco con toda claridad: «La sociedad no es justa si no ofrece a todos un trabajo o explota a los trabajadores (…) No pagar lo justo, no dar trabajo, porque solo se ven los balances, solo se ve cuánto provecho puedo sacar…¡Esto va contra Dios! Las personas son menos importantes que las cosas que producen beneficios para los que tienen el poder político, social, económico» (Homilía con motivo del 1º de Mayo de 2013).

Por eso es hoy tan importante la lucha por el trabajo decente como «aspiración de las familias en todos los países del mundo». «Un trabajo que, en cualquier sociedad, sea expresión de la dignidad esencial de todo hombre o mujer: un trabajo libremente elegido, que asocie efectivamente a los trabajadores, hombres y mujeres, al desarrollo de su comunidad; un trabajo que, de este modo, haga que los trabajadores sean respetados, evitando toda discriminación; un trabajo que permita satisfacer las necesidades de las familias y escolarizar a los hijos sin que se vean obligados a trabajar; un trabajo que deje espacio para reencontrarse adecuadamente con las propias raíces en el ámbito personal, familiar y espiritual; un trabajo que asegure una condición digna a los trabajadores que llegan a la jubilación» (Benedicto XVI, «Caritas in veritate», 63). ¡Gracias a todas las personas, organizaciones e instituciones que luchan día a día por el trabajo decente!

Pero, ¡qué lejos estamos aún de que el trabajo sea así, como debería ser! Lo que está en juego es la misma dignidad del ser humano, la construcción de nuestra humanidad y de una sociedad a la medida del ser humano y, muy particularmente, la vida de los empobrecidos. La lucha por el trabajo decente es hoy un reto fundamental para nuestra sociedad y para nuestra Iglesia. Como dijo Juan Pablo II, el desafío para la Iglesia es muy importante, pues se trata de la causa de la dignidad de la persona en el trabajo: «La Iglesia está vivamente comprometida en esta causa, porque la considera como su misión, su servicio, como verificación de su fidelidad a Cristo, para poder ser verdaderamente la “Iglesia de los pobres”. Y los pobres (…) aparecen en muchos casos como resultado de la violación de la dignidad del trabajo humano» («Laborem exercens», 8).

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