Homilía realizada por el obispo auxiliar de Madrid, monseñor Vicente Martín, en la celebración de la Eucaristía celebrada en la Basílica – Parroquia de la Milagrosa, en Madrid, el sábado 24 de octubre de 2026, con motivo del 80 aniversario de la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC)
Queridos hermanos y hermanas, militantes de la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC), consiliarios y comunidad parroquial de La Milagrosa, querido hermano Santos, obispo consiliario de la Acción Católica:
Nos unimos hoy en esta Iglesia de la Milagrosa de Madrid para celebrar, con profunda gratitud y memoria agradecida, el 80 aniversario de la fundación de la HOAC. Desde el 26 de octubre al 3 de noviembre de 1946, doscientos obreros se reunieron en esta Basílica de los Padre Paules con la misión de “crear una organización obrera netamente católica que difundiese en España la Doctrina Social de la Iglesia y defendiese frente a otras ideologías la validez de la solución social cristiana”.
Han sido ocho décadas de fidelidad evangélica, de callada siembra, y de presencia encarnada en los tajos, en los barrios y en las encrucijadas del sufrimiento y la esperanza de las personas del mundo del trabajo.
Las lecturas de hoy nos sitúan ante el núcleo del Evangelio: el mandamiento del amor. Cuando al Maestro le preguntan cuál es el mandato principal, Jesús une de forma indisoluble dos realidades: el amor a Dios y el amor al prójimo como a uno mismo. Como muy bien explicó el Papa Francisco, “en medio de la tupida selva de normas y mandamientos, Jesús abre una brecha que permite distinguir dos rostros, el del Padre y el del hermano. No nos entrega dos mandamientos más, sino que nos entrega dos rostros, o mejor, un solo, del de Dios que se refleja en muchos. Porque en cada hermano, especialmente, en el más pequeño, frágil y necesitado, está presente la imagen misma de Dios” (GE 60-61)
La Palabra de Dios proclamada, arroja luz plena sobre el triple horizonte apostólico que la HOAC se ha propuesto profundizar para los próximos años: sentir con Cristo, sentir con la Iglesia y sentir con el mundo del trabajo.
I. Sentir con Cristo: La mística del Amor que nos sostiene
El Evangelio nos urge: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu ser». Para la HOAC, este mandato se traduce en sentir con Cristo. No podemos ir al mundo del trabajo a llevar un mensaje que no hayamos experimentado primero en la intimidad de la oración, el discernimiento y el encuentro vivo con el Señor.
Nuestros fundadores, con Guillermo Rovirosa a la cabeza, nos enseñaron que el militante obrero es, ante todo, un místico de lo cotidiano. Sentir con Cristo nos invita a la conversión personal y comunitaria continua. Es configurarnos con sus sentimientos, mirar la realidad con sus ojos de compasión y asumir su estilo de vida pobre y servicial, haciendo de nuestra fidelidad a Jesús la roca firme de nuestro compromiso. Esa fue la experiencia de conversión de Rovirosa al escuchar una homilía del cardenal Verdier en París: “El cristiano es un especialista en Cristo, y de la misma manera que el mejor oculista es el que más sabe de teoría y de práctica de ojos, el mejor cristiano es el que más sabe de teoría y de práctica de Jesús”.
II. Sentir con la Iglesia: El camino de la Sinodalidad y la Comunión
Jesús une el amor a Dios con el amor al prójimo. Ese prójimo se hace visible, primeramente, aunque no de forma exclusiva, en la comunidad de los creyentes: sentir con la Iglesia. El apóstol san Pablo, en la segunda lectura, alaba a la comunidad de Tesalónica porque se convirtieron en modelo para los creyentes y su fe se difundió por todas partes.
La HOAC es, por definición, Acción Católica para la Pastoral del Trabajo; somos Iglesia en las periferias del mundo obrero. En este 80 aniversario, sentir con la Iglesia nos compromete a vivir y hacer crecer la sinodalidad y el cuidado mutuo. Como nos recordaba frecuentemente el papa Francisco, estamos llamados a “tender puentes y derribar muros”, dispuestos a escuchar y dialogar con todos, siendo levadura de fraternidad y comunión en el seno de la comunidad eclesial, aportando la riqueza de la Doctrina Social de la Iglesia y la mirada de los más empobrecidos.
III. Sentir con el mundo obrero: La Encarnación junto a los descartados
La lectura del libro del Éxodo nos muestra de forma conmovedora la justicia compasiva de Dios: «No oprimirás ni vejarás al forastero… No explotarás a viudas ni a huérfanos… Dios se define a sí mismo: «Porque yo soy compasivo». Dios escucha el grito del desvalido.
Aquí radica nuestro tercer pilar: sentir con el mundo obrero y del trabajo, que nos invita a la encarnación. Esto significa escuchar el clamor del trabajador precario, del desempleado, del migrante que se juega la vida por un futuro digno, de las familias que no llegan a fin de mes y de quienes sufren la deshumanización de los entornos laborales.
En la «cuarta revolución industrial» que representa la transición digital, el papa León XIV en su encíclica Magnifica humanitas destaca la importancia de proteger la dignidad y el valor del trabajo: “la combinación de la automatización, la robótica y la IA está transformando rápidamente la estructura misma del trabajo. Se dice que esto traerá grandes mejoras para todos. En realidad, las nuevas formas de trabajar no son necesariamente mejores”, explica, ya que la tecnología puede descalificar a los trabajadores, relegarlos a funciones marginales y someterlos a una vigilancia automatizada (MH 150). Por el contrario, es necesario diseñar sistemas centrados en la persona y no solo en el rendimiento, porque la tecnología puede sin duda liberar al hombre de tareas pesadas o repetitivas, pero no debe conducir en absoluto al desempleo en nombre de la reducción de costes y el aumento de los beneficios. Se trata de un escenario en el que se perfilan mayores niveles de pobreza y desigualdad, provocados por sistemas automatizados que han sustituido al hombre (MH 155).
El mandamiento del amor al prójimo como a uno mismo nos exige no mirar las llagas del mundo laboral desde fuera o con mera asistencia benéfica, sino identificarnos con el sufrimiento de la clase trabajadora para “reavivar en ellos la esperanza de poder seguir teniendo esperanza, la confianza de poder seguir confiando, la posibilidad de seguir teniendo posibilidades”, como señala el reciente documento de Doctrina de la fe, Venite ad me (n 17).
Durante 80 años hemos afirmado que el trabajo es para la vida y para la dignidad de las personas. Seguir recorriendo este camino implica denunciar las estructuras de pecado que mercantilizan al ser humano y proponer prácticas de solidaridad, consumo responsable y defensa activa del trabajo decente.
Conclusión: 80 años y un futuro de esperanza
Hermanos y hermanas, celebrar este aniversario aquí, en la Parroquia de la Milagrosa, bajo la mirada tierna de la Virgen, nos impulsa a renovar nuestra entrega con alegría. María acompaña nuestro caminar cotidiano. Salgamos hoy de este templo renovados en el compromiso: con el corazón lleno de Cristo, caminando juntos en la Iglesia y encarnados firmemente en el tejido sufriente y esperanzado del mundo del trabajo.
Así sea.






















