Todos estamos dispuestos a subir al Tabor o a estar presentes en la jornada triunfal de Jerusalén, pero muy pocos a humillarnos, a luchar en defensa de la justicia, a ser perseguidos, a vivir pobremente como la familia de Nazareth —no miserablemente—. La miseria es la negación misma de la dignidad de los hijos de Dios. Esta gran lección de Cristo es, en nuestros días, olvidada, ignorada, cuando no despreciada (Guillermo Rovirosa. OC T V pág. 427).
2º Domingo Cuaresma 2
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