El ataque de Estados Unidos (EEUU) contra Venezuela y las constantes amenazas a otros países son un síntoma más de cómo el mal, ya sin máscaras, se ha extendido en nuestro mundo. Es solo el caso más reciente porque, por citar otros dos ejemplos entre muchos, también lo son la agresión de Rusia contra Ucrania y, de forma aún más extrema, el genocidio perpetrado por Israel en Gaza, patrocinado asimismo por la Administración de Trump, con la tibieza y la complicidad de no pocos gobiernos. Un mal con múltiples dimensiones que constituye una amenaza radical para la humanidad.
Es una muestra evidente de lo enormemente peligrosas que son la extensión de la extrema derecha neofascista, el autoritarismo que desprecia de hecho la democracia, la quiebra sistemática de los derechos humanos, las políticas imperialistas que destruyen el multilateralismo, la cooperación y la soberanía de los pueblos para repartirse el mundo, así como la extensión del militarismo y la industria de la muerte que representa el negocio de las armas.
Se trata de un mal que ha normalizado el uso de la violencia sin más justificación que la voluntad de los poderosos. Una violencia al servicio de la codicia de poder y de negocio. Hay que decirlo con toda claridad: quienes practican estas políticas constituyen una grave amenaza para la humanidad. Además, esta violencia adopta formas de extrema brutalidad, tanto hacia el exterior como en el interior de los propios países. En el caso de Estados Unidos, se expresa con especial crudeza contra las personas migrantes pobres.
Es una violencia que se ejerce contra los «enemigos» construidos por el discurso autoritario: personas migrantes, defensoras de los derechos humanos, del cuidado de la casa común, de los derechos laborales y sociales. Es la instauración de la barbarie, disfrazada con un falso discurso de seguridad, que sirve para ejercer impunemente el dominio y el saqueo de los recursos que alimentan grandes negocios. De este modo, además de negar radicalmente el derecho internacional, la democracia interna, la cooperación y el diálogo, se desvía la atención de las verdaderas necesidades que debemos afrontar para construir un mundo más humano, para la construcción de una auténtica seguridad vital. En realidad, ese mal hace el mundo más inseguro y menos habitable.
De ninguna manera podemos claudicar ante ese mal. De ninguna manera podemos resignarnos. Es necesario redoblar los esfuerzos para abrir nuevos caminos hacia un orden global basado en la cooperación y la democracia, sostenido en la afirmación práctica de los derechos humanos y en el reconocimiento efectivo de la dignidad de cada persona y de todas las personas.
Como ha planteado el papa León XIV en su Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de este año, al proponer una paz desarmada y desarmante, «hoy, la justicia y la dignidad humana están más expuestas que nunca a los desequilibrios de poder entre los más fuertes (…) Es necesario motivar y sostener toda iniciativa espiritual, cultural y política que mantenga viva la esperanza, contrarrestando la difusión de actitudes fatalistas».
Son hoy más actuales que nunca las palabras del papa Francisco en Fratelli tutti, 77: «Cada día se nos ofrece una nueva oportunidad, una etapa nueva (…) Gozamos de un espacio de corresponsabilidad capaz de iniciar y generar nuevos procesos y transformaciones. Seamos parte activa en la rehabilitación y el auxilio de las sociedades heridas. Hoy estamos ante la gran oportunidad de manifestar nuestra esencia fraterna (…) Que otros sigan pensando en la política o en la economía para sus juegos de poder. Alimentemos lo bueno y pongámonos al servicio del bien».
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