Pero no es menos cierto que el amor exige correspondencia, y hemos de amar, aun sin querer, cuando de verdad nos sentimos amados. La ley (cualquiera que sea su forma) es totalmente incapaz de engendrar el amor. Pero el amor necesariamente engendra amor. Esta es la diferencia radical entre el Antiguo Testamento, que se basaba en la ley, y el Nuevo Testamento, que se basa en el amor (G. Rovirosa, OC TI, pág. 122).
6 Domingo TO_compressed
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