Para continuar desarrollando los itinerarios marcados por el Congreso de Laicos (2020), la Conferencia Episcopal Española ha decidido promover en el curso 2025-2026 un discernimiento en profundidad a nivel general de la Iglesia acerca del itinerario de presencia en la vida pública.
Para ello, la Comisión Episcopal para los Laicos, Familia y Vida ofrece una sugerente reflexión en el documento Pueblo de Dios que sale al encuentro, acompañado de una propuesta de trabajo para ese discernimiento de manera sinodal. El documento señala que «tenemos la misión y el reto de presentar a Cristo y de construir la fraternidad, ambas cosas indisolublemente unidas», y constata que «tenemos una carencia grave en la vinculación de nuestra fe con un compromiso evangélico en lo concreto de la vida».
En el Documento final del Sínodo sobre Sinodalidad y en el magisterio de Francisco y de León XIV se plantean con claridad algunas claves esenciales para avanzar en una presencia pública de la Iglesia y de las personas cristianas en coherencia con el Evangelio de Jesús.
El Sínodo ha subrayado la necesidad de que la sinodalidad de la Iglesia se sitúe en el discernimiento de la realidad de nuestra sociedad para concretar el servicio que hoy el Evangelio nos pide prestar a nuestras hermanas y hermanos, pues la acción de los discípulos misioneros tiene que incidir en la construcción de un mundo más justo y fraterno.
Así, «el compromiso por la defensa de la vida y los derechos de la persona, por el orden justo de la sociedad, por la dignidad del trabajo, por una economía justa y solidaria, por una ecología integral, forma parte de la misión evangelizadora» (n. 151). Asimismo, la sinodalidad debe convertirse «en profecía social, inspirando nuevos caminos también para la política y la economía, colaborando con todos los que creen en la fraternidad y la paz, en un intercambio de dones con el mundo» (n. 153).
Francisco insistió en que esa transformación del mundo necesita estar presidida por el amor a las personas pobres, la solidaridad con ellas y el combate y remover las causas estructurales de la pobreza. Así, «cualquier comunidad de la Iglesia, en la medida en que pretenda subsistir tranquila sin ocuparse creativamente y cooperar con eficacia para que los pobres vivan con dignidad y para incluir a todos, también correrá el riesgo de la disolución, aunque hable de temas sociales o critique a los gobiernos. Fácilmente, terminará sumida en la mundanidad espiritual, disimulada con prácticas religiosas, con reuniones infecundas o con discursos vacíos» (Evangelii gaudium, 207).
León XIV, en Dilexi te (DT), insiste en la centralidad de ese amor a las personas pobres y subraya que «la opción preferencial por los pobres genera una renovación extraordinaria tanto en la Iglesia como en la sociedad» (n. 7). Además, sitúa la presencia pública en lo que llama «la hora del amor» en la construcción de un mundo justo y fraterno. La presencia pública necesita estar marcada por lo que la Iglesia ha llamado la caridad política, el amor en la vida social: «El amor es ante todo una manera de concebir la vida, un modo de vivirla. Pues bien, una Iglesia que no pone límites al amor, que no conoce enemigos a los que combatir, sino solo hombres y mujeres a los que amar, es la Iglesia que el mundo necesita hoy» (DT 120).
El compromiso en la transformación de la sociedad hacia la justicia y la fraternidad, la solidaridad con las personas empobrecidas y la vivencia del amor en la vida social son tres claves esenciales de la presencia pública que necesitamos discernir, vivir e impulsar en la realidad concreta de nuestra sociedad.
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