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Homilía en la Eucaristía del Pleno General de Representantes de la HOAC

05 julio 2021 | Por

Homilía en la Eucaristía del Pleno General de Representantes de la HOAC

Ezequiel 2, 2-5
Salmo 122
2Corintios 12, 7b-10
Marcos 6, 1-6

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Queridas hermanas y hermanos:

El Espíritu entro en mí, me puso en pie, y oí que me decía… Así ha comenzado el texto del profeta Ezequiel que hemos proclamado en la primera lectura. Y esa ha podido ser también la experiencia que hemos vivido en este Pleno general que estamos concluyendo. El Espíritu ha estado presente en nuestro encuentro, porque él mueve nuestra existencia. El Espíritu nos ha puesto en pie, para ser testigos del amor de Dios en medio de la vida del mundo obrero, en la manera que concretamos en el Plan de Trabajo que hemos aprobado para el bienio, y ha sido el Espíritu quien, a través de las reflexiones y diálogos habidos en las asambleas diocesanas, primero, y en este Pleno, ahora, nos ha ido diciendo por dónde caminar.

El Espíritu es quien ha suscitado la respuesta generosa de los candidatos elegidos para las responsabilidades de la Comisión Permanente que renovamos. Es quien acompañará su caminar en los próximos cuatro años para vivir ese testimonio, y para crecer en la experiencia de comunión que supone la Comisión Permanente y que también el Espíritu suscita y sostiene.

El Espíritu es quien ha habitado en estos últimos cuatro años, y no solo en ellos, la vida de Gonzalo, de Teresa y de Berchmans, que terminan su impagable servicio, y de quienes podemos decir también: “hubo profetas en medio de nosotros”. Han sido profetas, en el sentido de anunciar y señalar con sus vidas la presencia de Dios en la HOAC, en la Iglesia, en el mundo obrero; a través del servicio que nos han prestado, y que, aunque hayamos agradecido con gestos y símbolos humanos de cercanía y gratitud, no podemos pagar como merecen. Dios, sí. Ya lo decía Antonio Algora: es Dios quien nos paga, quien os paga. Y lo hace con desmesurada generosidad. Os ha ido pagando día a día estos años, y lo seguirá haciendo.

Es el Espíritu quien nos pone en pie en medio de las plazas y las calles para vivir con ojos abiertos en medio de las condiciones de vida de nuestras hermanas y hermanos del mundo obrero, y anunciar con obras y palabras que Dios ama a cada persona con su ternura entrañable.

Por eso es importante también la actitud vital que el salmo ha puesto en nuestros labios y en nuestro corazón: fijos los ojos en el Señor, esperando su misericordia. Sabiendo que esa misericordia llena la tierra, dejando a Dios que haga su parte, y acogiendo lo que Dios hace, para no creernos petulantemente que todo esto es obra nuestra. Nuestra tarea es sencilla: dejar que Dios nos haga profetas, testigos, hombres y mujeres que viven de su amor para llevar su amor a todos, por el camino de la justicia y la misericordia que nos hace reconocer la dignidad de toda persona. Queremos caminar con los brazos alzados a Dios en oración y ofrenda, y abiertos a los trabajadores en fraterno abrazo que sigue convocando en nombre de Jesús a la comunión.

El profeta Ezequiel hoy nos invita a todos a reconocer esa profecía vital de tantas y tantos militantes que han recorrido el camino antes que nosotros en estos 75 años de historia enamorada. Y nos invita a hacerlo a pesar de nuestra propia rebeldía, porque Dios sigue empeñado en querernos.

También Pablo, en la carta a los Corintios nos invita a esa permanente conversión para que no nos engriamos, para no creernos más de lo que somos. Pero sobre todo nos recuerda algo esencial, fundamental para nuestra fe y nuestra vida: Te basta mi gracia. Esto lo habéis experimentado quienes termináis vuestro servicio en la Comisión Permanente, y os podemos asegurar a quienes os incorporáis a ella que es así. Os basta la Gracia del Señor: la fuerza se realiza en la debilidad. No os hemos elegido porque seáis los mejores para desempeñar las responsabilidades que os encomendamos, aunque lo fueseis. Os elegimos por vuestra debilidad. Por lo que aún no sabéis, por lo que reconocéis que os falta, por lo que estáis dispuestos a aprender, a acoger, a agradecer, en esta etapa nueva de vuestra vida.

Os elegimos porque no venís llenos de todo, y hay espacio para Dios en vuestra vida. Os elegimos porque estáis dispuestos a dejar que la Gracia se una -como decía Rovirosa- a vuestro estiércol[1], y porque necesitamos reconocer en vosotros esa acción de Dios de cuyo amor cotidiano estáis llamados a ser conscientes cada día de vuestra vida, para ser testigos ante nosotros y ante el mundo obrero. Os elegimos porque esa Gracia de Dios que dejáis actuar en vuestra vida seguirá haciendo posible el milagro de la triple comunión en el equipo de la Comisión Permanente para ser transparencia del amor trinitario.

Os basta su Gracia, lo demás ya lo aprenderéis. Lo que necesitéis de más ya lo encontraréis. Os basta su Gracia, y esa ya la tenéis. Por eso no os hemos preguntado si teníais las capacidades y conocimientos necesarios para el desempeño de la responsabilidad, si servíais por vuestras aptitudes, si erais los más preparados. Os hemos preguntado -el Señor os ha preguntado- si queríais, si estabais dispuestos, si os fiabais de su amor. Ni el Señor ni nosotros teníamos que preguntaros más, ni habéis de responder a otra cuestión.

Y, pese a todo, seguiremos enfrentando la incredulidad de nuestro mundo. La incredulidad de que Dios pueda habitar y revelarse en la debilidad, la normalidad, la sencillez de nuestras existencias, de nuestra aportación a la Iglesia, de nuestra construcción de puentes en el mundo obrero. Seguiremos experimentando como Jesús, la incomprensión, el desprecio de un sistema que vuelve la espalda al proyecto de fraternidad del Reino.

Lo mismo le sucedió a Jesús en su pueblo: “pero si le conocemos de siempre, si sabemos su vida y su historia, si no es nadie, no puede ser mejor que yo…”  ¿Quién es este para hablar así de Dios? ¿Quién se ha creído que es? ¿De dónde saca todo eso? El asombro aparente rezuma incomprensión, rechazo, escándalo, desprecio. Dios y sus testigos no pueden ser así.

En el fondo seguimos esperando un Dios –y una Iglesia– prepotente, lejana, distante, que no nos compromete, no nos interroga ni interpela. Que se conforma y nos adormece con nubes de incienso en liturgias incomprensibles que nada tienen que ver con la vida. Preferimos un Dios a la medida de nuestras ilusiones y nuestros mezquinos objetivos.

Si fuéramos así, si la HOAC y nuestra Iglesia fuésemos así, no podríamos ver signo alguno del Reino, no podríamos ser signos del Reino. No habría milagro posible. Porque Dios es distinto, y su novedad constante no se encierra en los estrechos esquemas de nuestros prejuicios. Los paisanos de Jesús creían conocerle, y creían conocer a Dios, y resulta que no es así.

Tenemos que pasar por ese mismo escándalo. ¿Quién es Jesús para nosotros? ¿Cómo nos abrimos a su constante novedad en nuestras vidas? Tendremos que escandalizarnos de Jesús, de este Jesús, hijo de María, para poder cambiar nuestras atrofiadas e irreales imágenes de Dios, y ser capaces de abrirnos a la experiencia misma de Jesús: la de un Dios Amor, un Dios Padre y Madre, de misericordia, de ternura, de perdón, de vida, que camina con nosotros.

Un Dios que se coloca en los lugares más insignificantes de la historia humana, que se revela y encarna en lo que, por pequeño, por débil y vulnerable –y por ello más humano– se puede hacer transparencia de Dios y armazón del Reino, y nos permite vivir nuestra humanidad en toda su intensidad. El Dios encarnado en Jesús es el Dios cercano que comprende y acompaña, que ofrece y propone, que espera y perdona, que respeta la libertad con que nos ha creado, que ama sin límite. Es el Dios que se humana en el pobre, al borde los caminos y en las periferias de nuestra historia. Es el Dios que, desde esa historia humana, nos da vida y vida abundante.

El encuentro de cada persona con Jesús se mueve entre el asombro –sin asombro no podemos captar el misterio de Jesús– que nos lleva a preguntarnos, a buscar, a seguir a Jesús, y la acogida de lo cotidiano –solo ahí se nos hace accesible el Dios encarnado– que nos permite aprender en la normalidad de la vida a descubrir, ver, reconocer la presencia de Dios en las personas y los acontecimientos, en lo más normal de nuestra vida.

Damos gracias a Dios por quienes termináis, y gracias a Dios por quienes comenzáis. Y, ya puestos, por quienes continuamos. Y le pedimos al Señor que, por intercesión de Guillermo Rovirosa, y de la multitud de testigos que nos adelantan en el camino, nos siga haciendo Iglesia plantada en medio de la vida obrera, que como María es capaz de reconocer, agradecer y alabar a Dios por lo que sigue haciendo por amor.

1 Este juntar estiércol y tierra con semillas de vida hace que la santidad de Dios florezca entre los hombres; el gran milagro

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